JESÚS GASCÓN BERNAL

Tras las tapias lejanas, el mantra de los monjes llenaba el silencio confundiéndose con el croar de las ranas del estanque.

— ¿Has tomado ya una decisión?

Habían estado hablando de cosas triviales, como queriendo estirar el tiempo, pero había ya llegado el momento de enfrentarse a la verdad

—No lo sé; todavía no lo sé. Lo siento Ryuichi

—Pero Akira, llevas toda una semana para decidirte. ¡Necesito saberlo!

—La verdad es que siempre había tenido claro lo nuestro, hasta ahora me ha parecido que tu y yo formábamos un equipo, que éramos las palabras de un mismo verso. Pero últimamente, no sé, siempre aparece ella por el medio; más de lo que es normal.

—¿Naomi?  —quiso reírse, pero solo le salió una mueca —¡pero si solo es una amiga! ¿Estás celosa de Naomi?

—Si, una amiga que siempre viene cuando estás tú. ¡No lo sé!

—Pero esto no es un examen. Akira, yo te quiero. Sabes que solo te quiero a ti.

La abrazó. Ella no se lo esperaba; sintió que Ryuichi lloraba. La humedad de una lágrima se deslizó por su cuello abriéndose paso por su piel como un barco rompehielos, liberando el agua bajo la superficie. ¿Pero qué estaba haciendo? Lo quería más que a nada. Acercó su boca a la de él y se besaron. La decisión estaba tomada.

—Además, ¿sabes que Naomi es lesbiana? a lo mejor le gustas tú  —le dijo Ryuichi riendo cuando se despidieron.

Cuando llegó a su casa su madre le había recalentado la cena. Estaba eufórica. ¿Cómo no habían dado ese paso antes?

Se sentó al ordenador. Llevaba una semana sin ideas para proseguir su relato, sin embargo en este momento la cabeza le ardía.  Releyó lo escrito y se puso a escribir. Lo primero que pensó es que tal vez sus dudas con Ryuichi se habían trasladado a su obra y a sus personajes. Pero ahora había vuelto la inspiración

 

Paseando por la orilla del río, atravesaron el Puente de los Ciruelos de Nyoko. Caminaban juntos, pero entre ellos una línea invisible en el suelo separaba dos hemisferios diferentes. Ninguno de los dos había disfrutado en la fiesta. Los árboles entre las farolas producían una crispante intermitencia de luz amarilla reflejada en el agua. Todo presagiaba el dolor de un final anunciado. En su interior Natsumi lo esperaba, pero no se atrevía ni a pensarlo; vivir sin él le parecía imposible. Llegaron a la parte más elevada, en medio del puente

—Es mejor que lo dejemos  —dijo Takeshi.

Las palabras, aunque esperadas, cortaron la noche como una motosierra el tronco de un árbol. Una frase tan corta abrió un abismo a los pies de Natsumi y se cayó en él.

Cuando se separaron, Natsumi se sentó en el pretil del puente. Abajo, turbulenta y oscura, el agua era de una profunda belleza; los pensamientos le daban vueltas, más que por el alcohol de la fiesta, por las palabras que todavía bailaban en sus oídos. Se imaginó que era Ofelia mecida por la corriente; Ofelia con un piercing en el labio y tejanos, en vez de un vestido blanco recubierto de flores ondulantes por el agua. Ya no tenía sentido la vida. Cerró los ojos y se abandonó al vacío

Un brazo poderoso la sujetó y la tumbó sobre la acera. ¿Había vuelto Takeshi a por ella? Sin embargo el brazo que le había salvado la vida era el de una mujer joven; incluso parecía frágil para haberla podido coger ya casi en el aire; se recostó con Natsumi sobre el pavimento. La noche parecía protegerlas en su penumbra, mientras Natsumi lloraba con espasmos incontrolados.

El tiempo se detuvo sobre el regazo de la mujer. Era morena y tenía el pelo recogido por detrás con un pasador de madera. Era muy bella; le pareció un ángel. Ella no le preguntó nada, solo le hablaba despacio y Natsumi lo agradeció. Sin saber porqué, el poder llorar libremente en presencia de aquella extraña la iba calmado. Se sentía renacer después de sobrevivir a un incendio

—Me llamo Kinuko. Algunos días me gusta pasear por este puente cuando se acaba el día. Todo tiene una historia detrás. Hace ya muchos años, yo también estuve sentada en esa misma barandilla de piedra, como tú. Se acababan de morir mis padres; era una niña y estaba sola; quería acabar con todo. Un hombre me salvó; se acerco hasta donde yo estaba adivinando mis intenciones. No me dijo nada, solo me dio la mano, y él y su mujer me acogieron en su casa como si fuese su propia hija, una casa donde todavía vivo. Llevo mucho tiempo esperando este momento; poder devolver una vida es como dar a los demás lo que a mí también me fue regalado de nuevo. En realidad tú también me has salvado.

Para Natsumi aquellas palabras fueron un bálsamo. Le pareció que lo que le decía Kinuko, incluso el tono empleado para decirlo, era perfecto, tal vez porque Kinuko llevaba muchos años preparándose para hablarle así a alguien. ¡Empezar de nuevo sin Takeshi!. ¡Claro que sí! Escuchándola se sentía capaz de todo”

 

Akira, apagó el ordenador; ella también sentía que mañana iba a comenzar una nueva vida. ¿Cómo se lo tomarían sus padres cuando les dijera que se iba a vivir con él? ¿Lo acabarían entendiendo?, seguro que sí, siempre la habían apoyado. Además el haber conseguido una beca en la universidad le daba una cierta independencia económica.

 

El señor Okamuro ha dejado sus gafas sobre la mesa e interrumpe su escritura en el patio de su casa que ante sus amigos llama, en tono irónico, el Jardín de la Caligrafía. Su hija le ha traído una taza de té. Contempla su juventud y su belleza desperdiciada en aquel lugar. Él siempre la anima a salir, pero ella parece recrearse cuidando el espectacular jardín que va diseñando cada día, como si le fuese la vida en esa labor.

Okamuro es ya un escritor y ensayista consagrado. El sabe que su hija lee de vez en cuando sus escritos, incluso, aunque a veces le falla la memoria, podría asegurar que interviene activamente en ellos. Ella le inspira. Le gusta el giro que ha tomado la historia de Akira y Ryuichi. Okamuro vive apasionadamente la creación de los personajes y sus historias, en cambio con su hija no sabe que hacer, no sabe que decirle para sacarla del jardín y de ese estado de dulce melancolía en el que parece vivir; ¿sufre quizá todavía por la muerte de su segunda madre?.

Pero desde ayer le ve otra cara; está más alegre. Cree que algo ha cambiado en ella.

Al lado del bosque de bambú Kinuko ha vuelto a realinear las piedras emergentes y  traza nuevos símbolos sobre la arena del jardín que delimita el estanque. Su brazo tiene la seguridad de la que se sabe guardiana de la escritura. La gran creadora mueve de nuevo el destino entrecruzado de sus personajes.

Entre las flores moradas de los jacintos de agua, las ranas espían los movimientos de Kinuko. Temen desaparecer.