Futuro imperfecto (sección a modo de editorial de Jot Down Magazine) 5 de septiembre de 2020

Cuando preguntaron a Margaret Mead, la antropóloga que más influencia ha ejercido en nuestra cultura, cuál era el signo más antiguo de civilización humana, contestó que un fémur soldado después de una rotura. No un arma de piedra, ni una cerámica, ni una escultura. Como ella explicó, ningún otro animal tiene en la naturaleza la oportunidad de sanar una fractura antes de ser devorado o perecer por hambre o por sed. Ninguno cuenta con la red de apoyo que es la solidaridad de grupo, fundamental cuando enfermamos. Y a la vista de las noticias de la última semana, ya podemos decir que fuera de nuestra familia y amigos, el país y la sociedad nos apoyarán poco cuando contraigamos el coronavirus.

El contagio comenzará por unos 18 000 estudiantes

Somos ya el país con más casos de toda Europa, y además tenemos Madrid como la región con más casos por habitante de España. Hoy sábado tenemos 227 casos por cada 100 000 habitantes, que ascienden a 1000 en los distritos madrileños más contagiados —Puente de Vallecas, Usera y Villaverde—. Vecindarios que por su baja renta coinciden con lo detectado hace cinco meses en Estados Unidos: los negros y latinos, también en barrios pobres, son los más afectados.

Estas cifras solo significan una cosa: de los 8 158 605 estudiantes que se incorporarán este mes a todos los niveles educativos, de infantil a universitaria, 18 388 irán a clase enfermos. Sin síntomas, sin saberlo. Enfermarán a sus compañeros y familias expandiendo la epidemia hasta cumplir la profecía de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la CAM, «todos los niños se contagiarán de coronavirus».

Al parecer estamos apostando por la inmunidad de grupo

Lejos de ser original, Ayuso se suma a otros líderes políticos que en distintos países han apostado por dejar que el COVID-19 se expanda, asumir el precio en muertes, y adquirir así la inmunidad de grupo. Los pioneros fueron Boris Johnsonn y los suecos, allá por marzo. El premier británico cambió al contraer la enfermedad, e incluso alabó a la enfermera neozelandesa y al portugués que le habían atendido —después de promover un Brexit para acabar con los trabajadores extranjeros, entre otras cosas—. Hoy Reino Unido es el segundo país europeo en contagios, después de nosotros, así que mejor no tomarlo de ejemplo.

En cuanto a Suecia, esperaba haber conseguido a estas alturas una inmunidad del 40 % de su población, pero solo ha llegado al 15 %, esta conclusión se ha publicado este agosto en el Journal of the Royal Society of Medicine.

Más relevante aún que esos experimentos es la reflexión del jefe científico de la OMS, advirtiendo que ninguna infección vírica se ha controlado nunca mediante la inmunidad de grupo, solo con la aplicación de vacunas. Y que además no sabemos qué porcentaje de población necesitaríamos para lograrla. El sarampión necesita, por ejemplo, el 95 %. Hagamos un cálculo para España. Como la mortalidad mundial actual es del 3.31 %, tendremos que asumir más de 1.5 millones de muertos para alcanzar esa inmunidad. 

A menos, claro que este estudio publicado en Nature tenga razón, y resulte que con un 10-20 % de la población infectada el COVID-19 se convierta en una enfermedad más, letal para algunos como la misma gripe, pero no causante de una pandemia mortal. La teoría es que las células T del sistema inmunitario serán suficientes para combatirla, una vez hayamos contraído la enfermedad y la superemos, aunque ya no tengamos anticuerpos. En España lo sabremos pronto, porque en los próximos meses la enfermedad debería bajar drásticamente su incidencia en Lleida, zonas de Aragón más afectadas y los madrileños distritos de Usera, Villaverde y Carabanchel. Para quienes les dé pereza leer el estudio de Nature y quieran más datos al respecto, este hilo del médico James Todaro, de la Universidad de Columbia. 

El mensaje es que ellos no pueden hacer nada

Vemos asomar otra vez una afirmación muy conocida del discurso de nuestros políticos, el «no se puede evitar» cuando la magnitud de los problemas supera la capacidad de nuestros gestores públicos. Este verano vimos extenderse masivamente la epidemia por Lleida, Aragón, y luego Madrid, y a la peor o mejor gestión de las CCAA, se sumó la desescalada rápida dictada por el gobierno central. No podíamos arriesgarnos a perder más turistas —en 2019 nos visitaron 83.7 millones y en julio de este año solo habían llegado 10.7 millones—. Ni a perjudicar a las empresas prolongando el teletrabajo. El temor no confesado es que Hacienda y la Seguridad Social ingresen mucho menos de lo que gastan. ¿Cómo compensaremos los ingresos que no ha traído el turismo, los perdidos por el previsible aumento del paro, y por el descenso del consumo? Desde luego que con más deuda, pero también con recortes y subidas de impuestos. Uno de los datos más desalentadores es que en julio ya habíamos gastado 23 000 millones en ERTE y prestaciones de desempleo, más de esos 21 300 millones que nos entregará Europa mediante el programa SURE para cubrirlo.

Así que cuando las familias de los niños se contagien y no puedan ir a trabajar tendrán un problema grave. Pedir que los cuiden los abuelos parece suicida, y la ministra de Hacienda María Jesús Montero advertía que no habrá baja para los padres, aunque tengan que quedarse en casa cuidando de sus hijos. Al día siguiente el vicepresidente Pablo Iglesias decía lo contrario. Menos mal que las comunidades autónomas solucionarán todo esto saturando la atención primaria, y retrasando el resultado de las pruebas PCR. Algo hemos hecho mal si en la prehistoria era más fácil cuidar de la fractura de un familiar o amigo que ahora de un enfermo de COVID-19.

Mientras intentan convencernos de que los niños no son peligrosos

La idea de que los niños son supercontagiadores asintomáticos parte de una interpretación china al inicio de la epidemia, en diciembre de 2019. En mayo esta afirmación comenzó a cuestionarse, pero sin llegar a afirmaciones concluyentes.

En junio los pediatras recomendaban que abrieramos las escuelas sin temor, basándose en la revista Pediatrics de EE. UU., llegando a una conclusión parecida, apenas contagian. El estudio de seroprevalencia hecho en España también afirmaba que los menores de diez años contraen poco la enfermedad y la transmiten poco. Ahora un estudio del Vall d’Hebron arroja parecidos resultados. ¡Qué alivio! Hasta que Corea del Sur nos advertía esta semana de que pueden mantener la enfermedad tres semanas después de haber superado los síntomas.

¿Cuál es la conclusión después del aluvión de noticias contradictorias procedentes de diversas fuentes? Que no tenemos ni idea. Y que España será el mejor laboratorio para saber cómo funciona la vuelta al cole masiva en un país masivamente infectado. Crucemos los dedos fuerte.

Entretanto la política ha migrado a Tik Tok y al K-Pop

Y eso dice mucho de un mundo geriátrico donde las élites políticas no se actualizan. La mayor parte de los usuarios de Tik Tok tienen entre once y veinte años, es una de las redes con mayor implantación en Estados Unidos y ha contribuido, además de a compartir chorradas y entretener, a promocionar a muchos músicos, como analiza este reportaje de Rolling Stone.

Aunque uno de sus más sonados éxitos fue un troleo político a Donald Trump, donde los usuarios de esta red se pusieron de acuerdo para reservar entradas de un mitin que el presidente iba a dar en Tulsa. Los organizadores esperaban que debido a las reservas del «Tiktokgate» hubiera más de un millón de personas, instalaron pantallas fuera porque no iban a caber todos los asistentes… e hicieron el ridículo al no convocar más de 6000 simpatizantes.

Sería ridículo creer que la medida adoptada por Trump para que TikTok deje de ser una compañía con accionariado chino en EE. UU. y pase a ser de propiedad estadounidense tuviera origen en una venganza por esto. La Casa Blanca ha declarado que teme que el gobierno chino pueda exigir a la empresa propietaria, ByteDance, los datos privados de los usuarios de esta red. Y es que la privacidad online y la vigilancia gubernamental está tomando el papel que tuvo en su día el despotismo ilustrado de las monarquías. Curiosamente esta misma semana un tribunal estadounidense ha sentenciando que la vigilancia masiva de los teléfonos de ciudadanos de EE. UU. hecha por la NSA (agencia de seguridad) no consiguió evitar un solo acto de terrorismo.

Edward Snowden permanece desde hace siete años en el exilio por haber denunciado este programa, y casi no se cree haber vivido para ver este día.

Ni para saber que el programa vulneró un principio constitucional de aquel país, la 4ª enmienda.

Pero Tik Tok no es la única amenaza a la campaña electoral de Donald Trump. Los seguidores del K-Pop, la música surcoreana, han conseguido reunir un millón de dólares para donarlo a las organizaciones del Black Lives Matter. Envalentonados por este éxito político, y por los 6100 millones de tuits que su música consiguió el pasado año se sienten empoderados, dispuestos a votar, y conscientes de que de manera silenciosa y online pueden influir tanto en las elecciones como los hackers rusos en 2016.

Así que todo depende de nosotros

Las rebeliones pop demuestran que ni el mayor poder del mundo está a salvo de esa afirmación que nos dejó Margaret Mead, la antropóloga con la que hoy empecé y con una de cuyas frases quiero terminar hoy: 

Nunca depende de instituciones o gobiernos resolver ningún problema. Todos los movimientos sociales están fundados, guiados, motivados y vistos por la pasión de los individuos.

Estamos solos, procuremos además estar bien acompañados.