Ana Mangas para esglobal.org    05 agosto 2019

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Una obra para entender cómo la demografía ha jugado un papel vital en la Historia y por qué es importante que no la perdamos de vista. Una mirada al pasado y presente para vislumbrar el futuro de la población mundial.

The Human Tide  de Paul Morland  (Public Affairs, 2019)

Si piensa que la demografía solo va de gráficos, tasas y cálculos complejos se equivoca. Habla de Historia, ganadores y vencidos, recursos y prosperidad, migraciones masivas, los deseos de control por parte de los Estados, la emancipación de la mujer, las decisiones que se toman en la intimidad de un dormitorio. La demografía ha sido sujeto activo y pasivo de la Historia, moldeando el mundo moderno y dejándose transformar al mismo tiempo. Y, más allá de patrones y predicciones, su rumbo en los últimos siglos no ha estado exento de sorpresas.

De todo esto trata The Human Tide, un viaje que va desde el boom poblacional que comenzó en Reino Unido alrededor de 1800 –que pronto se extendió al resto de Occidente– hasta la Rusia soviética, la Europa fascista, las Guerras Mundiales y Estados Unidos como potencia hegemónica, pasando por las transformaciones en Asia y América Latina y los desafíos demográficos del inestable Oriente Medio y Norte de África (MENA), hasta llegar a la “última frontera demográfica”: África subsahariana, la única región que aún no ha completado la transición demográfica, es decir, cuando altas tasas de natalidad y mortalidad dan paso a un gran aumento de la población, para después caminar hacia el incremento de la esperanza de vida y el descenso de la fertilidad.

De la mano del reconocido demógrafo británico Paul Morland, educado en las prestigiosas Universidades de Oxford y Londres, este libro analiza el factor poblacional en muchos de los más importantes episodios históricos. Aún siendo consciente que la demografía no es el único elemento en juego en el devenir de los seres humanos, sí que defiende su papel relevante –sino a veces determinante– en el pasado y presente de países y continentes. Dos ideas son una constante en su obra: la fuerza de la demografía para abrirse su propio camino, más allá de políticas estatales y los deseos de dictadores, así como su capacidad para sorprendernos, poniendo patas arriba lo esperado, lo predecible.

Morland sostiene que las políticas pronatalistas impulsadas por líderes totalitarios como Mussolini, Hitler y Stalin no fueron capaces de cambiar el curso de las grandes tendencias demográficas. El autor va más allá, asegurando que los desastres, guerras y políticas genocidas –indudablemente devastadoras para pueblos e individuos– no pudieron revertir en la era moderna la marea humana, ese boom demográfico –que comenzó en Europa y se volvió global– que explica en gran medida el mundo de hoy. Solo con una excepción: el Holocausto. La población judía pasó de ser de 9,5 millones en 1939 a solo 3,8 millones en 1954.

En la línea con esta idea de que la evolución demográfica llevada a cabo por la humanidad ha sido una fuerza casi inexorable, el autor aborda cómo muchas de las políticas demográficas llevadas a cabo por los Estados  –a menudo brutales y despreciando los derechos individuales– habrían sido del todo innecesarias. Uno de los ejemplos utilizados es la política de hijo único en China. De 1979 y 2015, las autoridades comunistas castigaban a las familias que tenían más de un descendiente, como una manera de planificar la demografía del mismo modo que lo hacía con la economía. A ojos de Morland, estas políticas fueron del todo prescindibles porque la tasa de fertilidad en China ya había comenzado a descender, es decir, “la sociedad estaba abordando el asunto sin necesidad de coerción” y, por otra parte, el país seguía las mismas dinámicas demográficas que otros vecinos de Asia que no utilizaron medidas punitivas. Hoy, las cosas pintan muy distintas para el gigante asiático, ya que padece un grave desequilibrio demográfico de género, heredado de la política de hijo único y de los abortos selectivos –a favor de tener un hijo varón– que propició. Además, su sociedad ya es una de las que más rápido envejece en el mundo, una tendencia que preocupa a los líderes del país –cuyo ascenso como potencia global no puede ser entendido sin su dividendo demográfico–, ya que podría poner en peligro su desarrollo económico. Por ello, anima ahora a sus ciudadanos al menos a tener dos hijos. Sin embargo, no parece nada claro que el Partido Comunista vaya a ser capaz de cambiar la tendencia.

Entonces, si como asegura Morland, las políticas estatales centradas en la demografía no suelen tener los efectos esperados por sus líderes, ¿qué es lo que ha impulsado los cambios a lo largo de la Historia? En gran parte, la capacidad casi “autorreguladora” de los propios seres humanos, que con mayores niveles de urbanización, educación y más oportunidades –como el acceso a métodos anticonceptivos– han sido capaces, especialmente las mujeres, de “tomar las mejores decisiones para ellas mismas y sus sociedades” en cuanto a fertilidad se refiere. En resumidas cuentas, el boom demográfico experimentado ha sido mejor gestionado por los propios individuos, por aquellos hombres y mujeres ordinarios, que por esos líderes que “se erigían como ingenieros demográficos”. Un elemento a destacar es cómo el autor vincula los cambios en el papel de la mujer en las sociedades con las transformaciones demográficas, sobre todo, en lo relacionado a la incorporación laboral de la población femenina y el terreno ganado en materia de educación y libertades: “el progreso de la humanidad ha estado ligado a la libertad de las mujeres para decidir sobre su propio cuerpo y fertilidad, y cuando una cultura lo evita es probable que quede bloqueada”, sentencia Morland.

Y ahora vayamos con las sorpresas demográficas. Quizá el principal giro inesperado fue el hecho de que la humanidad haya escapado, casi de manera universal, a la catástrofe maltusiana, el pesimista pronóstico de la teoría de Thomas Malthus. Esta afirmaba que el crecimiento económico y avance tecnológico de las naciones llevaba a un correspondiente incremento de la población que, inevitablemente, reduciría los recursos y, en consecuencia, condenaba al ser humano a una economía de subsistencia y pobreza. Al contrario de lo que predijo este demógrafo británico a comienzos del siglo XIX, el mundo se urbanizó, modernizó y prosperó al mismo tiempo que transitaba demográficamente hacia una mayor esperanza de vida, así como a tasas de fertilidad más bajas. Este mismo patrón se ha ido repitiendo en todo el planeta en distintos momentos, a excepción del África subsahariana, que aún no ha completado el proceso.

Otra sorpresa en el que se detiene el libro fue el baby boom. ¿Quién iba a esperar que en el pleno siglo XX, tras la primera transición demográfica completada en EE UU y Europa, las tasas de fertilidad se doblaran, que toda una generación tuviese más hijos de los que habían tenido sus padres? Morland señala razones económicas, así como los deseos de “recuperar el tiempo perdido” de esta generación de la posguerra, pero también centra el foco en las decisiones privadas de las parejas, en esa ciencia inexacta que es el ser humano, y de manera muy interesante en el cambio de actitudes, en los deseos de emular a los amigos, en la influencia del cine y la televisión. De esta dinámica demográfica inesperada resultó una de las generaciones más fuertes de la historia: “todos esos baby boomers fueron luego los jóvenes de los Beatles, Rolling Stones… Fue una generación segura de sí misma e influyente porque fue muy numerosa”, reflexiona el autor.

Y es que la juventud y su impacto en la política es un elemento muy presente en The Human Tide. La idea de que las sociedades jóvenes son más proclives a la violencia o al conflicto armado permea toda la obra, conexión avalada por basta literatura. Sin embargo, lo que resulta más novedoso es la reflexión sobre cómo la juventud no solo tiene un impacto sobre las causas de los conflictos, sino también sobre su resultado y desenlace. Los países con poblaciones más jóvenes no solo cuentan, evidentemente, con más potenciales soldados, sino que además “los sociedades con una tasa baja de fertilidad tiene menos nivel de aceptación de una guerra que un país con gran número de nacidos”, argumenta el autor, que pone de ejemplo los conflictos perdidos de facto por Occidente en Afganistán e Irak. El capítulo del libro dedicado a la región MENA, y su reciente pasado de primaveras árabes, es el que más explora el papel de la demografía en la inestabilidad y la violencia, aunque sin dejar de lado los otros muchos factores que asfixian a estas sociedades como los problemas estructurales en la economía y en el uso de los recursos, el liderazgo político, así como el impacto de la injerencia extranjera, entre otros. Aunque el boom demográfico en unas circunstancias adecuadas puede proporcionar al país grandes ventajas económicas, la realidad es que cuando otros ecosistemas fallan (educación, comercio, mercado laboral…), apunta Morland, es muy complejo abordar los titánicos desafíos que implica una juventud masivamente desempleada y marginada políticamente.

A retos similares se enfrenta África subsahariana donde la esperanza de vida sigue siendo baja, aunque mejora de manera constante, y las tasas de fertilidad son aún altas, a pesar del descenso registrado ya en algunos países. Como resultado de estas tendencias la edad media actual del continente es de 18 años. ¿Oportunidad o riesgo? La región podría beneficiarse del llamado “dividendo demográfico africano”, es decir, una potente fuerza laboral que puede impulsar la economía, incrementar las rentas, emprender negocios a largo plazo… Sin embargo, perspectivas menos halagüeñas señalan los peligros que entrañan masas de jóvenes en paro –tres de cada cinco están desempleados– cuyo descontento podría derivar en violencia social. La clave estará en la capacidad que tengan los gobiernos y las propias sociedades en transformar a esa juventud en una generación formada y capaz de convertirse en la punta de la lanza de unas naciones más prósperas.

En contraste con este escenario, nos encontramos con el invierno demográfico, con el envejecimiento global de la población: se estima que el número de personas de 60 años o más se duplicarán para 2050 y triplicarán para 2100, ya que fuera de África subsahariana no hay región en el mundo en la que la edad media de la población no haya ido incrementándose desde mediados del siglo XX. A esto se une una caída en picado de la tasa de fertilidad: de 4,9 hijos de media por mujer en 1960 a 2,4 en la actualidad y, además, casi la mitad de los países del planeta tienen tasas de fertilidad por debajo del nivel del reemplazo. Los datos y las predicciones presentan un mundo muy distinto de cara al futuro con grandes implicaciones para los sistemas de salud y de pensiones, las demandas en los bienes de servicio y las estructuras familiares, entre otras cuestiones. ¿Un mundo mejor o peor? Con ventajas e inconvenientes, en palabras de Morland, que defiende que aunque las sociedades más envejecidas suelen “ser más pacíficas y con menos criminalidad”, también son “menos dinámicas, innovadoras y asumen menos riesgos”.

¿Y qué pasa con las migraciones? The Human Tide las analiza de manera transversal como un factor, que ha sido y sigue siendo, muy relevante en la demografía. El autor predice que mientras África subsahariana continúe teniendo una población joven y pobre, la migración a Europa continuará en el futuro, pudiendo amortiguar en parte el declive poblacional que ya experimentan algunos países del Viejo Continente, pero sin capacidad de revertir el envejecimiento de sus sociedades. El libro dibuja también un mundo inevitablemente “menos blanco” y aborda las consecuencias políticas en relación a las identidades, entre ellas, esa “ansiedad racial” instrumentalizada ya por movimientos populistas en Europa y personajes como Trump.

The Human Tide es un fascinante viaje histórico que llega hasta nuestros días, con las lentes de la demografía puestas desde la primera página. Pero no se queda en el presente, se atreve a esbozar algunos retazos que ayudan a vislumbrar hacia qué orden demográfico mundial podríamos estar caminando, eso sí, sin hacerle olvidar al lector el gusto de la demografía por los giros inesperados y los límites de las predicciones.