Publicado por Natalia Junquera para Jot Dwn magazine

Fotografía: Talo Urcera (CC).

Tiene noventa y cinco años y en realidad lleva toda la vida lanzándome pistas. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero mi tía abuela Lola es meiga. Efectivamente, haberlas, haylas.

El primer recuerdo que tengo con ella es la escena de un crimen. Seleccionó a la víctima en la feria de Carballo, después de pasear por la plaza con ojo profesional y conmigo de la mano, para disimular. La inmovilizó con gran destreza y nos la llevamos a casa. Mientras yo iba pensando qué nombre ponerle, ella la sacó de la bolsa, se sentó en la silla de la cocina donde hasta ese día yo la había visto hacer cosas de persona corriente, como pelar patatas, y con el pulgar desnucó a la gallina, chis-chas, delante de mis narices. Fue un golpe limpio, rapidísimo, y el animal, que quedó sin bautizar, no sufrió —no daba tiempo—. Yo me quedé tan impactada que creo que ni lloré. «La comida» era una de las «cosas por las que no se llora», como tampoco estaba permitido llorar «por irse a la cama», «juguetes que hay que compartir», «helados que se caen» o «globos que se escapan». Sí debí entender que los demás no podían saberlo: la policía podría venir a detenerla, la meterían en la cárcel y yo no comería las filloas de Lola nunca más. O peor: mis padres podrían enfadarse y echarle una bronca de esas de «piensa en lo que has hecho» (para mi gusto, las peores; prefiero un castigo mil veces). Así que callé. Callé hasta hoy, que entiendo que el delito ha prescrito y que con noventa y cinco años nada pueden hacerle ya ni la familia ni los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Cuando esta semana fui a verla, le pregunté, en un momento en el que nadie más nos oía, sentadas las dos en un banco frente a las hipnóticas olas de la playa de Razo, si recordaba la escena y en qué campamento militar había aprendido la técnica del pulgar asesino. No quiso darme detalles, probablemente, por mi propia seguridad, pero me sonrió y yo supe que se acordaba perfectamente, aunque hubiera pasado una vida entera.

Probablemente haya solo diez personas o así en el mundo capaces de desnucar gallinas con el pulgar, y mi tía abuela es una de ellas. Pienso que quizá por eso también era tan buena haciendo cosquillas.

En ese paseo, de repente me di cuenta de que llevaba la misma chaqueta de siempre. No dije nada, pero al llegar a casa inspeccioné todos los álbumes y me dio un escalofrío al comprobar que Lola salía siempre en las fotos con las mismas prendas, año tras año, apenas tres variantes según la estación. Tiene el mismo abrigo que llevó al bautizo de mi hermano, la misma chaqueta de terciopelo; el mismo bolso, intacto, como el primer día. A mí me salen bolitas en los jerséis al cuarto lavado, y no quiero ni empezar a hablar de los zapatos, pero claro, yo no soy meiga.

Otra pista. Cuando salimos a pasear por su pueblo, Carballo, ejerce una atracción magnética. La gente sale de los comercios, cruza la carretera sin mirar, viene desde la otra punta para saludarla. Todos dicen algo parecido a esto: «¡Pero qué alegría verte, Lola! ¡Qué bien estás!», y ella les sonríe porque sabe que es verdad. Nunca, jamás, desmiente a su interlocutor diciendo, por ejemplo: «Qué va, aquí donde me ves, tengo diabetes y artrosis…». No conozco a nadie que encaje con más elegancia que ella los piropos. A veces sus fans me preguntan cuántos años tiene, y esa es la mejor parte de la conversación porque entonces yo digo con mucho orgullo: «Tiene noventa y tres», «noventa y cuatro» o «noventa y cinco», según el verano que sea. Ellos se escandalizan y es el momento en el que nosotras hacemos nuestra retirada triunfal, y los dejamos ahí pensando si no será meiga Lola, después de todo.

Cuando los vecinos se alejan siempre le pregunto: ¿Este quién era? Y ella me hace un perfil periodístico cargado de información: edad, procedencia, profesión, propiedades, últimos avatares, estimación de voto y lo que le pidas. Es una base de datos andante. Al año siguiente  a mí se me ha olvidado, pero a ella, nunca.

Otra pista que no supe interpretar, y que ahora lo pienso y digo, cómo es posible que no cayera antes, son los pies de Lola. Unos pies mágicos, que siempre estaban calentitos y calentaban los míos, que siempre estaban fríos, en un pis pas. Sucedía cuando mis padres salían y a mí me dejaban dormir en su casa-castillo. No tenía almenas, ni puente levadizo, pero sí dos plantas, unas escaleras muy de película por las que yo jugaba a subir a recoger premios, y un desván misterioso donde nunca me dejó entrar —por el polvo, decía, ¡já!—. Como era una casa mágica, por la noche se oían muchísimos ruidos. En aquella cama a la que había que subirse cogiendo carrerilla para saltar como las atletas las mantas pesaban como un adulto gordito, inmovilizaban, pero por alguna razón no calentaban lo suficiente y entonces había que arrimarse a Lola, que era la que guardaba el calor en sus pies mágicos, y la que le quitaba, con el mismo gesto, la importancia a los ruidos. Antes de dormir le pedía que me contara algo y luego esperaba un rato para oírla roncar, que era un ruido que sí me gustaba mucho, porque creía que la felicidad sonaba así.

Por las mañanas nos despertaba un gallo y era casi lo mejor porque entonces yo pensaba que aún podía dormir un poco más y que cuando me despertara del todo vendrían mis padres a buscarme para volver a la normalidad, que es lo que hace que puedas apreciar la magia, como el trabajo y las vacaciones, y el invierno, el verano.