Publicado por Carlo Frabetti con el título «La honradez volátil: fenomenología del amigo moroso (diálogo plutónico) en Jot Down Magazine. 27 de agosto de 2020

Imagen de la entrada: Satanás atrapado en la zona central de hielo del Noveno Círculo. Ilustración de Gustave Doré para La divina comedia de Dante.

El honor no se gana en un día para que en un día pueda perderse. Quien en una hora puede dejar de ser honrado, es que no lo fue nunca. (Jacinto Benavente)

La lealtad es un deber hacia nosotros mismos, aun antes que hacia los demás. (Luigi Pirandello)

En La honradez de la cerraduraJacinto Benavente denuncia la hipocresía de quienes solo por miedo al castigo o a la exclusión social respetan ciertas normas. La cerradura del título es la metáfora de una moral que solo funciona en la medida en que aherroja los impulsos deshonestos; una moral que no amansa a la fiera del egoísmo, sino que se limita a enjaularla. Los protagonistas de la obra, que serían incapaces de forzar una puerta para cometer un robo, no dudan en apropiarse del dinero ajeno cuando el azar lo pone en sus manos y la apropiación indebida no conlleva ninguna acción violenta u ostensible que pudiera incriminarlos.

Y, mutatis mutandis, eso es lo que hace el amigo moroso. Confiamos en él, igual que la mujer que en la obra de Benavente pide a sus vecinos que le guarden una importante suma de dinero, y él abusa impunemente de nuestra confianza.

No siempre es así, por supuesto; pero el porcentaje de amigos morosos, según mi propia experiencia y la de no pocas personas consultadas al respecto, es alarmantemente alto, y así lo expresa la sabiduría popular con sentencias irónicas como «Quien presta dinero a un amigo, pierde el dinero y pierde al amigo».

¿Por qué es una sentencia irónica?

Porque el amigo moroso no es un verdadero amigo.

¿Nunca lo fue o deja de serlo?

Un verdadero amigo no deja de serlo de pronto. «Amigo moroso» es un oxímoron, una contradicción in terminis. La amistad y la honradez son inseparables. La verdadera amistad es honradez personalizada, y la verdadera honradez es amistad generalizada, genérica.

¿Genérica?

Amistad hacia el género humano, hacia la humanidad en general.

¿Como el amor compasivo del budismo?

Sí, o como la pietas estoica, el amor al prójimo cristiano o la fraternidad revolucionaria. La solidaridad está en el núcleo de todos los grandes sistemas éticos. Y en la verdadera amistad alcanza su máxima expresión, como proclama Epicuro.

Pero si es tan frecuente que los supuestos amigos no devuelvan el dinero que les han prestado, eso significa que hay pocas amistades dignas de ese nombre.

La verdadera amistad, como la verdadera honradez, es un bien escaso; pero no tanto como parece indicar la abundancia de seudoamigos morosos.

¿Por qué?

Porque los verdaderos amigos no suelen pedirte dinero, pues no quieren causarte problemas ni ponerte en un compromiso si no es estrictamente necesario. Quien te pide dinero es, con toda probabilidad, un seudoamigo, por lo que también es probable que luego se resista a devolverlo. Por eso la proporción de morosos es tan alta. Aun suponiendo que tuvieras la misma cantidad de amigos verdaderos que de seudoamigos, la mayoría de los que te pidieran dinero pertenecerían al segundo grupo, pongamos nueve de cada diez. De esos diez deudores, el verdadero amigo te devolvería el dinero con toda seguridad; pero solo una pequeña parte de los seudoamigos lo haría, digamos un diez por ciento, por lo que ocho de esos nueve no saldarían su deuda (8.1, que es el 90 % de 9, si fuera un cálculo exacto).

Una estimación muy pesimista.

Bastante realista, según mi propia experiencia. Por razones que no vienen al caso, he sido presa fácil de pedigüeños y sablistas. Y aproximadamente cuatro de cada cinco no me han devuelto lo prestado, o solo lo han hecho bajo coacciones y amenazas.

Cuesta creer que alguien que no sea un estafador profesional o un psicópata le pida a un amigo un préstamo que no tiene intención de devolverle.

Pero es que el seudoamigo moroso sí que tiene la vaga intención de devolver el préstamo, o al menos no tiene la clara intención de no hacerlo. Lo que ocurre es que, llegado el momento de la devolución, se «olvida» de su compromiso, y si se lo recuerdas, su conciencia laxa encuentra una excusa para incumplirlo. Ahora mismo no puedo… Ha surgido un imprevisto… El mes que viene, en cuanto cobre…

Pero no puede posponer indefinidamente la devolución del dinero.

Sí que puede. Y lo hace. El razonamiento subyacente es muy simple: «Pagar mi deuda me viene mal, y si no la pago no me va a pasar nada; ¿por qué habría de desprenderme de un dinero que no me sobra, si lo único que tengo que hacer para retenerlo es poner una excusa cuando mi acreedor me lo reclame?».

Pero hacerle eso a un amigo es una mezquindad, el colmo del cinismo.

Peor aún: es un abuso de confianza y una deslealtad; una traición, en última instancia, el mayor de los pecados, al que no en vano Dante adjudica el noveno círculo del infierno. Si la conducta del seudoamigo moroso fuera plenamente deliberada y consciente, merecería el más severo de los castigos; pero la conciencia laxa suele ir acompañada de una consciencia borrosa o distraída, y ambas, en estrecha sinergia, determinan una honradez inestable, líquida, volátil, que en cada ocasión se adapta a la forma del recipiente y que se evapora al aumentar la temperatura emocional por encima de la tibieza reinante.

Pero si al seudoamigo moroso le haces estas reflexiones, ya no puede seguir engañándose.

Le resulta más difícil, pero no imposible. Nuestra cultura mercantilista ha convertido el dinero en la peor droga y el mayor fetiche, y poca gente se desprende de él si puede evitarlo, aunque sea recurriendo a los subterfugios y autoengaños más burdos.

Y al precio de la propia credibilidad, en el caso del moroso.

Efectivamente. No hay nada tan fácil como engañar a un amigo ni nada tan difícil como recobrar su confianza. Pero el seudoamigo paga un precio aún más alto: el de la propia dignidad. Una persona vale lo que vale su palabra, y el moroso se devalúa de forma drástica ante su acreedor y a sus propios ojos. La lealtad es, ante todo, un deber hacia uno mismo. Porque quien es objeto de una deslealtad recibe una puñalada trapera; pero quien la comete se traga el cuchillo, lo aloja indefinidamente en sus entrañas.

Y hablando de subterfugios, ¿por qué un diálogo contigo mismo para hablar de este tema?

Porque a mi parte más emocional le cuesta admitir que varias personas a las que quería y apreciaba hayan abusado de mi confianza, y la parte más racional acude en su ayuda.

¿Y por qué plutónico?

Porque tiene que ver con Pluto, el dios del dinero, y con Plutón, el dios de los infiernos.

¿Crees que los seudoamigos morosos deberían ir al infierno, si tal cosa existiera?

Creo que ya están en el infierno, puesto que se autoconfinan en un inframundo al que no llega la luz de la generosidad, la gratitud y la amistad. Creo que son más dignos de lástima que de desprecio o de venganza. Y creo que, en última instancia, nos hacen un favor al demostrarnos, a cambio de una cierta cantidad de dinero y de una herida moral curable, que no son dignos de confianza. A menudo sale mucho más caro descubrir la falsedad de un supuesto amigo. O no descubrirla.