Jesús Gascón Bernal

Le pidió a la azafata una segunda copa. Nunca le había dado miedo volar, pero las turbulencias no le ayudaban a sosegar su ánimo, ya de por si alterado. La joven que estaba sentada junto a él dormía apaciblemente; tenía una expresión relajada, tal vez interesante, pero no había podido intercambiar palabra alguna con ella pues ya estaba durmiendo al lado de la ventanilla cuando él había subido al avión. Le gustaría poder conciliar el sueño de esa manera. Se tomó un tranquilizante que llevaba en el bolsillo de la americana. Todas las noticias que se habían ido produciendo en las últimas semanas parecían confirmar que la guerra total iba a ser inevitable. Casi ningún país quedaba al margen. Era una locura. Toda una civilización, la humana, podía ser destruida por culpa de un sistema corrupto que afectaba a todas las estructuras de poder. ¿Y cuánto podía a durar el conflicto? ¿10 o 20 años? El dinero prefería la guerra a ser redistribuido. Su cabeza daba vueltas a lo que había hablado con R. en la reunión de Toronto; solo cabía la esperanza de empezar de nuevo, en un mundo nuevo, pero sobre todo con una ideología nueva. Un mundo en el que todos tuvieran cabida, sin importar la raza o el status económico. Esto era lo más importante. Estaba cansado. No tardó en quedarse también dormido incluso con los espasmos intermitentes del avión.

 

Se sobresaltó. Otra tormenta. Los meteoritos se veían a una cierta distancia de la nave como líneas de luz crepitantes en la oscuridad; se oyeron algunos pequeños impactos contra el fuselaje exterior; desde la cabina de mando parecía el sonido de palomitas de maíz al saltar con el calor. En los tres o cuatro años que había tardado en construirlo, de forma clandestina, había tratado de incidir en la seguridad del aparato, pero él, como astrofísico, desconocía muchos aspectos mecánicos que controlaba Robert. Ambos se habían ayudado mutuamente en la construcción de las dos naves. Los vuelos estelares habían progresado y los sistemas de navegación de los últimos años parecían ya cosas de niños, aunque los viajes a Marte se hubiesen paralizado por el fracaso de las expediciones anteriores. Estaba nervioso. Llevaba varios días sin recibir noticias de Robert. Solo sabía que habían llegado, pero desde ese primer mensaje la radio había enmudecido ¿Estarían vivos?, ¿les habría pasado algo en Marte? La nave en la que viajaba Bert estaba ya muy lejos de la Tierra para que le afectasen las interferencias debidas a las grandes explosiones que habían acabado con la vida en el planeta. Tenía que ser algo distinto. Silencio. Los meteoritos habían pasado de largo; confiaba en el desplazamiento automático, pues cualquier anomalía de trayectoria ajena al programa, tendría complicaciones. Miró a través del cristal del módulo; en las cápsulas, las cinco dormían plácidamente. Todavía no habían llegado a la órbita de Marte, pero se divisaba su aureola naranja. Puso la sincronización orbital e intentó dormir. 

 

Se despertó con un nuevo golpetazo del avión. Tenía en la cabeza todavía el sueño en el que volaba por el espacio, ¡había sido tan real! La chica del asiento de al lado había apoyado ligeramente la cabeza sobre su hombro, seguía dormida, pero no tardó en despertarse, las turbulencias no cesaban.

—Disculpe —dijo enderezándose sobre su asiento

—No tiene importancia.

Era joven. Tenía los ojos verdes y una sonrisa fácil. Había algo que le gustaba de ella.

—Me llamo Bert. Bert Edwards

—Alice Lawrence. Encantada

Se dieron la mano. Parecía simpática. Se disculpó de nuevo por dormir, pero es que llevaba 24 horas sin hacerlo. Regresaba de Australia, por los últimos reagrupamientos del Consejo de Naciones; él le contó que trabajaba en la sección Universo sin Fronteras de Naciones Unidas, en el que se defendía el sistema interestelar como un espacio común, sin propiedades; pero tal como estaban las cosas la misma ONU tenía los días contados. Las turbulencias que traía la noche, presagiaban los conflictos armados que ya se estaban iniciando.  Alice se volvió a quedar dormida; el avión parecía haber salido de la tormenta. Bert, con los ojos cerrados pensaba en los planes de R. de construir una nave que les permitiese llegar a Marte, si las cosas en la Tierra llegaban al colapso total.

 La pantalla de frecuencias parpadeó. Seguía sin noticias de Robert en Marte. El momento en el que se encontraba, parecía invitar a la meditación total: estaban solos en la oscura nada. La tierra ya destruida, a juzgar por el avance de los acontecimientos que había escuchado en las últimas noticias que llegaron por la radio, y sobre todo por los fragmentos, ceniza y fuego que se divisaban por el telescopio de la nave. La situación invitaba a sentirse el centro del Universo. Tal vez lo eran. Pensó en su familia y él como los únicos seres vivos del Sistema Solar. En realidad de este viaje dependía la supervivencia de la raza humana. Los tres hijos de Robert, si es que estaban a salvo en Marte como habían planeado, y sus hijas, sus futuras esposas, eran la clave para iniciar una nueva era. Para empezar el futuro del hombre. Pero después de todo lo que había estado contemplando en estos últimos años, dudaba mucho de que la mejor solución fuese perpetuar esta raza humana depredadora de todos los recursos, de todos los ambientes y culturas. Incluso los marcianos, tan parecidos a los humanos, se habían extinguido por las enfermedades que habían traído las primeras expediciones de la Tierra; la varicela, ¡cómo era posible semejante ineptitud!. Ahora Marte, su destino, su nuevo paraíso, era un planeta abandonado, aunque conservaba sus ciudades intactas, bueno, eso decían las expediciones que habían regresado de allí. La nave fue entrando en la órbita de Marte. Se veían ya claramente las dos lunas marcianas; necesitaba llegar como fuera. En el panel de control, el sistema de comunicación y localización aseguraba que la nave de referencia de Robert había sido destruida sobre la superficie del planeta rojo.

 

Cuando abrió los ojos, ella seguía dormida. Las noticias que escuchaba por los auriculares eran alarmantes en muchas partes del planeta. ¿Se deberían las turbulencias a los conflictos armados y al inicio del empleo de armas atómicas?  Las visiones que estaba teniendo en los ratos que se adormilaba parecían querer decirle algo. En uno de ellas había visto la tierra destruida por la propia barbarie del hombre. Estaba aterrado. En el sueño le parecía reconocerse a él mismo, pilotando una nave espacial ¿sería en realidad el futuro que le aguardaba? ¿o era solo el deseo de escapar de un mundo que se hacía pedazos? Daba miedo solo pensarlo, pero tal vez ya había empezado. Esas imágenes, tan reales, tenían que ser una visión del futuro y por lo tanto no solo había esperanza, sino que él estaba llamado a jugar un importante papel en la supervivencia de la raza humana. ¡Debía seguir adelante! Quizá la idea de Robert de empezar en Marte no era tan descabellada como le había parecido en un principio, cuando se lo contó en el Congreso de Astrofísica de Tokio. Las cosas ya no parecen tener marcha atrás. Sería Alice, esta desconocida sentada a su lado, la mujer que le acompañaba en el viaje a Marte del futuro? ¿Esas niñas que dormían en el sueño, sus hijas? Se emocionó. Solo por esa posibilidad tenía que seguir adelante con sus planes. En una de las sacudidas del avión Alice se apoyó en su costado, Bert puso la mano en su hombro para protegerla.

 

Sintió como volvía el pensamiento recurrente de cuando era joven y conoció a Alice en un avión, hace ya 16 años. Bert pensó que sería el efecto de la atmósfera enrarecida de Marte. El vacío total a su alrededor le golpeó por un momento: Gea, la Tierra, destruida después de tantos millones de años de existencia; por otro lado la pérdida de la nave de Robert no auguraba nada bueno, sus planes de inicio en Marte hechos añicos. Volvió a contemplar como dormían sus cuatro hijas y Alice. Solo tendría que dejarse llevar, dejar la nave a la deriva, dormidos para siempre, morir, fundirse con la negritud absoluta, la calma¡parecía tan fácil!. Pero en ese momento se acordó de algo que le había prometido a Alice en aquel lejano viaje en avión. ¿Es por eso que ha tenido esos recuerdos del pasado tan nítidos? ¿Para qué le advirtieran sobre el alcance de esta decisión que estaba a punto de tomar?: nada menos que decidir el final o la continuidad de la raza humana. En el pasado, ahora revivido en la memoria, la había prometido un futuro, y ahora estaba al alcance de su mano. Una señal desde el control de comunicación le devolvió a la realidad.

—”Bert, soy Robert. Más fácil que entrar en L.A. ¿no te parece? Os estamos siguiendo por el transmisor de superficie; hemos destruido la nave, ya os contaremos. Os esperamos en localización prevista”.

Un golpe de emoción hizo llorar a Bert. Miró a sus hijas y a su mujer, ¿serían capaces de emprender una nueva vida en Marte? Seguro que si. El mañana existía de nuevo. Las pequeñas Rose, Lily, Violet y Daisy podrían ser las parejas de los hijos de sus amigos, y empezar otra vez. Pero le preocupaba que fueran cuatro, y los hijos solo tres. ¿Se quedaría la pequeña Daisy sola? ¿Sería el inicio de alguna anomalía? Para un padre nunca se acababan los problemas. 

El aterrizaje en el punto indicado ha sido perfecto. Caminan hasta el canal. Al otro lado los están esperando Robert y su familia; se saludan en la distancia entre gritos de alegría. Las dos lunas iluminan el agua donde se reflejan los doce nuevos marcianos. ¿Doce? Junto a Robert y su mujer, y al lado de sus tres hijos, otra nueva figura está con ellos. Sonríen sus ojos amarillos y saluda el esbelto cuerpo de piel azulada. El nuevo mundo será definitivamente multirracial. Bert respira con alivio.