26 Febrero 2020 en The Conversatio ES. Autor: Antonio Fernández Vicente, profesor de teoría de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha

Éste no es un artículo sobre sexo. Pero la erótica nos sirve para relacionar lo que en principio no guardaría semejanza alguna. ¿En qué se podrían parecer un partido de fútbol, el mundo de la política y una rave?

El sociólogo Michel Maffesoli lo ha puesto de relieve. El modo de vivir en nuestros días se caracteriza por lo que se podría llamar la erótica social: “Fanatismos religiosos, histerias deportivas, éxtasis musicales, extravagancias políticas, absolutamente todo está contaminado por la pasión”.

El gobierno de las emociones

Existe algo común en nuestra época: la generalización de los afectos, los sentimientos y las pasiones como eje central de nuestra vida en común. Todo parece responder a sensaciones de tristeza, alegría, miedo, asco, sorpresa o ira.

¿Pero es posible gobernar nuestras emociones? ¿Someterlas a la razón, al intelecto? ¿Es deseable? Es lo que plantea la filósofa Victoria Camps.

No vivimos en un mundo de razones. Es el lado afectivo, pasional y visceral el que predomina. Somos más irracionales que racionales.

Sin embargo, hay una resistencia a admitir esta realidad. Lo vemos a diario en estadísticas, cálculos económicos y demás cuantificaciones. Es uno de los prejuicios intelectualistas.

Pero el mundo no es como debería ser, sino como es. La política también es espectáculo y se dirige desde lo irracional, como la economía. El grupo cómico Monty Python lo satirizó en La Vida de Brian.

Francisco de Goya. El sueño de la razón produce monstruos. Museo del Prado

¿Qué ocurre con esos momentos de la historia en que la racionalidad extrema ha conducido a desastres genocidas? La cultura y la razón también pueden generar sus monstruos, como nos enseñaron Goya y el filósofo Walter Benjamin.

Los followers, creyentes de la nueva religiosidad pagana

Nos sentimos atraídos hacia los demás y deseamos fundirnos en el seno de tribus actuales. Vivimos en las virtualidades, como las de las redes sociales. El smartphone es el tótem mágico que le hace a usted sentirse ilimitado, conectado a todo.

¿Qué decir de los influencerinstagramer y youtuber? La vida privada ya no es relevante. La obligación es compartir, o mejor dicho, exhibirse a través de las pantallas. Darse a los demás y sacrificar incluso la intimidad. Vídeos amateur de gente corriente y memes se hacen virales y suscitan odios y amores.

Hay nuevos chamanes, magnetizadores y líderes de tribus. Y cada uno cuenta con sus adeptos, que se llaman followers. Son formas actuales de religiosidad pagana. Es una especie de contagio sin contacto, un juego de imitaciones y sugestiones a distancia. Se diría que es una hipnosis colectiva, un mesmerismo tecnológico.

Un practicante de mesmerismo utilizando magnetismo sobre una mujer. Grabado. Wikimedia commons, CC BY

¡Todos a una!

¿Ha participado usted alguna vez en el fenómeno que son las aglomeraciones espontáneas, llamadas flashmobs? Es una manifestación de erótica social, del impulso de vivir y hacer juntos, de vivir el instante con intensidad.

Flashmob Sound of Music, Estación Central de Amberes (Bélgica).

Recuerde usted si en alguna ocasión tarareó la misma canción que miles de personas al mismo tiempo, como solía ocurrir en los conciertos de Queen durante Love of my life.

Es el mismo deseo de estar juntos que también mueve a metaleros en festivales, cuando se forma un wall of death.

El fútbol también es una canalización de esa fuerza social de atracción que vincula a individuos para formar multitudes. Decía Eduardo Galeano que “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Pero se ha mercantilizado a tal extremo esta erótica social que se ha convertido en un frívolo y rentable espectáculo.

Escuche usted el himno deportivo Nunca caminarás solo. Hay una sola voz compuesta por miles de personas. Es una efervescencia colectiva:

Retorno al arcaísmo

Olvide usted la idea preconcebida de que nuestra época se caracteriza por el narcisismo y el egoísmo. Si fuésemos egocéntricos, no querríamos parecernos a los demás ni nos contagiaríamos de impulsos colectivos.

¿Somos individualistas o gregarios? Salirse del rebaño es causa de mala reputación, como cantaba Paco Ibáñez.

En cualquier caso, las pasiones exacerbadas de amor o de odio, de atracción o de repulsa proliferan. Unos hinchas contra otros. Mi partido, nuestra manera de sentir y vivir contra las otras. Unas hordas contra otras y todos en trance.

Pero siempre en el interior de nuestra propia tribu, a la que pertenecemos, como ocurre en los festivales de música rave. Se siente uno más libre al disolverse en la música y la multitud. Por unos momentos estamos eximidos de la obligación de tener que ser un individuo diferente a los demás. Somos como gotas de agua en el inmenso océano. ¿No es esto neotribalismo?

Entre el amor y el odio

Los prejuicios intelectualistas nos hacen desdeñar la emoción. Pero es nuestra realidad cotidiana. La pregunta es qué clase de emociones vamos a dejar como brújula para nuestras vidas: los odios que nos violentan contra los demás; o el amor que nos conduce por la compasión, la solidaridad y el buen vivir.

En una época en que se manipulan las pasiones colectivas para obtener beneficios políticos y económicos, para justificar injusticias y violencias, no olvidemos la importancia de sentir con los demás, no contra los demás. Nos lo enseñaba Black Sabbath: “Mentes malvadas traman la destrucción” y envenenan nuestras emociones.

El escritor y pintor John Ruskin en su obra de 1865 Sésamo y lirios nos lo recordaba:

“La diferencia ennoblecedora entre un hombre y otro hombre –entre un animal y otro– radica, precisamente, en que uno siente más que otro”.