Por Estefanía Torres. En diario Público 23/02/2019

Imagen de portada: «Sombras». Obra contra el éxodo rural de la artista Gloria Rubio Largo

Un dilema me ha perseguido desde que terminé la carrera: mudarme o seguir viviendo en mi pueblo. Durante muchos años, como tantos otros jóvenes, estuve a saltos entre ciudades y países para acabar volviendo pequeñas temporadas. Ahora el dilema es mucho más serio. Tengo familia propia y, en concreto, una criatura de cuatro meses que puja por la vida y que necesita un entorno seguro, hermoso, un aire limpio, cuidados y calma para medrar con salud y mucho amor.

Tanto su padre como yo pensamos que no hay mejor pueblo que el nuestro para darle al bebé todo eso. Vivimos en un pueblo. Aquí están nuestras familias, aquí nos hemos criado y sabemos bien que, cuando creces y aprendes en un pueblo, gozas de ciertos “privilegios” que no tienes en una ciudad. La tranquilidad, ese olor a campo, los paseos, el café de la mañana con tus vecinos, la cola de la tienda y las conversaciones cercanas sobre la familia, tu pequeño y el ofrecimiento permanente de ayuda y de cariño. Eso no se paga con dinero. Y eso sigue siendo hoy la vida en mi pueblo.

Sin embargo, como tantos otros lugares pequeños, no es un lugar cómodo para vivir y, menos, para criar. No hay parques infantiles, tenemos pediatra sólo tres veces a la semana y los autobuses y trenes que nos conectan con las principales ciudades casi ya no tienen frecuencia. Aquí la economía de base fue aniquilada por las políticas neoliberales de la Unión Europea y se sustituyó por un sector turístico precario y estacional. La consecuencia: en verano nuestra población se multiplica y en invierno nos quedamos cuatro. Despoblación y dejación de los servicios públicos han ido de la mano los últimos años y, cada día, vemos el pueblo más abandonado, más sucio y más triste. Así que el dilema de irnos o permanecer nos persigue cada día.

Estoy segura de que mucha gente querría poder asentarse en un lugar como este. Y es precisamente en el verbo “poder” donde reside la clave. Porque es imprescindible hacerlo posible. No sólo para que los proyectos personales sean viables y tengamos vidas dignas y felices en entornos saludables. También porque el proyecto de país progresista necesita y debe apoyarse en un mundo rural con futuro.

En España, el 80% del territorio congrega a sólo el 20% de la población. Efectivamente, si hay una crisis territorial de la que tenemos que hablar mucho más es de la crisis de la despoblación del mundo rural, la discriminación entre los centros y las periferias y el abandono paulatino de nuestros pueblos. Décadas de bipartidismo y saqueo a las arcas públicas han dejado importantes recortes en sanidad y en educación que, en los pueblos y aldeas, han supuesto que haya menos médicos cerca (que pregunten a un habitante de cualquier aldea a cuántos kilómetros le queda el Centro de Salud, o ya no digamos el hospital especializado) y más escuelas que se cierran… Y ya se sabe que cuando una escuela echa el cierre, el pueblo va detrás.

Mientras tanto, las ciudades han crecido a pasos agigantados provocando que existan verdaderos problemas de movilidad que, a su vez, conlleva elevadas tasas de contaminación. Es necesario descongestionar las ciudades y posibilitar que haya habitantes en los pueblos para que éstos tengan también quienes los cuiden, para que los bosques no ardan sin control y para que nuestra cultura no desaparezca, por eso también debemos cuidar a quienes producen nuestros alimentos (agricultores, ganaderas, pastores, pescadores, mariscadoras) porque llevan siglos dando de comer a nuestro pueblo, son depositarios de esa cultura milenaria y guardianes de la mayor despensa natural que poseemos.

Necesitamos, además, una ciudadanía alimentaria, también en los núcleos urbanos, consciente de lo que consume y dónde se produce eso que se lleva a la boca cada día su familia. Por eso, el antídoto para la despoblación no puede ser comprar la cultura casposa de la derecha. Nuestros pueblos no deben ser lugares que se utilicen como arma para defender valores trasnochados como el maltrato animal, la supremacía del hombre sobre la mujer o la imagen del cosmopaletismo que provoca complejos en los oriundos y odios entre dos mundos (el rural y el urbano) que tienen necesariamente que estar conectados. Lo que efectivamente quisiera la derecha es que nuestros pueblos tuvieran ese olor a rancio y de años cuarenta que impide, a la fuerza, el progreso social y, en particular, el progreso feminista. Pueblos atrasados comandados por caciques de tres al cuarto que mantienen sus privilegios gracias al sacrificio de la mayoría y la compra venta de favores. Eso sería estupendo para sus planes de saqueo porque ese tipo de cultura favorece la despoblación (el éxodo rural es sobre todo éxodo femenino, por algo será) y a mayor despoblación, más facilidad para las élites de continuar sobre explotando los recursos naturales por encima de nuestras posibilidades.

Mundo rural: innovación, cultura, empleo y sostenibiildad

Al contrario, defender el mundo rural es apostar por una cultura moderna que ponga en valor a nuestros pueblos, nuestras aldeas y sus gentes. Por ejemplo, el bienestar animal es compatible, y debe serlo, con un sector agroganadero sostenible. El cuidado de los montes y los bosques debe convivir con la calidad de vida de las gentes que pueblan nuestras aldeas. Y, sobre todo, el proyecto de país feminista tiene que desarrollarse en nuestros pueblos porque si hay un sujeto político y social capaz de frenar la sangría de la despoblación somos las mujeres. Todo esto se debe hacer y, más importante aún, se puede hacer. Sólo necesitamos políticas públicas valientes. Que condenen y sancionen todo tiempo de maltrato pero, a la vez, hagan posible formas de desarrollo diferentes. Favoreciendo, por ejemplo, las nuevas economías colaborativas basadas en “cadena de bloques” (blockchain) que puedan potenciar el sector primario a través de los circuitos cortos de comercialización. Este tipo de economía en otros sectores de pequeña o mediana escala puede ser muy atractiva. Y, además, pocos espacios son mejores que el mundo rural para eso.

Las iniciativas deben partir del propio pueblo, dando trabajo y nutriendo de recursos a las redes ya existentes en el territorio, para permitirles crecer y fortalecerse, facilitando así que llegue gente nueva para quedarse. Algunas herramientas a impulsar ya existen como el etiquetado de los productos con Denominación de Origen o Indicación Geográfica Protegida, otras habría que mejorarlas o desarrollarlas mucho más, como la capacidad de nutrir a los comedores escolares con productos de proximidad, y otras hay que combatirlas desde las instituciones, como las reformas que castigan a los Ayuntamientos impidiendo su autonomía local (no olvidemos jamás a Montoro cuando hablemos de rural). Porque sí, los planes a impulsar deben ser multidireccionales: para quienes están y no quieren irse, para quienes se han ido y quisieran volver y para quienes quieren venir a quedarse.

Pensar en el “venir a quedarse” es pensar también en proyectos culturales. Los personales, los colectivos y los públicos. Necesitamos, por supuesto, políticas públicas que los impulsen y sobre todo que cuiden a las escuelas rurales porque son éstas unas aliadas naturales del proyecto de país progresista, esenciales en la ordenación y cohesión del territorio rural, y permiten preservar la identidad, los códigos, los léxicos y los símbolos culturales característicos de las poblaciones en las que se asientan. Es por eso que su presencia otorga a nuestras aldeas un atractivo único a la hora de atraer nuevos habitantes.

En resumen, la educación pública y de calidad, la sanidad pública y el acceso a ella desde cualquier rincón, inversión en el cuidado de nuestro hermoso y variado paisaje, las posibilidades que nos abren la innovación y el desarrollo para las energías renovables, las nuevas economías colaborativas, las políticas de igualdad, un sector primario fuerte y soberano que pueda competir con los productos foráneos al tiempo que garantiza una alimentación sana y saludable, y la capacidad de gestionar todos estos bienes comunes desde y por los pueblos de España son los componentes de un proyecto de país esperanzador y factible en el aquí y ahora, en 2019 y cuando todavía nos hace tanta falta.

El desarrollo y el progreso no está necesariamente vinculado con el éxodo al mundo urbano. Al contrario, el éxito colectivo es posibilitar la vida en nuestros pueblos para que sean éstos el reflejo de ese otro mundo posible que ya llevamos demasiado tiempo imaginando. Para que, al final, el dilema diario se resuelva con la determinación de querer seguir luchando por tener un mundo rural vivo y con futuro.