Persiste un error de enfoque en el tratamiento mediático de la España vacía por centrarse en una visión romántica y no abordar, seriamente, la necesidad de una transformación económica integral

Artículo de Gabriel Moreno González para eldiario.es con el título:La España rural, anhelo romántico de comunidad 01/07/2019. Imagen de la entrada: Bonilla de la Sierra

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En los últimos tiempos, en los más cercanos, la referencia de la llamada «España vacía» o «vaciada» es una constante en los medios de comunicación que, tras décadas de ominoso silencio sobre la despoblación, comienzan a tratar la cuestión con programas especiales y secciones específicas. Bienvenido sea este esfuerzo por poner en la agenda política el verdadero problema territorial de España, que no es otro que el de la desigualdad demográfica entre los diferentes puntos de una geografía castigada por el desempleo, la dispersión poblacional y la falta de infraestructuras, pero debería ser también tratada esa bienvenida con el recelo que despierta toda súbita revelación. Y es que, al margen de la oportunidad o no del término «España vacía» que ha logrado popularizarse, creo que subyace a este tratamiento mediático un error de enfoque que puede desvirtuar el propósito mismo, sin duda loable, de quienes se preocupan cada vez más por esta España nuestra que desfallece.

Veamos las últimas noticias al respecto. Comprobemos los últimos reportajes sobre la despoblación y los programas de televisión que se han realizado. Sólo se centran en aldeas perdidas a punto de desaparecer, vendiendo la realidad rural como una resistencia numantina de unos pocos héroes que aguantan la llamada de la urbe o que, hastiados de ésta, huyen al reencuentro de una esencia perdida. En estos últimos casos es todavía más palpable el halo de romanticismo que rodea a este tipo de coberturas mediáticas, y que parte de la distinción que realizó en su momento Ferdinand Tönnies entre «sociedad» y «comunidad». Para el sociólogo alemán, la «comunidad» se refiere a todo el conjunto de lazos y vínculos sociales más naturales que se dan entre las personas, generalmente en el seno de grupos estables, pequeños y donde existe la posibilidad del reconocimiento mutuo. Es el humanizado mundo rural, en el que priman relaciones horizontales, solidarias y permanentes, el mismo mundo que en la época de Tönnies comenzaba a fenecer como consecuencia de la revolución industrial y el correlativo proceso de urbanización en Occidente. La «sociedad», en cambio, es la construcción artificial, impersonal y anónima, donde la relación vertical es hegemónica y donde se han perdido o difuminado las relaciones humanas de fraternidad, sustituidas por la vertiginosa y anónima vida diaria de las grandes urbes. La «sociedad», con la artificialidad del aséptico imperio de la ley, permite la división del trabajo, la competencia entre los mismos trabajadores y un individualismo extremo que se pierde en la masificación y la falta de reconocimiento social.

A pesar de su dualismo y de la generalidad de la división, ésta nos sirve para ilustrar el error de enfoque en torno a la España vaciada que apuntamos. Porque la perspectiva parte siempre de la ciudad, de la «sociedad», que ve lo rural como una válvula de escape para sus problemáticas urbanas, para la artificialidad de las relaciones impersonales que en ella predominan. Por ello se busca la «comunidad» perdida, esa esencia de origen en el que todo es supuestamente fraternidad y humanidad, donde los individuos son, antes que nada, personas. Y por ello, en consecuencia, se prefiere siempre focalizar la cuestión de la despoblación en las aldeas a punto de desaparecer, en una ruralidad demasiado rural, casi cercana a lo medieval, donde aquella «comunidad» parece subsistir por fin en medio de artesanías o ancianos que conversan a la luz de la estufa. La búsqueda de la «comunidad» perdida termina mitificando el vacío demográfico mediante su identificación con el ideal-tipo de la aldea que resiste, cuando en verdad la clave de la despoblación de la mayor parte del territorio español reside principalmente en la crisis de los núcleos intermedios.

No estamos hablando de resistencias galas, sino de pueblos de entre 5.000 y 15.000 habitantes que han venido, históricamente, concentrando la actividad económica y social de las comarcas y que hoy, tras la crisis y los drásticos recortes, ven sus servicios públicos peligrar. Son ellos los que pueden dinamizar el territorio y asentar en él a la población de los núcleos cercanos más pequeños, pero no protagonizan ningún foco mediático, más preocupado por una visión romántica de los últimos vecinos de las pedanías que se desperdigan por la geografía y que sólo pueden ser salvados con la «llegada» de urbanitas hastiados con la gran ciudad y deseosos de volver a «conectar» con la naturaleza.

Detrás de esta visión existe un intento de «culturalizar» las posibles soluciones, que no vendrían ya de la creación y puesta en marcha de un plan integral de inversiones, o de políticas públicas diferentes que promuevan el desarrollo endógeno y abandonen el paradigma capitalista de la hiperconcentración, sino del aumento de «héroes» exurbanitas para que se retiren al campo a meditar como en un cuadro de Friedrich. Claro que en el mundo rural, incluidos en él esos núcleos intermedios olvidados, se dan más las características positivas de la «comunidad» según la división de Tönnies, y claro también que son bienvenidos todos aquellos que quieran cambiar de vida, pero la combinación de ambos prismas, unidos en una idealización romántica y en una «culturalización» de la problemática rural, no va a constituir nunca una respuesta contundente ni suficiente frente al reto demográfico.

Las necesidades de los ciudadanos que habitan en la mal denominada «España interior» están más conectadas con las exigencias del siglo XXI de lo que el relato neorrural pudiera dar a entender. Si conseguimos dotar de infraestructuras dignas a los núcleos intermedios y a las cabezas de partido judicial, con buen acceso a las TICs y una apuesta clara y decidida por nuevos tipos de empleo; si canalizamos públicamente las posibilidades de desarrollo endógeno al tiempo que impedimos la insana hiperconcentración de capitales, bienes, servicios y trabajadores en las grandes urbes, el mundo rural, la inmensa mayoría de nuestro territorio, podrá comenzar a recuperarse. Pero claro, todo ello exigiría un replanteamiento del ilógico e irracional modelo económico hegemónico, cuya española plasmación geográfica la encontramos a su vez en el «modelo AVE», que conecta a las grandes ciudades peninsulares mientras abandona la conexión de todo lo que pasa alrededor y por debajo de la alta velocidad. Este cuestionamiento integral y radical de lo económico desde lo político no interesa en el tratamiento informativo de la España vacía, vacía por vaciada: se prefiere una visión de pura «comunidad» presta a recibir al urbanita o a sucumbir entre un bramido de falsas nostalgias. La «operación salida» es siempre, para muchos, «la operación llegada», y mientras no se incorpore esa segunda perspectiva, la del «otro» que ya habita en lo rural, poco podrá hacerse. Parches se idearán, desde luego, pero el problema continuará ahí sin resolverse, acrecentándose en medio de una crisis climática sin igual cuya solución no va a venir, precisamente, desde las contaminadas macrourbes, por muchos huertos urbanos que se instalen.

Que los ciudadanos de un pueblo de Extremadura tarden más de una hora para llegar al hospital más cercano poco importa: para los periodistas de la neorruralidad, que hacen incursiones en el medio como si fuera Yugoslavia, lo interesante sería que los habitantes viejos y nuevos de nuestros pueblos se convirtieran en chamanes adoradores de la naturaleza y sus arcanos, últimos herederos de un linaje de personas, y no individuos, que llegaron un día a conformar una «comunidad» alejada del mercantilismo, el individualismo y la competencia desenfrenada. Anticipan así un olvido que pronto no tardará en llegar si entre todos, y con todos, no lo evitamos mediante un verdadero proceso de transformación económica, social y cultural.