ANTONIO MUÑOZ MOLINA para Público 6 DE FEBRERO DE 2019

La Historia, con su mayúscula de prestigio, no es el archivo más o menos completo de la experiencia humana a lo largo de los siglos, desde que el invento de la escritura permitió su registro. La Historia, abrumadoramente, es un archivo limitado y parcial que se superpone a un gran océano de ignorancia, a una inmensidad planetaria de olvido. La Historia puede ser definida con arreglo a aquello que cuenta, pero es más revelador pensar en ella en los términos de lo que no cuenta ni ha contado casi nunca. Del relato de la Historia, desde que empezó a haber registro de hechos en Mesopotamia y en China, han estado excluidas las mujeres, a no ser que fueran reinas, o madres o esposas o amantes de reyes o emperadores, o en algunos casos santas o mártires. Pero el gran vacío, el espacio en blanco mayor de la Historia, es el que corresponde a las vidas de la gente común: de los pobres, hombres o mujeres, de los trabajadores, de los que construyeron pirámides, templos, palacios, los que cultivaron la tierra, los que lucharon y murieron en las batallas, los que limpiaron las ruinas en cuanto las guerras terminaron. La Historia suele ser un registro de Grandes Hombres, también con mayúsculas. Los pobres no tenían cronistas a sueldo que escribieran sus historias, generalmente inventándolas, a no ser que otro Gran Hombre pagara para menospreciar o desacreditar a un adversario. Hasta hace relativamente muy poco tiempo, el dominio de la escritura estaba reducido a minorías exiguas, y los materiales eran caros o muy difíciles de conseguir. La imprenta fue la primera revolución verdadera en eso que ahora se llama, ampulosamente, tecnologías de la comunicación: de pronto un libro no tenía que copiarse a mano agotadoramente; de pronto un libro se multiplicaba en poco tiempo en cientos o miles de ejemplares idénticos. La escritura y la lectura multiplican las capacidades de la experiencia humana: podemos saber más sobre lo que sucedió en el pasado, sobre lo que sucede muy lejos, sobre cómo viven o piensan personas que habitan mundos del todo ajenos al nuestro.

Pero la tecnología, en la época de la invención de la imprenta y en la de ahora, no significa nada en sí misma. La tecnología puede ser usada igual para difundir la inteligencia que la estupidez, la mentira que la verdad, el odio que la concordia. Lo que importa son otras cosas mucho más terrenales, que se distinguen de la tecnología entre otras cosas porque cambian, cuando cambian, despacio, con dificultad. Hablo de la injusticia, del progreso social, del reconocimiento de los derechos fundamentales de las personas. Para que alguien deje un testimonio duradero de su vida y de su visión del mundo le hace falta, lo primero de todo, saber leer y escribir. Esa carencia marca ya una barrera que tiene mucho que ver con ese océano de desconocimiento del que hablaba más arriba. Y su causa, igual que su remedio, tienen muy poco que ver con la tecnología. Que no sepamos casi nada de las vidas de la mayor parte de los seres humanos que vivieron y trabajaron antes que nosotros es una consecuencia de la injusticia social y, a la vez, un ejemplo revelador de esa misma injusticia.

Luis Juan Hurtado tiene razones para saber todo esto muy bien. No lo conoce de oídas. Cuando él nació, hacia finales de los años 20 del pasado siglo, la innovación tecnológica de la imprenta llevaba existiendo unos 450 años. Justo en los tiempos de su primera infancia se producía otra de las grandes explosiones favorecedoras de la difusión del conocimiento: la radio y el cine estaban popularizándose a toda velocidad, y los avances en la impresión y en la fotografía hacían que se multiplicaran periódicos y revistas con una calidad cada vez mayor. Nunca el conocimiento había sido tecnológicamente más accesible. Pero en el país donde Luis Juan nació, en su provincia natal, en su clase social, prevalecían obstáculos que ya eran viejos desde hacía milenios. Los apóstoles de la tecnología están convencidos de que basta con ella para mejorar el mundo, pero olvidan, o prefieren olvidar, un par de cosas: la primera, que la tecnología puede ser usada para fines terribles igual que para fines nobles; la segunda, que para que los cambios favorecidos por ella beneficien a la mayoría hacen falta cosas tan antiguas como la educación pública, los derechos de los trabajadores, la protección de los débiles, la defensa activa del saber.

Para mí no se trata sólo de una indignación histórica: también hay en todo esto un tirón personal, porque alude a lo más hondo de lo que yo soy, al lugar y la gente de donde vengo, precisamente los que suelen dejar poca huella o ninguna en el registro histórico, los que padecen calamidades públicas que ellos no han provocado, los que reconstruyen con un esfuerzo sin recompensa los desastres promovidos por otros. Luis Juan Hurtado conoció de niño a mi padre y a la familia de mi padre, y la vida que ha tenido, la que ha sabido contar, se parece mucho a la de mi padre, a la de mis tíos, a la de toda la gente de aquella clase de campesinos y hortelanos que conocieron de niños la esperanza de una educación posible y la perdieron sin saberlo, los que sobrevivieron y trabajaron a lo largo de una postguerra que duró tanto no sólo por culpa de la destrucción que la Guerra Civil trajo consigo, sino por la incompetencia, la ciega codicia, lo soberbia imbécil de la que hicieron ostentación los que siguieron llamándose vencedores hasta que los barrió la democracia.

Fue una generación que amó todavía más el conocimiento porque sintió el ultraje de que les fuera negado. Querían para nosotros, sus hijos, una educación que nos ayudaría a escapar de las injusticias que a ellos los habían atrapado. El paso del tiempo va permitiendo que se escriba cada vez con más veracidad y de manera más completa la historia de España de la segunda mitad del siglo XX, la del tránsito del hambre a la abundancia, del atraso al desarrollo, del oscurantismo religioso a la tolerancia, de la intransigencia a la libertad de costumbres. Pero en todas esas historias que se escriben, todas las cuales se apilan las unas sobre las otras para construir la gran H mayúscula de la Historia, suelen faltar los testimonios directos de quienes más sacrificios hicieron para que fueran posibles todos esos cambios. A mí me produce tristeza que, por comparación con otros países, haya en España tan pocos libros de memorias sobre la Guerra Civil escritos no por figuras o figurones de la política, o de la literatura, sino por soldados de reemplazo, que fueron la inmensa mayoría de los que lucharon y murieron, los que iban de verdad al frente, los que no tenían un enchufe o un talento que les permitiera escapar a las balas.

¿Cuántos libros hay que cuenten la vida real, entera, desde la niñez hasta la jubilación, de un español de clase trabajadora? ¿Cuántos Luis Juan Hurtado han vivido experiencias memorables, trabajado con honradez y tesón, observado el mundo, desde la perspectiva del que está abajo? La memoria popular es más valiosa todavía porque es la de la mayor parte de la gente, y porque sus huellas perdurables son tan escasas. Sociólogos, politólogos, profesores de todo tipo teorizan sobre las clases sociales, sobre los movimientos obreros, etc., con una soberbia pasmosa, que se basa tan sólo en la lectura de otras divagaciones abstractas anteriores, y que con mucha frecuencia no sirve para nada, no enseña nada.

El que ha vivido algo de primera mano sabe ser concreto. No se va por las ramas. No se deja engañar por generalizaciones, y siente un recelo muy escéptico y muy descreído ante las grandes palabras. Hay montañas de documentos, bibliotecas enormes que cuentan exhaustivamente cómo fue España en el siglo XX, y en qué nos hemos convertido, de manera más bien poco gloriosa, en lo que va de este. Pero para saber cómo eran de verdad las vidas de los trabajadores, cómo fue cambiando todo, con cuánta lentitud, con cuántos sacrificios, con cuántas modestas y sólidas ilusiones, las fuentes históricas son mucho más limitadas.

Quien quiera saber algo de todo esto deberá leer las memorias de Luis Juan Hurtado. Este libro es una autobiografía, pero también una declaración de principios, una reflexión muy profunda, y muy bien informada, sobre la deriva de todo este último siglo, visto desde la perspectiva de un hombre lúcido y cabal que nunca se resignó a las limitaciones que la Historia, con o sin mayúscula, le había asignado cuando vino al mundo.

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El escritor Antonio Muñoz Molina firma el prólogo de Como la vida misma, las memorias de Luis Juan Torres Hurtado, editadas por Fundación Huerta de San Antonio