Publicado por Álvaro Corazón Rural en Jot Down Magazine 20 de octubre de 2019

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Entre los sabios de nuestro tiempo siempre ha existido la disputa sobre qué enseña más, si los campus de la universidad o la universidad de la vida. Es extraño que muy pocos, entre doctorados y hazañas de barrio, se hayan interesado por una tercera vía como fuente de conocimiento: la estupidez.

Bien es cierto que para aprender de la estupidez propia antes hay que ser inteligente para saber que se es tonto, aunque la inteligencia es un bien escaso y la estupidez abunda. Borges entendía directamente que el primer síntoma de la inteligencia es la estupidez, de modo que podría ser que la estupidez no fuese tan tonta. No se mareen, que se lo explico.

Parece un acertijo budista, pero el propio Buda eligió a Nanda, el único discípulo que no le entendía, para difundir su palabra entre los hombres, a los que veía en su misma línea. Seres provistos de esa cualidad mágica y misteriosa, la estupidez. Porque los animales o nuestros antecesores, el Homo erectus o el Neandertal, no eran necios, más bien todo lo contrario. Es solo el hombre actual, el sapiens, merced a la civilización y la sociedad, el que es capaz de alcanzar ese estado sublime: la gilipollez.

Sin embargo, esta ha sido poco estudiada. Lo que más abunda son colecciones de aforismos, citas de escritores célebres y ensayos drama-queen sobre lo estúpido que es todo lo que nos rodea. Vaya por delante que el primer gran tratado sobre lo memo, Elogio de la locura de Erasmo de Róterdam en 1511, está firmado como recurso literario por la propia estupidez. Ella es la autora de la primera gran obra sobre sí misma. Es una autobiografía. Y, como tal, está llena de elogios.

A ella le debemos todo, dice la estupidez de sí misma. Sin estupidez, ni siquiera hubiéramos nacido. Le debemos la vida al matrimonio de nuestros padres. El matrimonio, sin estupidez, no existiría, pensaba Erasmo. Sin «la adulación, el juego, la paciencia, el engaño y el disimulo», servidores de la estupidez, la unión de por vida sería imposible. Y los matrimonios se deben al enamoramiento, que es el estado más estúpido posible. «Cuanto más absoluto es el amor, mayor y más feliz es su delirio». Nacemos gracias a la estupidez y, tras la muerte, no quería Erasmo ni imaginar la existencia celestial si se supone que era el amor pleno.

Y en medio, la vida. Lo que Balzac contó en su Comedia humana en diez mil páginas, Erasmo lo resumió en un párrafo: «El que reúne toda la comida que puede y se la traga a la fuerza, para luego morir de hambre. Aquel que cifra toda la felicidad en dormir y no hacer nada. No faltan los entrometidos en negocios ajenos que descuidan los suyos. Uno que lo gasta todo y se cree pudiente con la riqueza ajena, pero se codea con la ruina. Otro, cuya máxima felicidad es vivir pobre para enriquecer a su heredero. Ese se juega la vida, que ninguna fortuna puede recuperar, persiguiendo una ganancia exigua e insegura por todos los mares y vientos. Aquel prefiere buscar la riqueza en la guerra que permanecer en casa tranquilo. Algunos creen que nada hay más cómodo para hacerse rico que pescar viejos sin hijos, y no faltan los que prefieren echar miradas tiernas a viejas acomodadas. Aún más divertidos para los dioses espectadores suelen ser los que resultan engañados por aquellos mismos a los que pensaban desplumar». Un párrafo que comprendía prácticamente todo el universo de los que profesaban su religión, el catolicismo romano.

Dos siglos después, Jean Paul Richter, escritor educado esta vez en un rígido protestantismo, embriagado a sus dieciocho años por las lecturas de Voltaire y Rousseau, publicó Elogio de la estupidez en 1782. La necedad a la que se refería era la germana, la de aquellos, en sus propias palabras, que viajaban más pendientes de la brújula que del mapa.

También empleó el recurso de dejar que la propia estupidez firmarse su ensayo. En esta ocasión, más que pícara, la estupidez era agresiva. Quien la poseía podía ser peligroso. «Finge ser el gran enemigo de su vecino para no participar de su razón. No pocas veces se aviva su odio por las iluminaciones llegadas de las alturas, igual que el vinagre se hace más agrio con los rayos del sol».

Recomendaba cautela con los estúpidos, aunque bajasen la guardia: «Es cuando llora cuando más hay que temerlo, igual que el cocodrilo se lamenta con voz de hombre cuando quiere engullir a un ser humano».

Servía como placebo para el hombre, seguía contando la estupidez: «No le ofrezco sabiduría, pero sí la creencia de que la tiene en su poder». También aportaba firmeza en las convicciones al estúpido: «Siempre está sereno, porque está demasiado ciego como para distinguir algo terrible, por eso se muestra siempre igual en sus opiniones». Y, por supuesto, daba la felicidad: «El orgullo es un hada madrina que cumple todos los deseos del estúpido». Porque, sentenció: «estúpido no es quien no comprende algo, sino quien comprendiéndolo actúa como si no lo entendiera».

Tanto Erasmo como Jean Paul dedicaron generosas páginas a la corte de los príncipes. Lo que sería un star system o grupo de celebrities actual, pero, si uno hila más fino, a lo que le recuerda este análisis de Richter realizado en el siglo XVIII es a nuestro Facebook: «Vivir rodeado de placeres que son más brillantes que agradables, más codiciados que disfrutados, que producen más envidia en quien observa que satisfacción en quien los goza (…) vivir rodeado de personas que o bien se desprecian o se envidian mutuamente y en ambos casos lo manifiestan con cumplidos que se expresan con vanidad y con vanidad se devuelven».

La estupidez concluía que este tipo de vida solo se podía vivir sin aburrirse cuando ella había conquistado el juicio de una persona en un periodo prolongado de flaqueza: «aprovecho su falta de reflexión para hacerle soportable la irreflexión de los demás». A propósito de esto, y de nuevo en un enfoque perfectamente válido para nuestras redes sociales, el escritor del Siglo de Oro español Baltasar Gracián formuló otro acertijo budista: «En las cortes reina la ficción y para mentir se necesita inteligencia, entonces ¿por qué las cortes de la historia están pobladas con profusión por estúpidos?».

En 1866, Johann Eduard Erdmann, discípulo de Hegel y profesor de la Universidad de La Haya, pronunció una conferencia titulada Sobre la estupidez. Cuando lo anunció, el auditorio se partió de risa en su cara. Carcajadas que confirmaban su tesis: «La estupidez, escuchar estupideces, contribuye a la ilustración». Por eso entendía que es buena. Erdmann se decidió a abordar la materia tras un viaje en tren a Kyritz, una pequeña localidad cercana a Berlín. Una familia numerosa compartía vagón con él y, entre ellos, el niño más pequeño estaba muy preocupado mirando al resto de viajeros. Cuando en una parada volvió a entrar más gente, el crío estalló: «Pero ¿qué va a hacer toda esta gente en casa del abuelo de Kyritz?». Todos rieron, pero la madre le dio un besito y dijo: «Dejad en paz a mi tontito». Entonces, el chaval, orgulloso, devolvió la mirada a los viajeros satisfecho, como diciendo: «Yo tenía razón».

A partir de ahí, Erdmann estableció unos principios firmes sobre la estupidez: «Si nos imaginamos un número cada vez menor de puntos de vista, es decir, el estrechamiento progresivo de su suma, del círculo visual u horizonte, llegamos finalmente a un punto en el que el radio de las ideas coincide con su centro, en el que no es posible pensar ya en una limitación mayor, un volverse todavía más estúpido, habiendo dado, por tanto, con la forma nuclear de la estupidez. El punto central de todos los puntos de vista, el que todos ellos presuponen porque solo mediante él son suyas las ideas de un hombre, es el propio yo».

¿Cómo reconocerlo? Erdmann daba pistas en el lenguaje: «Allí donde el sensato expresa una ligera duda, este dice “esto es así”, donde aquel dice “me parece”, este dice “ya se sabe”. En vez de “algunas veces”, a este se le oye decir “siempre”, en vez de “algunos”, se oye “todos”».

Idiocracia (2006). Fotografía: 20th Century Fox.

Ya en el siglo XX, Walter B. Pitkin realizó el trabajo más extenso y exhaustivo sobre la estupidez, A Short Introduction to the History of Human Stupidity. Un manual de seiscientas páginas para poder lidiar con ella en los tiempos modernos, habida cuenta, consideraba el autor, de que la estupidez era abundante y copaba el mundo de la política y las finanzas. En 1969, el catedrático de Ciencias de la Educación de la Universidad de California, Laurence J. Peter, explicó este fenómeno con un principio que lleva su apellido: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia» o «con el tiempo, todo puesto en una jerarquía tiende a ser copado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones».

Pitkin acudió a la fisiología. «Los hombres comienzan a perder su capacidad de pensamiento fresco y constructivo mucho antes de lo que se suponía, y lo pierden por completo mucho más tarde de lo que se pensaba». Cifraba en los treinta y cinco años la edad en la que el cerebro empieza a encoger, pero antes, a los diecisiete años, uno ya va perdiendo facultades perceptivas lentamente. Si tenemos en cuenta que suele ser a partir de los cincuenta cuando la gente alcanza las posiciones sociales más elevadas, así nos luce el pelo, se lamentaba, especialmente en la política. Estos individuos «es cierto que reflexionarán sobre lo que han percibido de una manera superior, pero los resultados de la reflexión estarán limitados por lo que vieron y escucharon».

Antes de salir por patas del III Reich, el escritor austriaco Robert Musil pronunció en 1937 una conferencia inspirada en la de Erdmann y con el mismo título, Sobre la estupidez, en la Federación Austriaca del Trabajo en Viena. Marginado por una élite intelectual que despreciaba al proletariado cuando no se había convertido abiertamente en nacionalsocialista, el autor de El hombre sin atributos les explicó a los currelas que fueron a verle algo similar a lo expuesto por Pitkin, que la estupidez tiende a elevarse socialmente, porque, dicho de otro modo, es, ante todo, sexy: «La escasa sensibilidad artística de un pueblo no se revela solamente cuando las cosas salen mal y de forma violenta, sino también cuando salen bien y de todas las formas, por lo que existe solamente una diferencia gradual entre prohibiciones y opresiones, por un lado, y laureadas ad honorem, destinadas a ocupar las cátedras universitarias y a figurar en las distribuciones de premios, por otro».

Pero recomendaba, si no la estupidez para los humildes, sí al menos saber fingirla. Para el débil es más prudente no pasar por sabio, la sabiduría puede amenazar la vida de los más fuertes, advirtió.

Aceptaba que existía una estupidez honesta, la cual, paradójicamente, era señal de inteligencia, basada en «una debilidad de la razón». Pero le preocupaba mucho más otra, más mezquina, la que en su tiempo empezaba a emplear con demasiada frecuencia el pronombre «nosotros» —denunció—, que se debía a «una razón que es un poco débil con respecto a otra cosa». Un desliz mucho más peligroso.

Después de la II Guerra Mundial, volvió a ser un austrohúngaro —en aquel momento solo húngaro—, István Ráth Végh, quien abordase el asunto con un tratado: Historia de la estupidez humana. También advertía el autor que la estupidez había sido muy poco estudiada; «¿Acaso es por los efectos repelentes de lo infinito?», se preguntaba.

Curiosamente, tras su fallecimiento en 1959, un vecino suyo de Budapest, Paul Tabori, se interesó inmediatamente por el tema y publicó otra Historia de la estupidez humana donde si algo demostraba era no ser nada tonto, ya que su libro era un plagio completo de la obra de Ráth Végh que ha llegado hasta nuestros días en sucesivas reediciones. En su copia, Tabori añadía un primer capítulo, La ciencia natural de la estupidez, donde demostraba un gran dominio de la materia. Proclamó: «Sea cual fuere el centro de la actividad individual, el hombre aspira a destacarse sobre del resto (…) al mismo tiempo, teme que su intención sea evidente o demasiado evidente». Ya saben por qué: si se notase, parecería estúpido.

La investigación de Ráth Végh tenía un valor meramente histórico. Daba comienzo con los españoles en el Nuevo Mundo y su obsesión por encontrar El Dorado. Llegaron hasta California y registraron cada aldea, cada tienda y cada choza de los indios, pero no encontraron oro. Se sintieron fracasados. No se habían dado cuenta de que lo tenían bajo los pies. En 1849, James Wilson Marshall descubrió que el oro bajaba por los ríos cuando instalaba el molino de un aserradero. Ahí comenzó la fiebre del oro, tres siglos después de que los españoles lo pusieran todo manga por hombro buscándolo sin éxito en escondites cuando lo tenían antes sus narices.

Peor deja a los vecinos franceses. Cuando por fin María Antonieta quedó embarazada, cuenta, las damas de la corte se colocaron cojines en el vientre debajo del vestido para «armonizar con el bendito estado de su majestad». Cuando el bebé tuvo su primera y feliz deposición, fue aplaudido y pocos días después los tintoreros y tejedores de París pusieron de moda el color «caca-Dauphin». Un tono entre el beige, el dorado y el verde, sí, muy parecido al color de la mierda, lo que se quería homenajear. Más adelante, cuando el rey Luis XIV tuvo una fístula y fue operado de ella, quienes tenían la misma dolencia se sintieron afortunados. Pero los que tenían sano el recto, acudían secretamente a los cirujanos para que, pagándoles una suma de dinero, les operaran también el ano, aunque no tuvieran nada. Cuando Dionís, uno de los médicos más conocidos, se negó a intervenir a un noble con un culo perfecto, su paciente exigió ser atendido, porque la operación podría ser dañina para él pero nunca para el galeno.

Sobre los alemanes, destaca su jurisprudencia. En 1519, detalla un proceso judicial acontecido en la localidad tirolesa de Stelvio, que ahora pertenece a Italia, donde un magistrado inició una causa contra los ratones de campo que destruían las cosechas. Hubo abogado defensor, fiscal y testigos. En la sentencia se obligaba a los roedores a abandonar el pueblo. No sé si la acataron. También aparece la condena a muerte de una yegua en 1692. En 1499 se metió en la cárcel a un toro. En 1386, un cerdo fue ejecutado en el patíbulo, al que fue conducido en trineo. En Rusia se envió a Siberia a un carnero y, en un proceso contra un perro en Baja Austria por morder a un alcalde, se sabe que el can fue condenado a un año y medio de cárcel.

En 1691, la Sociedad Alemana de Medicina e Historia Natural publicó un boletín para tratar con el diablo. Entre otras recomendaciones, aconsejaba disparar con el mosquete contra hombres sospechosos de estar poseídos por Satanás introduciéndose previamente las balas en el culo. Si fuese a ser abatido con arco, bastaba con hundir la punta de la flecha en estiércol. En cuanto a medicina, un galeno de Münster, en Westfalia, Heinrich Cohausen, dijo descubrir que el aliento de los jóvenes, administrado en dosis frecuentes, alargaba la vida hasta los ciento quince años. El método de Hermippus se llamó. Y tuvo especial éxito en Londres, donde se sabe que un caballero alquiló un aula de un colegio de señoritas con el fin de inhalar en largas sesiones el aliento de las niñas.

Más recientemente, en Allegro ma non troppo, de 1988, el economista italiano Carlo Maria Cipolla se atrevió a formular unas leyes fundamentales de la estupidez. En resumen, decía así: siempre se subestima el número de estúpidos que circulan por el mundo. Personas racionales se revelan de repente como estúpidos de forma inesperada. La posibilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Un estúpido causa daño sin obtener beneficio o incluso perjudicándose. Y, por último: el estúpido es más peligroso que el malvado.

En El que no lea este libro es un imbécil, de Oliviero Ponte di Pino, de 2000, se cita un estudio de la Universidad de Turín que relaciona la estupidez con el progreso humano: «el comportamiento estúpido no es típico de un hombre, sino que probablemente es evolutivo, en la medida en que concierta el cerebro del individuo con lo que hace, garantizando su supervivencia cultural y por consiguiente física». Por ese camino ya había ido antes el escritor francés Nicolas Chamfort, que se asombró de que «a medida que hace esfuerzos la filosofía, la tontería redobla sus esfuerzos para establecer el imperio de los prejuicios».

No es extraño, por tanto, que cuando Dostoyevski quiso abordar la creación de un personaje que fuese absolutamente bueno y positivo se encontrara solo con dos antecedentes. Cristo, que le pareció que era «un milagro», y Don Quijote, que servía «para reírse de él». De modo que, cuando quiso llevar esa personalidad a un contexto puramente realista, no le quedó más remedio que titular su obra El idiota.

No obstante, concluiremos con la apreciación del aforista austriaco Karl Klaus, que dio a los periodistas un truco infalible para triunfar: «volverse tan estúpido como sus lectores, para que estos se crean tan inteligentes como él».