Hay que transitar hacia un modelo de Estado de bienestar con redes fuertes de protección social para las familias más jóvenes que deberá centrarse en sus necesidades de ingresos antes que en el historial laboral

OLGA CANTÓ para El País 1 MAY 2019

Ilustración de portada de NICOLÁS AZNÁREZ

Según una reciente encuesta realizada por el Pew Research Centre, un prestigioso think tank norteamericano, tres de cada cuatro españoles opinan que cuando los niños de hoy crezcan, su situación financiera será peor que la de sus padres. Sólo los franceses y los japoneses son más pesimistas que nosotros. ¿Por qué tanta población de una sociedad rica pierde la esperanza en que las generaciones venideras puedan vivir mejor? ¿Qué les hace pensar que es tan improbable que sus hijos tengan al menos las mismas oportunidades que ellos?

Como dice J. D. Vance en la introducción de su libro Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis,para entender bien lo que les ha sucedido en las últimas dos décadas a muchas familias norteamericanas que emigraron en busca de trabajo desde Jackson (Kentucky) a Middletown (Ohio) en los años cincuenta y sesenta, no basta con constatar el aumento del desempleo (por la desaparición de la industria y la creciente polarización de las ocupaciones), el incremento de la pobreza o la mayor inseguridad económica de su clase media. Lo más importante es comprender hasta qué punto la suma de todos esos factores y, sobre todo, su enquistamiento durante décadas ha destruido la esperanza de las familias modestas sobre las oportunidades de sus hijos; lo que según el autor ha supuesto un profundo cambio cultural en amplias capas de la sociedad norteamericana.

La literatura económica y sociológica que estudia la persistencia del desempleo y de la pobreza concluye que cuanto mayor es su duración más difícil resulta salir de ellas y, lo esencial, que esa falta de empleo, de ingresos o de seguridad económica es mucho más dañina cuando se cronifica, es decir, cuando los que la sufren no ven la salida del túnel o cuando la reincidencia es más la norma que la excepción. Si esas carencias persisten de generación en generación, la dinámica social se traduce en una alta correlación entre las rentas de padres e hijos y en una menor movilidad social de los estratos de bajo nivel socioeconómico. Es decir, si la falta de recursos económicos pasa de ser un accidente en la vida a persistir en el tiempo, se convierte entonces en una manifestación de profunda desigualdad e injusticia social.

Hace ya algunos años, la OCDE publicó varios informes analizando la persistencia de la pobreza en países ricos y, en 2015, la Comisión Europea abordó ese tema en el estudio titulado Poverty Dynamics in Europe: from What to Why. Los primeros resultados de estos trabajos eran moderadamente optimistas porque encontraron que en muchos países, también en España, la mayoría de los episodios de pobreza eran de corta duración y sólo una pequeña parte de la población estaba atrapada en la pobreza crónica. Lo que era menos esperanzador es que muchos de los que experimentaban esos cortos episodios de pobreza tenían una alta probabilidad de reincidir al poco tiempo, es decir, conseguían salir, pero volvían pronto.

España destacaba en esos estudios por ser el país en el que más población había pasado, alguna vez, por una situación de necesidad económica y también por registrar una mayor tasa de reincidencia. En una ventana de cuatro años, más de cuatro de cada diez españoles vivían, al menos un año, con ingresos por debajo del umbral de la pobreza, el doble que la media europea. Prácticamente la mitad de ellos conseguía salir de esa situación, pero volvía a caer en ella al poco tiempo, mientras que en Alemania, Francia, el Reino Unido o Portugal eso le sucedía sólo a un tercio.

Antes de la crisis, el riesgo de pobreza crónica en España estaba en la media europea, por encima de Alemania y Dinamarca, pero por debajo de Portugal. Sin embargo, los últimos datos muestran que la crisis frenó en seco las posibilidades de salida de la pobreza mientras que las de entrada no paraban de crecer. Como consecuencia, entre 2008 y 2016 el riesgo de pobreza crónica de las familias españolas se ha doblado, como ilustran las cifras del reciente Informe sobre bienestar económico y material del Observatorio Social de La Caixa. Y lo que es aún más preocupante, este incremento afecta mucho más a las familias jóvenes que al resto, sobre todo si tienen hijos dependientes.

A partir de los datos del módulo de transmisión intergeneracional de la pobreza de la Encuesta Europea de Ingresos y Condiciones de Vida, varios estudios concluyen que el nivel educativo de los padres y la frecuencia con que se sufren problemas económicos durante la adolescencia son las variables que más contribuyen a que la pobreza se herede. En definitiva, crecer en un hogar pobre aumenta las posibilidades de ser pobre también en la edad adulta. En cuanto a movilidad social, España es un país que ha conseguido mejorar el nivel educativo medio de su población en un tiempo récord tras la llegada de la democracia y durante décadas tuvo un ascensor social bien engrasado. Recientemente, este ascensor también empieza a dar signos de agotamiento. En los últimos años los jóvenes nacidos en familias de nivel educativo bajo tienen cada vez más dificultades para conseguir superar ese nivel y los que nacen en familias de nivel educativo alto parecen tener cada vez más facilidades para mantenerlo. En 2016, según los datos de la encuesta sobre la participación de la población adulta en actividades de aprendizaje, la persistencia de niveles educativos bajos en padres e hijos ha dejado de descender entre los jóvenes de 25 a 34 años. España se coloca a la cola de Europa porque menos de 6 de cada 10 jóvenes mejoran el nivel educativo de sus padres si éste era bajo. En países como el Reino Unido, Suecia o Francia lo consiguen más de 8 de cada 10. En cambio, la persistencia intergeneracional en niveles educativos altos en España sigue creciendo cuando ya hace unos años estaba por encima de la media europea.

En este contexto, no sería de extrañar que muchos puedan empezar a perder la esperanza de que el Estado de bienestar sirva para algo. El pesimismo de los españoles sobre el futuro de las generaciones venideras que apuntaba la encuesta norteamericana podría estar reflejando que el enquistamiento de la pobreza en las familias jóvenes y el frenazo del ascensor social se perciben como elementos que van a contribuir a aumentar los riesgos en el futuro. Si queremos que las generaciones más jóvenes se inclinen por pensar que el Estado de bienestar es útil, es imprescindible quebrar esta inercia.

Lo más urgente es empezar a transitar hacia un modelo de Estado de bienestar con redes fuertes de protección social para las familias más jóvenes, que deberá estar más centrado en sus necesidades de ingresos que en el historial laboral de sus miembros. Estas reformas se deben abordar con sensatez, sin fracturar elementos contributivos del sistema como las pensiones o las prestaciones por desempleo que, hoy día, siguen siendo claves para reducir el riesgo de pobreza. Además, necesitamos incorporar criterios amplios de equidad en el sistema educativo que a medio plazo puedan conseguir mayor igualdad de oportunidades desde la base, invirtiendo más y mejor en educación pública y promoviendo la inclusión frente a la segregación educativa por origen social.