Daniel Innerarity para El País, Título del artículo: “Deberes lejanos”. 20/07/2020

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El ser humano está diseñado para no ver más allá de sus narices. Nos pasamos la vida luchando contra la cortedad que nos hace sentirnos el centro del mundo y para superar ese sesgo de proximidad que según Kahneman estrecha nuestro mundo. La psicología evolutiva nos enseña que los niños tardan un tiempo en entender la relación de causalidad. Lévi-Strauss contaba de cierta tribu en la que no sabían que hubiera una relación entre el coito y el embarazo. Todo el progreso moral consiste en ampliar el perímetro de quienes consideramos que nos incumben y en articular las obligaciones respecto de los más próximos con los deberes que nos vinculan a los más lejanos. Los deberes hacia nuestros semejantes no deberían impedir la hospitalidad hacia los extraños; el afecto por lo propio es compatible con una tensión cosmopolita.

En las sociedades complejas esta relación entre el comportamiento propio y los efectos finales es difícil de advertir. La solidaridad es más visible en los actos de donación y caridad que cuando la burocracia del estado se hace cargo de las tareas tributarias; no podemos seguir la cadena causal que vincula nuestras decisiones en materia de consumo o movilidad con el calentamiento global del planeta; la conexión entre nuestro endeudamiento personal y la crisis financiera no es inmediata… Hemos configurado un tipo de sociedad en la que son más decisivas las interacciones entre sus elementos que sus comportamientos aislados. Todo se relaciona con todo, decía Leibniz hace ya unos cuantos siglos y desde entonces las cosas no han hecho más que complicarse. Los seres humanos tenemos que aprender a vivir en medio de causalidades no lineales, fenómenos emergentes, efectos cascada, reverberaciones y contagios.

El confinamiento pudo llevarnos a pensar que el mundo se reducía a la proximidad y las relaciones de causalidad inmediata. Bastaba con no salir de casa, con no hacer prácticamente nada y relacionarse con el menor número posible de personas para cumplir con nuestras obligaciones. La normalidad que se recupera paulatinamente con el desconfinamiento es la de una sociedad de interacciones y riesgos, una vez que abandonamos el arcaísmo de los espacios clausurados y las relaciones exclusivas con nuestros semejantes. Resulta desesperante comprobar que en esta nueva situación muchos de nuestros conciudadanos no son capaces de medir los riesgos que contraen. Es como si no supieran vivir en un mundo de probabilidades, del mismo modo que cuando acabábamos de nacer tampoco sabíamos manejarnos en un mundo de causalidades. Podemos denunciar su irresponsabilidad, pero me temo que hay un problema más grave, un problema de ininteligibilidad. La probabilidad de que un comportamiento singular provoque un contagio que pueda expandirse es tan baja que muchos la consideran inverosímil. En términos de percepción subjetiva la improbabilidad está muy cerca de la imposibilidad. Los seres humanos hemos salido de la era industrial con un cerebro de la prehistoria, es decir, genéticamente programado para pensar linealmente, en cadenas causales aisladas y con una tendencia a ignorar los riesgos latentes y los efectos de agregación fatal que se pueden producir cuando se encadenan determinados acontecimientos. Esto no se arregla con la producción legislativa ni con la represión sino mediante un cambio en nuestro modo de pensar que contradice nuestros hábitos y sesgos. Nos ha costado mucho pensar sistémicamente y afrontar la crisis ecológica con una visión que deje de considerar las externalidades negativas como un desecho inevitable del progreso.

No estaremos preparados para afrontar este tipo de crisis mientras no seamos capaces de pensar de otra manera y concebir nuestras obligaciones también de otra manera. Me atrevo a sugerir que si Kant viviera actualmente habría formulado así el imperativo categórico, ligeramente adaptado a la situación de la pandemia: actúa de tal manera que tu comportamiento no contribuya a aumentar la posibilidad de que se produzca esa catástrofe que no es evidente a tu percepción inmediata. Nietzsche lo había planteado, corrigiendo nuestra focalización sobre el prójimo, como una ética de las cosas más lejanas.