¿Cómo puede funcionar un mundo que ignora a la mitad de su población? Esto es, a grandes rasgos, lo que se pregunta la economista Linda Scott en La economía Doble X, un término acuñado para designar el fenómeno por el que el sistema económico ignora a las mujeres, pero también los enormes beneficios a los que se renuncia por esta misma lógica machista. En este ensayo que Temas de Hoy publica el 24 de febrero, Scott señala algunos de los motivos por los que no se ha puesto coto a esta desigualdad, pero también invita a imaginar lo que podría conseguirse si se prestara atención al valor económico de la autonomía y el trabajo de las mujeres.

Extracto del primer capítulo del libro de Linda Scott ‘La economía Doble X’, InfoLibre, 21/02/2021

https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2021/02/20/economia_doble_linda_scott_116991_1026.html

Mientras el coche recorría las oscuras calles de Acra, el corazón me latía con fuerza. El conductor me iba explicando las escenas que dejábamos atrás a nuestro paso, con la voz repleta de rabia y pena.

Cientos de niñas adolescentes y sin hogar se movían como sombras en la noche. Algunas estaban medio desnudas, bañándose en cubos porque no tenían un espacio privado al que ir. Otras dormían apiñadas. «Huyen de los pueblos —me contó el conductor—. Sus padres quieren venderlas a hombres desconocidos y convertirlas en mujeres casadas que tendrán que trabajar como animales durante el día y someterse sexualmente por las noches. Huyen a la ciudad, convencidas de que así pueden escapar».

Muchas tenían barrigas de embarazada o llevaban a bebés en brazos. El conductor me contó que la violación formaba parte de la vida diaria en los pueblos, aunque esas calles no eran más seguras. «Tenemos aquí a una generación que se está criando en la calle desde que nació. Nunca conocerán una vida en familia o en comunidad. ¿Cómo van a aprender a distinguir el bien del mal? ¿Qué pasará con Ghana cuando esta chiquillería crezca y se haga adulta?», comentó angustiado.

Muchas de las niñas trabajaban en los mercados, cargando con cestas de compras ajenas que llevaban en equilibrio sobre la cabeza, pero algunas caían en la prostitución. Algunas otras quedaban atrapadas en una pesadilla de dimensiones ancestrales: el comercio de esclavos que sigue emanando de África occidental y que nutre los gigantescos círculos del crimen en todo el mundo.

En el vestíbulo del hotel, me sentí como si hubiese regresado de otra dimensión. Llevo bastante tiempo haciendo trabajo de campo entre los pobres del mundo, pero nunca me he encontrado nada más perturbador que lo que vi durante mi primera noche en Ghana.

Había llegado aquella misma tarde para iniciar un proyecto prometedor: mi equipo de Oxford iba a poner a prueba una intervención orientada a ayudar a las niñas de entornos rurales a que no abandonasen los estudios. Se trataba de algo sencillo, suministrar compresas higiénicas gratis, pero sin duda merecía la pena intentarlo. Ya estaba demostrado que conseguir que las niñas acabasen los estudios de secundaria suponía un potente estímulo económico para las naciones pobres. Las mujeres con formación incrementan la calidad de la mano de obra, además de su volumen, y eso estimula el crecimiento. Pero a la vez las niñas que completan su educación tardan más en tener a su primer hijo, por lo que tienen menos descendencia, y eso ralentiza la abrumadora tasa de aumento poblacional. Asimismo, las mujeres con formación crían a sus hijos e hijas de manera distinta: insisten en que acaben los estudios, coman bien y reciban la debida atención sanitaria. Esas madres actúan como un freno para el pernicioso ciclo de pobreza en el que está atrapada África.

Sin embargo, aquella noche conocí a alguien que me enseñó lo que ocurría cuando las mismas fuerzas que sacaban a las niñas de la escuela las hacían huir. Esas niñas, en su fuga desesperada, daban lugar a una espiral descendente que irradiaba peligro y sufrimiento para futuras generaciones en el conjunto de la región. Yo sabía muy bien que esa fuerza destructiva se desplegaba por todo el mundo y llevaba violencia e inestabilidad a otros países, porque la trata de personas es una de las actividades más rentables del crimen internacional. La experiencia que viví aquella noche cambió para siempre mi manera de reflexionar sobre mi trabajo. Además, me generó una sensación de urgencia que ya nunca ha desaparecido.

La improbable certeza de que la igualdad de trato económico para las mujeres pondría fin a algunos de los males más costosos que existen, y generaría al mismo tiempo prosperidad para todo el mundo, ocupa el núcleo del argumento de este libro. En las siguientes páginas, contaré más historias como esta sacada de las sombras de Acra. Recurriré a experiencias personales que abarcan desde los pueblos de África hasta los barrios pobres de Asia, pasando por las salas de juntas de Londres y las universidades de Estados Unidos. En el camino, demostraré cómo en todos y cada uno de esos sitios se repite el mismo esquema de exclusión económica, y siempre con un impacto negativo.

Desde 2005, un flujo de datos sin precedentes está desvelando esa misma realidad: en todas las naciones, la población femenina aparece marcada por un patrón característico de desigualdad económica, y en todas se repiten los mismos mecanismos que mantienen en su sitio los obstáculos existentes. Por todas partes, las barreras a la inclusión económica de las mujeres van más allá del trabajo y del salario para englobar también la propiedad privada, el capital, el crédito y los mercados. Dichos impedimentos económicos, combinados con las restricciones culturales que suelen imponerse a las mujeres (limitación de movimientos, vulnerabilidad reproductiva y la sempiterna amenaza de la violencia), conforman una economía en la sombra que es única de las mujeres: yo la llamo «economía Doble X».

Si la comunidad mundial optase por disipar los obstáculos económicos a los que se enfrentan las mujeres, entraríamos en una era sin precedentes de paz y prosperidad. Durante la pasada década, se inició un pequeño movimiento impulsado por la intención de hacer eso mismo: eliminar las barreras. Pese a que aún es poco numeroso, dicho movimiento de empoderamiento económico de las mujeres tiene ya alcance mundial y cuenta entre sus socios con una creciente marea engrosada por las instituciones más poderosas del mundo: gobiernos nacionales, agencias internacionales, grandes fundaciones, organizaciones benéficas mundiales, organizaciones religiosas y corporaciones multinacionales.

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Con frecuencia, lo que observo me deja consternada. Los ministros nacionales de economía que gestionan el sistema económico mundial subestiman a quienes intermedian por las mujeres dándoles el mismo trato que a un «club de esposas». El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y el G20 celebran a veces una «semana de la mujer» o crean algún «grupo de afinidad», e incluso introducen frases sobre mujeres en sus comunicados, pero se niegan a dar cabida en sus planes a las necesidades propias de la mitad de su ciudadanía. Se cierran a entender cómo la exclusión de las mujeres daña sus economías o cómo su inclusión en los presupuestos nacionales podría generar el crecimiento que con tanta desesperación buscan. Marginan la economía Doble X basándose únicamente en prejuicios.

Por eso os necesitamos. Con este libro, confío en reclutar muchas voces, manos y mentes para la causa de la inclusión económica de las mujeres. Lo que propongo es una acción concreta, razonable y eficaz. Os pido que os unáis a este movimiento independientemente de vuestra identidad sexual y de género, raza u origen. Me dirijo a todo el mundo, da igual que trabajéis en una fábrica, una oficina, una granja, en casa o por internet. En este libro, cuando digo «deberíamos hacer tal cosa» o «podemos inferir tal otra», nos incluyo a todas y a todos.

¿Por qué nos estamos enterando ahora de la existencia de esta economía en la sombra? Ha habido dos obstáculos: la ausencia de datos y la estrechez de miras en lo relativo a nuestros sistemas de intercambio. La medición económica se centra en el intercambio de dinero, pero gran parte de la contribución económica de las mujeres —como la producción doméstica o el trabajo agrícola— no recibe ninguna remuneración. Por otro lado, casi no existe registro de datos que cuantifique la aportación en el ámbito doméstico, en el que las ganancias de las mujeres se atribuyen normalmente a un hombre cabeza de familia. Esos dos motivos bastan para que nuestros sistemas, la mayoría de las veces, no detecten la actividad económica de las mujeres.

Para empeorar las cosas, por lo general, las instituciones —desde universidades hasta gobiernos— no han recopilado ni analizado datos por género. Cuando surgió el movimiento de mujeres en la década de 1970, en el ámbito académico había muy pocas féminas; en consecuencia, ninguna disciplina se había parado a pensar mucho en ellas. Durante los últimos cincuenta años, en paralelo al aumento de mujeres académicas, tanto en número como en prominencia, se han ido sucediendo las disciplinas (historia, antropología, psicología, sociobiología, arqueología, medicina y ciencias biológicas, por mencionar algunas) que han quedado transformadas gracias al planteamiento de una pregunta bien sencilla: «¿Qué pasa con las mujeres?». No obstante, unos pocos ámbitos siguen aún sin recibir esta ola de cambio intelectual y la economía es uno de ellos. Entretanto, la ausencia de datos coherentes de género ha hecho imposible comparar sistemáticamente el bienestar de las mujeres en un sitio frente a otro, o incluso en un momento temporal frente a otro.

En cualquier caso, el mayor de los obstáculos ha sido el profundo menosprecio que albergan los economistas hacia las mujeres y que les ha impedido abordar esta cuestión. Quienes manejan los engranajes de las economías nacionales se ocupan de la formación en los programas de doctorado de los departamentos de economía de las universidades, donde enseñan a pensar en la economía como en una máquina desinteresada que opera muy por encima del terreno en el que se dan problemas como la exclusión de género. Es también en las universidades donde los economistas aprenden a menospreciar y a desestimar a las mujeres como colectivo.

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