El paseante vuelve a entrar en su Museo de Ávila con ocasión de la muestra de Antonio Veredas, y en primer lugar no quiere dejar de anotar su contento por el renovado y grato aspecto que en estos últimos años va teniendo un Museo riquísimo en contenido desde siempre, que debería ser visita obligada de todos los abulenses y de los visitantes de la ciudad. Apunto que no entiendo las noticias que apuntan a una fusión entre el Museo y un Prado abulense que no consta qué puede ser.

Ya la ficha de la web del Museo proporciona una justa introducción al dibujante Veredas y a su obra: Museo de Ávila. Antonio Veredas Rodríguez (Bilbao 1889 – Ávila 1962) es una de las figuras más representativas del mundo artístico abulense del siglo XX, tanto por su actividad profesional y dedicación a la protección y difusión de sus monumentos como, naturalmente, por su obra. 

Fue profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios (de la que también fue director) y en el Instituto de Enseñanza Media; delegado provincial  de Bellas Artes; académico correspondiente de la Real de San Fernando; y miembro de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos. A temas y personajes abulenses dedicó sus libros: Ávila de los Caballeros (1935), El príncipe Juan de las Españas (1938), Cuadros abulenses (1939) y Santa Teresa de Jesús (1971).

Aunque realizó obras pictóricas destacables (recordemos su Crucificado -expuesto permanentemente en la sala IX del museo), su gran especialidad fue la ilustración (dibujos a pluma  policromados, como él los llama-ba). Algunos de ellos fueron portada de Blanco y Negro y otras revistas de la época, y muchos otros los realizó para ilustrar diversos libros -aparte de los suyos-, en su mayoría de temática abulense, pero también de otra naturaleza,  como la Fiesta de los Toros, del Marqués de Benavites. Y esas imágenes, de temas tradicionales, monumentos  y personajes abulenses, son quizá las que más se conocieron de él, ya que el resto de su obra, expuesta con carácter monográfico apenas en un par de ocasiones (1945, en la Oficina de Turismo de Ávila, y 1946, en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles de Madrid), permaneció fundamentalmente en su poder y en el de sus familiares.

La generosa donación de su hijo Eduardo Veredas Ugarte, en el año 2017, al Museo de Ávila y al Archivo Histórico Provincial de Ávila, de la parte de la obra y documentación de su padre y familia que estaba en su poder, ha permitido enriquecer las colecciones públicas con un fondo fundamental para la Historia del Arte Abulense.

En esta ocasión, se exponen un conjunto de obras que reúnen el común denominador de su temática fantástica, donde vemos brujas, duendes, hadas, princesas, demonios y todo un conjunto de seres irreales y grotescos que se mueven, eso sí, con una naturalidad pasmosa entre los pinceles y lápices de Veredas, en los que no falta un toque de humor.

Dibujos inusuales para su época, de ellos dijo Cecilio Barberán, en 1935: “dicha obra responde a un concepto de ilustración que no es el que precisamente triunfa hoy (…) su obra es de una solera, responde a una dignidad artística que por derecho propio tiene calificativo de excelente en el momento artístico que vivimos (…) humor y fantasía, temperamento y alta sensibilidad estética campean en todos ellos” (Gaceta de Bellas Artes, diciembre de 1935).

Cuando murió Veredas empezaba el paseante su bachillerato, pero pronto empezó a saber de él y de su obra. Ávila de los Caballeros fue una especie de breviario artístico en mis inicios, y pronto pude apreciar tanto lo que decía, como lo que insinuaba. Luego en papeles dispersos, artículos e informes fue creciendo ante mis ojos un hombre comprometido con la ciudad y su patrimonio, con criterio propio y con carácter (recuerdo su opinión sobre algunas restauraciones de Repullés en la muralla y sobre el derribo de Santo Domingo). Ese libro que editó Nicasio Medrano fue recomendado a los muchos alumnos a los que encaminé al estudio de nuestro arte y nuestra arquitectura. Mucho más tarde, yo ya daba clases en la Complutense y en la UNED, me enseñaron unas plumillas suyas costumbristas, de tema abulense que aparecieron en los despachos de unas dependencias de Turismo cerca de la plaza de Santa Ana y pude encargarme de su edición completada con unas mínimas entradillas. Pronto pude tener un facsímil con preciosos dibujos de su Santa Teresa de Jesús de 1971, que siempre he considerado como una de las joyas de mi biblioteca.

Todo ello vuelve a mi memoria al disfrutar de la pequeña muestra de la galería inferior del Museo, al seguir sus novedosas caligrafías policromadas y constatar el dominio del oficio de ilustrador que le caracterizó siempre (no dejen de anotar las fechas de realización, ni la temática tan poco abulense). Acercarse a gozar de ellas es consejo obligado, que bien puede completarse con un detenido deambular por las salas de los Deanes.

Termino reconociendo la generosidad de la familia Veredas al legarnos ese rico patrimonio depositado en nuestro Museo y en nuestro Archivo, y sugiriendo un estudio sobre su legado que obligado sería viese pronto la luz.

José Luis Gutiérrez Robledo

Universidad Complutense de Madrid