J. G. B.

Fue a mitad de aquel verano cuando una inmensa nube de avispas africanas llegó hasta las costas de Almería. Llevaba ya una semana intentando corregir los exámenes que me había traído hasta aquel rincón apartado del litoral mediterráneo, pero no avanzaba; en esos días, tan solo había conseguido revisar tres o cuatro. Tampoco conseguía acabar de escribir el trabajo que debía publicar a la vuelta; la pantalla del ordenador se apagaba por la inactividad de mis manos sobre el teclado. Había recorrido casi mil kilómetros para separarme por unos días de nuestra casa, ahora vacía.

Vinieron arrastradas por los vientos sub-saharianos que en ocasiones traían las tormentas de arena. Todas las piscinas de los hoteles aparecieron cubiertas de cadáveres; miles de insectos yacían flotando sobre el agua. Sin conocer el motivo, habían venido hasta allí a morir después de haber recorrido cientos de kilómetros.

A través de la ventana se veía la piscina entre los apartamentos. Una amplia superficie verdeazulada con forma de berenjena en la que, aquel día, apenas había algunos niños jugando en el agua. Los encargados del mantenimiento habían limpiado la superficie, pero muchas de las avispas al morir se iban al fondo. El agua atrapaba los reflejos de la luz ondulante en torno a los escasos bañistas, que parecían nadar sin ninguna dirección determinada; tal vez sumergiéndose para contemplar la nueva alfombra amarilla y negra bajo el agua. Tras los bungalós que daban al paseo marítimo, el mar prestaba su fondo azul oscuro al horizonte claro, imponiendo su inmensidad. Pero eran las líneas serpenteantes y móviles del agua de la piscina, las que actuaban como la espiral de un hipnotizador que me llevaba a sumergirme en mis miedos ocultos. La gente andaba trastornada. En pocas horas las avispas muertas se extendían también por la arena de la playa: parecía una plaga bíblica.

 

Nosotros, que tuvimos todo el tiempo del mundo, no habíamos sabido aprovecharlo. En esa misma playa habíamos estados juntos alguna vez, yo haciendo castillos en la arena y ella leyendo tumbada sobre la toalla; yo construía el futuro con las manos, ella con la mente, o tal vez con la mente viajaba ya al otro lado del planeta, lejos de mí.

Yo le reprochaba, cuando fumaba, que la ceniza cayera sobre la arena; y sin embargo ahora con aquella ceniza construiría un oscuro camino para subir hasta la torre más alta del castillo donde habitaba mi esperanza prisionera; mi esperanza barrida por las olas.

—¿Qué hora es? Se está haciendo tarde

—¿para qué?, ¡si no tenemos otra cosa que hacer!

Cuando salíamos, ella se paraba a hablar con los amigos, o con la gente que encontrábamos; yo, en cambio, parecía tener fobia social; siempre quería estar a su lado, pero no sabía llenar los silencios que a veces nos rodeaban cuando estábamos solos.

Hacíamos el amor con más desesperación que deseo, como si el sexo fuera a salvar la balsa sobre la que navegábamos a la deriva.

 

Aquella mañana me había acercado hasta aquella cala solitaria. El rumor tranquilo y acompasado de las olas parecía amplificar mis recuerdos, como una plegaria repetida e inútil, que batía incansable sobre la arena. Desde que me había dejado, solo pensaba en ella. Tal vez el mar no era el sitio adecuado para tratar de olvidarla, pues ahora me daba cuenta de que todo me recordaba a Silvia; que mi corazón estaba roto. Saqué la libreta de mi mochila y escribí, tal vez, mi último verso:

Viendo pasar agosto sobre el azul del agua

en Cabo de Gata, desde la sombra de la genista

mi corazón se ahoga en la desesperanza.

Espeso dolor, soledad que pesa,

entro, despacio, en el océano profundo de la nada.

 

Estaba solo. Me puse en pie y fui caminando, adentrándome en el mar sin voluntad de regresar. Una avispa agonizaba sobre el agua. La puse en mi mano, todavía vivía. Pensé que ese insecto tenía algo que ver conmigo, no podía dejarla allí. Salí del agua para depositarla en tierra.