La cultura que se programa en Ávila, es decir, la que pagamos y a la que asistimos en actividades y eventos, (no voy a referirme en este artículo a toda la cultura que se genera para su vivencia, su disfrute, o que se crea por el tejido social abulense) es un tema muy agradecido de tertulia, conversación recurrente en determinados círculos y cenáculos, oyéndose respuestas de todo tipo. Los análisis se podrían abordar desde diferentes puntos de vista; el caso más frecuente es compararnos con otras provincias de nuestra misma “complexión”. Este enfoque sería erróneo, pues no evidenciaría nuestros tópicos interiorizados ni nuestras limitaciones normalizadas . Trataré a continuación de aproximarme desde una perspectiva general, que considero constructiva para avanzar hacia la idea de una programación cultural que necesita Ávila, que facilitaría, creo, superar algunos lastres y trabas invisibles.

Es preciso reconocer que la cultura en nuestra ciudad ha ido mejorando gradualmente en los últimos años, sobre todo en cuanto al número de actividades se refiere, pero si pretendemos realizar una evaluación ajustada, hay que decir que partíamos de una situación muy deficitaria en cuanto a la cantidad, y muy mediocre en cuanto a la calidad; por tanto, considerando estas condiciones, era relativamente fácil mejorar el escenario cultural tan gris en el que hemos vivido mucho tiempo.

Ávila ha padecido durante décadas la ausencia de una política cultural innovadora y estimulante, que estuviera pensada y articulada en torno a objetivos de calidad, de distribución social, de una concepción democrática de la cultura y de apertura a los nuevos lenguajes y claves culturales, y, además, coparticipada por los sujetos que tenían algo que decir en torno a la cultura. Por supuesto, esta concepción hubiera debido plasmarse en un proyecto cultural de la ciudad y para la ciudad, a medio y largo plazo, dotándole de suficientes recursos (que no es lo mismo que una programación anual y su dotación económica). Estamos hablando de una conveniente concepción de la cultura que sea abierta, de calidad, diversa (en su más amplio sentido) y crítica.

Creo que la situación que hemos vivido en décadas ha sido responsabilidad de todos, de Instituciones, de entidades económicas y financieras, y de la ciudadanía a través de las diferentes organizaciones sociales, políticas y culturales; pero lógicamente las Instituciones, fundamentalmente el Ayuntamiento y la Junta, y las entidades financieras que han desarrollado sus propios programas, son las que tienen la obligación social de asumir la mayor parte de la carga que hemos sufrido y que seguimos sufriendo, por lo menos en cuanto a calidad y diversidad se refiere. Estas dos características las desarrollaré detenidamente más adelante.

Algunos de los problemas que arrastra la cultura, en su sentido más amplio, están muy arraigados en nuestra ciudad, pero lo que creo que es peor es que están normalizados, y por esta razón son más difíciles de detectar y abordar. En Ávila, como siempre se ha hecho así, como no solemos tener elementos de comparación, parece que “es lo normal”. Estas deficiencias a las que me refiero son las siguientes:

  • Institucionalismo. Se ha ido configurando con los años una relación de condicionamiento de la creación y la participación en el mundillo cultural, por la dependencia de espacios y recursos que aportan las Administraciones, lo que implica una cierta autolimitación de los actores culturales, muchas veces inconsciente (como ocurre en otros ámbitos, por ejemplo, en el periodismo). Efectivamente, una cosa es estimular y apoyar la cultura y otra cosa es apropiarse o controlar la actividad cultural a través de la concesión de espacios, por ejemplo. Puede ser lógico que el Ayuntamiento quiera dirigir y gestionar las actividades y espectáculos culturales que tiene previstos en su programación para un periodo concreto, lo que resulta más discutible es que imponga como condición el estar presente como sujeto fundamental en aquellas actividades en las que cede espacios o aporta recursos, aún sin haberlos ideado o programado. Por otra parte, relacionado con este punto, creo sinceramente que en los últimos años no hay pesebrismo. Sí lo hubo en épocas pasadas por parte de grupos y creadores individuales, pero pienso que en este momento no se percibe.
  • Desarrollo general sin concepto ni perspectiva. Obviamente, sí que hay programaciones temporales y previsión de actividades y eventos, porque es una necesidad funcional, pero no hay un proyecto cultural para la ciudad entendido como la plasmación en el corto, medio y largo plazo de una concepción de cultura y una estrategia. Y si no hay proyecto cultural que supere la actual concepción mistificada, la cultura se organiza en torno a tópicos, celebraciones y convencionalismos. Los que cada curso político y cada temporada vayan surgiendo.
  • Excesiva dependencia del turismo. Me refiero en este apartado a dos cuestiones: en primer lugar, al peso excesivo que tiene, en la programación cultural de nuestra ciudad, el factor turístico, pudiéndose comprobar en la aplicación económica que se llevan los eventos culturales relacionados con la atracción turística, que lógicamente va en detrimento de la aportación económica que se destina al impulso de actividades culturales que no están directamente relacionadas con el turismo. No quiero decir con esto que no haya que buscar espacios comunes entre el desarrollo cultural y el turístico, y que éste último sea central en el progreso económico de nuestra querida pero agonizante ciudad, lo que trato de explicar es que la dotación de recursos para impulsar la cultura libre, abierta y comprometida con los valores humanos es, comparativamente, escasa, y que no es posible desarrollar un proyecto cultural de calidad sin un presupuesto suficiente. No se puede impulsar la cultura del siglo XXI con un importante número de actividades con un coste casi 0 (los gastos de mantenimiento del espacio donde se desarrolla la actividad). En segundo lugar, me refiero a que la fuerte vinculación con el turismo acaba desembocando en un cierto mercantilismo que favorece la desnaturalización de las cualidades propias de la cultura.
  • Dominio del localismo/tradicionalismo en la selección y organización de eventos. Lo primero que quiero aclarar es que una cosa es considerar la tradición, sobre todo desde el punto de vista del conveniente respeto a la memoria, y otra cosa es buscar y anclarse en un cierto inmovilismo cultural (el tradicionalismo como actitud y mentalidad, normalmente localista y cateto) que reacciona negativamente o a la defensiva ante los nuevos conocimientos y los valores consagrados en la Modernidad, sobre todo los valores asociados a la libertad de expresión y a la aceptación de la diversidad en su más amplio sentido. Pues bien, ciñéndonos en este caso a los grandes eventos, las temáticas tradicionalistas (a veces disfrazadas de artificios espectaculares o vehiculadas con formatos impactantes, pero cuyas temáticas no dejan de ser convencionales) se han llevado un buen pellizco del presupuesto (escaso) dedicado a la promoción de la cultura. En una sociedad abierta, en un mundo globalizado, en cada ciudad y en cada aldea, un número suficiente de las prácticas y los eventos culturales deberían estar teñidos de cualidades universales, híbridas, interculturales. En Ávila podemos observar algunas de estas actividades coyunturalmente, pero considerándolas en conjunto escasean.

Sin embargo, gracias a iniciativas espontáneas, en los últimos años está emergiendo un tejido social dinámico, con propuestas propias que resultan ser muy estimulantes. Editores de libros independientes, diversos clubs de lectura, asociaciones de debate y reflexión socio-política, ateneo cultural, asociaciones culturales como Ávila Abierta, … Como alguien habrá pensado ya, estas manifestaciones o formas de expresión de la cultura han existido siempre en Ávila, pero en general han sido efímeras y su proyección social y cultural ha sido escasa; análisis con el que estoy de acuerdo, pero, en estos ejemplos que he descrito anteriormente, creo que hay una voluntad distinta, pienso que hay una conciencia de explorar una concepción de cultura diferente, y ganas de aportar, desde la misma base social, inquietudes y sensibilidades nuevas; formas culturales de comprender y expresar el mundo y sus conflictos desde miradas abiertas. En fin, espero que esta intuición sea realidad y no un mero deseo, y acabe consolidándose.

José Antonio Navarro Barba