Jesús Gascón Bernal

Como en una pintura de Sorolla, una mujer con sombrero blanco camina por la playa bajo el sol. Llega hasta donde la arena se acaba y sube por un promontorio escarpado. Cuando llega arriba se ha quitado la ropa y muestra a las gaviotas su piel blanca y amoratada sobre el fondo de un bañador de color negro que duda en quitarse. Deja todo lo que le pesa, bueno casi todo; guarda el lastre de sus oscuros pensamientos que sin duda la hundirán en el agua que la espera abajo. Se asoma y salta. Así; sin pensar; sin oraciones ni palabras sublimes de último momento.

¿Cuándo fue que las caricias se transformaron en golpes? ¿las palabras de amor en reproches? ¿mi nombre en un insulto? Frente al espejo, cuando nadie me ve, mis ojos ya solo sirven para llorar. Pero sobre todo es el miedo; el miedo que está ahí, detrás de todas las cosas que hago; el miedo que me bloquea, el que me hace pedir perdón a cada instante. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo he llegado tan lejos en esta humillación continuada, en este maltrato que me hace ahora volar hasta la nada?, desaparecer… Es el límite en el que uno se rompe. Nunca me he atrevido a hablar con nadie de esto. Cuando me preguntan siempre hay disculpas; todo se olvida, esperando que todo cambiará mañana. Pero ahora, solo con pensarlo, el miedo sale fuera de mí; se lo lleva el mismo aire que me acaricia la cara en la caída.  

A medida que esa mujer va contemplando lo que ha sido su vida en los últimos tiempos, su dolor se aligera. Las rocas y las olas al fondo parecen aminorar su cercanía; siente que la caída se ralentiza. La espina dorsal que en su miedo ha sentido partida varias veces, deja de dolerle ¿Basta con expresar el nombre del demonio para dejar de temerle? Ahora, cuando ya no le importa enfrentarse desnuda a la verdad, cuando ya no tiene nada más que perder. Es ahora cuando el miedo se acaba.

Me he sentido como una naranja exprimida. Mi profesión se ha convertido en un trabajo no remunerado en casa; explotada, golpeada sin venir a cuento. Me protejo la cara con los brazos y las manos, cuando entra el demonio en sus puños de piedra.  Ahora me voy, sintiéndome más liviana; echo fuera de mí la basura que no me ha dejado vivir todo este tiempo, que se hundirá en el mar, pero no conmigo. Me habré quedado limpia, me habré quitado el peso de la porquería acumulada durante estos años de matrimonio.

Esta mujer es cada vez más ligera, con cada metro que desciende parece volar, gravitar. A punto de tocar las rocas y la espuma se detiene lentamente en su caída, respira y se aleja caminando sobre las aguas. Esta mujer, sin el dolor que la abruma, es etérea. Al verla caminar sobre el mar, un hombre se santigua.

En la distancia, durmiendo sobre la toalla, está él, su marido; lo reconoce por la barriga que sube y baja. Pero hoy esta mujer desnuda, de largas piernas, pasa de largo. Definitivamente se aleja.