Jesús Gascón Bernal

Corría. La última luz de la tarde penetraba con dificultad entre la maleza del bosque por el que avanzaba. Las sombras, sobre el suelo, eran cada vez más profundas como invitando a esconderse, pero debía buscar un lugar seguro. Un lugar en el que la inmovilidad le hiciese invisible. A lo lejos se escuchaban ya las primeras voces de sus perseguidores. Estaba cansado, pero todos los músculos de su cuerpo se sincronizaron perfectamente para introducirse bajo el tronco abatido de un árbol, en una hendidura del terreno cubierta de helechos. Desde la oscuridad de su escondite relajó su respiración entrecortada, fundiendo su silencio en la penumbra. Por un momento cerró los ojos. Todo iba bien.

Cuantas veces había jugado a lo mismo. En realidad, de todos los juegos de la infancia que solían practicar en verano, cuando ya no había colegio y las tardes se alargaban hasta la hora de la cena, el escondite era el que más les gustaba a todos los niños de Santa Genoveva. A veces, los padres, les dejaban también salir a jugar un rato por la noche alrededor de las casas.

En ese momento, quizá el más dramático de su vida, le vino a la memoria la casa de su infancia. Tal vez necesitaba un refugio también en el pensamiento.

Él siempre había sido bueno en ese juego. Era necesario buscar un lugar no muy lejano para ocultarse; había que decidir rápido, saber imaginar los lugares más insospechados, aquellos que te ocultaban mejor según el color de la ropa que llevases; o aquellos que te facilitasen salir corriendo, cuando tuvieses la oportunidad de hacerlo. Era importante una rápida elección del lugar: bajo el seto donde sabes que hay un hueco; tras el muro; entre los matorrales; en esa hondonada donde te fundes con la tierra. También calcular el tiempo que podías tardar, en caso de ser descubierto, hasta llegar al punto en que te puedes salvar. En la tensa espera, a veces la quietud en el calor de la tarde de verano, invitaba al sueño, mientras veía a las hormigas corretear por su pierna. Sin embargo, lo más importante era tener una rendija que te permitiese observar sin ser visto. Cuando jugaban por la noche algunos aspectos cambiaban; el terreno se transformaba respecto de aquel que parecías conocer a plena luz del sol; y el silencio era fundamental. No veías a tu perseguidor, hasta que pasaba cerca de ti, hasta que escuchabas el rumor de unos pasos cercanos…

Como el rumor de los pasos que ahora se acercaban. Se apretó más contra el suelo Parecían venir desde el arroyo, a escasos treinta metros de donde él estaba, porque escuchaba el chapoteo del andar entre el agua y las piedras. Oyendo sus voces no cabía duda de que eran ellos; aquellos que le perseguían desde que había conseguido huir, saltando del camión a donde les llevaban para fusilarlos en la impunidad de la espesura.

Todavía tenía en la cabeza los gritos y los disparos que había escuchado poco después de saltar. Aunque el camión se había detenido tras su huida, no les había dado opción a perseguirlo, pues se había lanzado ladera abajo y el camión, en el estrecho camino, tenía dificultad para dar la vuelta. Al poco de saltar oyó como habían detenido el vehículo y habían bajado un par de soldados, tal vez con intención de perseguirle, pero debían de haber valorado la posibilidad de que algunos otros siguieran su ejemplo; solo iban cuatro hombres armados y doce presos, y ya no corrieron más riesgos. Mientras huía la cabeza le daba vueltas, recordando como los habían venido a buscar aquella misma mañana a casa; se habían llevado a su padre con él, y los habían encerrado en la plaza de toros, junto con otros presos. Su único delito: el ser considerados una familia de izquierdas, o tal vez solamente por frecuentar el Café Republicano. Un rato después de saltar, mientras todavía corría, escuchó los primeros disparos; no habían tardado mucho en fusilar al resto de los presos. Quizá era allí donde ya tenían preparada la fosa donde enterrarlos y ocultar impunemente su crimen. Ahora ¡seguro que volverían a por él!

Desde la perfecta quietud escuchó las voces de los fascistas ebrios o quizá solamente asustados por haber dejado un testigo de la matanza, ansiosos por rematar su «trabajo». Pero él ahora estaba a muchos años de distancia, a muchos kilómetros de este húmedo bosque. Él estaba a salvo, escondido en el jardín de los juegos de su infancia. Pensó en su madre y sus hermanas, seguramente vivas por haberse ido a casa de la tía Julia.

Sabía que iba a ser muy difícil que le encontrasen, sabía esconderse, era el mejor en eso y sobre todo sabía esperar. La noche, su aliada, le iba abrazando por momentos.