-¡Es aquí donde está!- dijo mi abuela.

Y escarbaba la tierra con sus manos.

-¡Es aquí, lo dijeron los viejos que lo vieron!-

Marcaron con cuadrículas el sitio

como un geométrico pálpito de huesos

y entre cascotes, piedras y gusanos,

salió su blanco cráneo lo primero

en el que se veía, negro y triste,

entre las grandes cuencas de sus ojos,

un infame agujero.

Junto a los  limpios huesos de sus dedos

que mantenían la elegancia femenina,

estaban su plumín y su tintero,

aquellos con los que corregía

los dictados que llenaban los cuadernos.

-Se quiso hacer maestra, ¿sabe usted?-

Sus padres al principio no quisieron,

-eso es más para hombres, hija mía-

Pero con su tenacidad y su templanza

logró, sin mucho esfuerzo, convencerlos.

Aquella madrugada la mataron

junto a dos compañeros

y yo -dijo mi abuela- la he buscado

desde que vino a mí el conocimiento

para llevarla, como se merece,

junto a sus padres, en el cementerio.

Begoña Jiménez Canales