Jesús Gascón Bernal

La imagen mostraba el rostro de una mujer hermosa, de pelo moreno y grandes y cálidos ojos oscuros, que estaba plácidamente sentada junto a la ventana. Afuera, entre tonos amarillos y violetas, las cúpulas de la mezquita, de gruesos trazos espatulados, producían un efecto de subrealidad frente al apacible ambiente interior. En el extremo inferior derecho de la pintura se podía leer: Autorretrato. Julia en el barrio árabe.

Aquella mañana viendo el cuadro colgado de la pared, junto a las escaleras, algo le había hecho pensar en Julia; y eso que lo veía casi todos los días cuando bajaba o subía al dormitorio situado en la planta alta de la casa. Como solía sucederle con muchos de los objetos que formaban parte del entorno doméstico, el cuadro había creado su propio espacio cotidiano entre los muebles, y la costumbre hacía que lo mirase sin verlo. Sin embargo, aquel día, algo le recordó a su autora, la antigua amiga a la que hacía veinte años que no veía.

Julia era pintora. Cuando la conoció, hace ya tanto tiempo, su novio de aquel entonces, Alberto, era un joven investigador post-doc de una universidad de Madrid que realizaba una estancia en la Universidad Hebrea, y ella le acompañó durante todo aquel año. Julia acababa de terminar Bellas Artes y su pasión era pintar, así que mientras Alberto se pasaba el día en el laboratorio, ella deambulaba con sus cuadernos y pinceles, dedicada a hacer apuntes, o bien se quedaba en el piso que habían alquilado donde había montado un pequeño taller-estudio, en el que impartía clases de dibujo para niños.

Rafa había ido un par de meses a visitar a su pareja, María, hoy su mujer, la cual, a su vez, por aquellas fechas, estaba realizando allí su tesis con una beca de otra universidad. Los cuatro habían coincidido aquel verano en aquella ciudad compleja e intensa que era Jerusalén, un laberinto de callejuelas por las que a veces les gustaba perderse, aun sabiendo el peligro que corrían por los constantes disturbios que provocaba la violencia religiosa; pero fue una experiencia que recordaron siempre.

Los cuatro eran jóvenes. Julia y él eran los que, como acompañantes, estaban realmente de vacaciones. Mientras sus respectivas parejas trabajaban, ellos a veces quedaban para ir a algún museo, o simplemente para callejear por el zoco o pasear. Solían coger el 99 en Jaffa, el autobús circular que los llevaba hasta Ben Yehuda; en el trayecto a veces jugaban; Julia hacía un dibujo de algún pasajero desde su asiento, y él escribía alguna historia inventada que le sugiriese su aspecto; luego recortaban el texto y hacía una composición con el retrato que había hecho ella. Cuando por la tarde sus parejas salían de la universidad quedaban los cuatro y se iban a tomar alguna cerveza o a cenar a un pequeño restaurante armenio en el que conocían al dueño; allí, Julia y Rafa, les mostraban su labor creativa mientras se tomaban un lahmacun. Los fines de semana alquilaban un coche y se iban hasta el mar Rojo a bañarse.

Al regreso de Jerusalén, se fue perdiendo el contacto entre ambas parejas. Julia y Alberto se casaron, y se fueron a vivir unos años a Canadá, donde él había conseguido un trabajo de profesor. María y Rafa acabaron viviendo a las afueras de Madrid, y aunque al principio se escribían o se llamaban, la distancia y el tiempo los fue separando. En la despedida de aquel verano, Julia le había regalado a Rafa un cuadro, que ahora tantos años después, colgado en un lateral de la escalera, parecía reabrir todos aquellos recuerdos.  De repente tuvo la necesidad de volver a saber de ellos, sobre todo de Julia, y ¡que mejor que Google para averiguar el paradero de alguien del que ya no sabes nada!

En la red, buscando por los apellidos, solo había encontrado un blog de sus hijas. Tenían dos hijas, igual que ellos dos hijos, ¡casualidad!… Dos chicas guapísimas de 16 y 18 años, que hacían sus pinitos en el mundo de la moda en Euskadi donde, al parecer, vivían ahora. Entre las muchas fotografías comentadas de la página, una sobre su madre pintando; pero el texto que acompañaba a la foto parecía hacer referencia a su recuerdo, lo que le hizo comprender que había muerto hacía poco tiempo.

Sintió de repente una tristeza profunda. Pese a no conocerlas Rafa les mandó, al blog, un mensaje de condolencia y de afecto. Cuando salió de la página, vio otras entradas en la red con el nombre de su amiga, una exposición aquí y allá, unas clases particulares de pintura que ella daba en Plentzia, y entendió de repente que seguía viva; comprendió que todo había sido un error en la interpretación de la lectura del blog. Quizá un homenaje a su madre, pero no por el hecho de haber muerto sino por alguna otra causa desconocida.

–¿Se puede ser más gilipollas? –se dijo Rafa– ¿qué cara pondrán las hijas, cuando un desconocido, probablemente un perturbado, les da el pésame por su madre, que a lo mejor está en la habitación de al lado?

–¿Qué haces en estos casos? ¿Tratas luego de ponerte en contacto con una persona a la que no ves desde hace dos décadas y le dices que te alegras de que esté bien de salud?: “Querida Julia: después de tanto tiempo, creía que habías muerto, pero…” ¡Dios, que papelón!

–Quizá todo esto es debido a que es domingo de Resurrección –le dijo María a Rafa cuando este le contó, entre risas de alivio, lo que le había sucedido.

A veces las historias se entrecruzan y no terminan nunca. Al cabo de dos o tres días se enteraron de que efectivamente Julia había fallecido hacía dos semanas. Las noticias que Rafa había visto sobre ella en la web eran anteriores y no estaban actualizadas; y lo que resultó ser cierto fue esa primera impresión tras la lectura del blog.

¿Fue un presentimiento pensar de repente en ella? Ahora solo sentía tristeza por no haberla buscado antes, por no haber hablado con ella durante todos estos años.

Rafa volvió a escribir en el blog, sin necesidad de disculparse:

“Al morir, la energía de ciertas personas creativas flota en el espacio como partículas silenciosas que brillan intermitentes iluminando estos momentos de transición, y se introducen sin querer en nuestros pensamientos, incluso en el momento de bajar unas escaleras y ver un cuadro.”