por Rafa Ruiz para publico.com  19-septiembre-2018

Fotografía del artículo cedida amablemente por la galería Elvira González en Madrid


El fotógrafo Chema Madoz (Madrid, 1958) expone 32 fotografías, fruto del trabajo de los dos últimos años, en la galería madrileña Elvira González, con su habitual lenguaje en blanco y negro de objetos que transmutan en otros objetos, que adquieren almas contradictorias para hablarnos del paso del tiempo, los recuerdos, el azar de la vida, la soledad… Un trabajo en el que de nuevo se identifica fácilmente su voz.

Al ciprés se le ha abierto un campanario. El libro El Capital de Karl Marx ha adquirido la forma de un monedero. La famosa pipa que no es una pipa de René Magritte se ha convertido en un extintor. La barandilla de la escalera de casa se ha transformado en una vía de tren.

Fotografías de Chema Madoz. Objetos que juegan a ser otros objetos. Cosas con ambición de escapar de la obsolescencia programada y convertirse en imperecederas. Seres inanimados animados por un anhelo artístico al estilo de los inspirados por Man Ray, Marcel Duchamp o Joan Brossa. Son los oscuros objetos en blanco y negro del deseo fotográfico de Chema Madoz, cuyo estilo ya se ha hecho inconfundible.

Una enorme escalera mecánica para salvar dos peldaños. Un tablero de ajedrez convertido en un ring de boxeo. Un reloj de arena en el que los granos van cayendo sobre una cruz.

Hay referencias constantes al paso del tiempo, al azar de vivir, al juego que es la vida. Hay ironía, humor, ocurrencias y mucha melancolía en esta nueva entrega de 32 fotografías de Chema Madoz. En ellas laten las contradicciones que tanto marcan nuestros tiempos; qué difícil resulta mantener la coherencia en esta época tan acelerada que nos exige tomar decisiones a cada instante, en la que los errores nos pueden salir caros pues todo se multiplica exponencialmente. Hay en estas imágenes una querencia de tranquilidad e inocencia, aunque a veces nos sugieran juegos perversos.

“En esta ocasión he querido ir un poco más allá del objeto o del clásico bodegón, para dar una idea más amplia de representación, a modo de escenarios o paisajes”. Como es norma en él, Chema Madoz no trabaja con herramientas digitales como Photoshop para construir esos objetos oníricos, distintos, sino que los construye en su taller, hace montajes con maquetas, siempre parte de algo físico.

Hay una corbata convertida en alfombra; la eficiencia del trabajador de cuello blanco al servicio del jefe, hasta arrodillarse si hace falta. Hay un marcapáginas que es una ristra de palabras de un libro que quieren escapar y a la vez marcar la página donde se encuentran; fugarse y estar localizables, ¿no es nuestro imposible deseo hoy día? Hay una pluma aguja, tan leve como punzante; el daño que a veces hacemos con la insignificancia de la pusilanimidad.

Son objetos-historias. Realidades paralelas, que no virtuales. Nos hemos detenido en mundos así que se desdoblan y multiplican por la creatividad del autor y las interpretaciones de quienes los miran a partir de los caprichosos chismes diseñados por el estudio los díez. “Me interesa, con un lenguaje limpio, abrir puertas a diferentes lecturas”, explica el fotógrafo. “Que cada espectador haga suya cada foto, se la apropie y la dote de sus propios significados. Me gusta que el espectador complete el sentido de cada imagen”.

Hay astas de un corzo en las que han crecido espejos retrovisores; quizá si hubieran sido verdad, el animal habría podido huir de los cazadores que lo atraparon y convirtieron en trofeo. Al grabado decimonónico de una rosa se le están desprendiendo los pétalos y reposan fuera del grabado. Cuelga una bombilla desnuda, y alrededor de ella, en vez de moscas, mosquitos o polillas, revolotean diminutos helicópteros de combate que nos causan desazón y despiertan temores, por este ambiente de drones, vigilancia permanente y Gran Hermano en que nos sentimos inmersos. En la última foto, en una tela de araña, impresa una palabra que pocos matices admite: The End.

Son asociaciones de imágenes que se solapan; unas veces nos refuerzan un mensaje, como la inevitabilidad del paso del tiempo y la asociación con el fin que proyectan ese ciprés-campanario o el reloj de arena-tumba; otras veces entrecruzan mensajes y experiencias contrarias y eso precisamente nos provoca aún más desasosiego, como el avión enredado en un bosque o la figura del caballo de ajedrez insertada como un trofeo en una pared; lo culto ha caído presa de los instintos más primigenios: dar caza al intelectual. “En estos cruces de significados”, nos cuenta Chema Madoz, “yo siempre me acuerdo de una escena de una obra teatral de Darío Fo en la que un personaje apuñala a otro, lo asesina, pero luego no sale huyendo, sino que se queda para ayudarle a caer, para que no caiga de golpe, quizá pensando en que no se haga daño al desplomarse en el suelo”.

Desde aquella llave que incluía en sí misma la propia cerradura y que Chema Madoz recuerda como su primera fotografía expuesta, hasta el The End de la galería Elvira González, todo un mundo de sensaciones contradictorias, de mucho absurdo, mucha ironía y mucho humor, ternura también, en el que quizá la melancolía vaya ganando terreno. “Sí, es posible que tengas razón”, reconoce el artista, “es posible que aquí haya un punto más melancólico”.