La máxima que sostiene el ideario de esta corriente transgresora es la falta de escrúpulos

ELVIRA LINDO para El País  31 MAR 2019.

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Fotografía de portada: El número dos de la lista del PP por Madrid al Congreso, Adolfo Suárez Illana. Foto recogida en Wikipedia.

El sincomplejismo es una rama del pensamiento de la derecha española consistente en proclamar a los cuatro vientos lo que al parecer llevan tanto tiempo callando. Y ya no pueden más, que diría Camilo Sesto. El sincomplejismo es un movimiento reactivo, en el sentido de que pretende acabar de una puta vez con la interminable etapa del maricomplejinismo, como así dieron en bautizarla algunos medios, señalando a Mariano Rajoy como a ese líder camastrón que vació a la derecha de su componente testopatriótico o patriotestosterónico, que viene a ser lo mismo. El sincomplejismo ha venido para quedarse porque de alguna manera fluye en la misma corriente salvaje que otros movimientos reaccionarios que están ganando espacio a lo largo y ancho de este mundo. Uno de sus profetas vendría a ser Steve Bannon, que sabe conectar las diferentes versiones de esta tendencia, autoproclamándose jefe de prensa del sincomplejismo sin fronteras.

La base teórica del sincomplejismo es “muy maravillosa”, como le gustaba decir a Mihura: si le echas una buena dosis de cinismo, o simplemente, morro, observarás cómo tus errores comienzan a jugar a tu favor. El padre fundador del sincomplejismo fue, sin duda, Donald Trump. Cuando en campaña dijo aquello de que si eras un hombre poderoso podías agarrar a las mujeres por el coño y no pasaba nada, muchos (muchas, sobre todo) pensamos que aquello le costaría su carrera a la presidencia. Ilusas. Fue al contrario. En su defensa surgieron los misóginos sin complejos que celebraban la vuelta al ruedo del tío bravucón para contrarrestar la inaceptable invasión del hombre blandengue.

En España se ha desatado el sincomplejismo cañí, de componente nacionalista, que hace que los que no llevamos la bandera rojigualda en la correa del perro parezcamos equidistantes. Lo fundamental es españolear, hasta el punto de que Suárez Illana hablara esta semana de las víctimas de tráfico como esos “compatriotas” que mueren en las carreteras. Luego ya vino lo de las jodías neandertales o lo de esas neoyorquinas que, rizando el rizo, ya tienen permiso legal para abortar a sus bebés después de haberlos parido; aunque en mi opinión, lo de llamar compatriota a una víctima de carretera ha sido una manera hasta ahora inexplorada de poner la patria por encima de la desgracia. Pero qué más da. Todo es cambalache. Suárez justificó su antología de disparates como un aturdimiento sin más, aunque bien sabemos que la teoría de las neandertales viene de lejos y al hombre le gusta. Ahora ha propuesto la práctica de la caza como manera de evitar la despoblación rural. Insuperable.

Sería divertido o esperpéntico, sino fuera porque la estupidez encubre otros asuntos más turbios. Sabemos que un grupo organizado, patriótico también, de policías, medios y empresarios espiaron, por supuestas indicaciones del anterior Gobierno, a un partido político, Podemos, para propagar una serie de bulos que desacreditaran su existencia, teniendo como objetivo apartarlos de la representación pública. Es algo tan grave, que socava de tal manera las instituciones de esa patria que algunos dicen encarnar, que alguien debería responder por ello, si no fuera porque nadie se da por aludido. La campaña seguirá a golpe de astracanadas y mentiras. Aquellos que espiaron a otros partidos ya no están en primera línea. Por tanto, la sonrisa de Casado, pura expresión del sincomplejismo, luce inmutable. Dan miedo, porque la máxima que sostiene el ideario de esta corriente transgresora es la falta de escrúpulos.