El dominio de las figuras quijotescas en la vida intelectual española es consecuencia del personalismo y la desconfianza que marcan nuestra sociedad

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA para CTXT (visto en diario Público). 3 DE julio DE 2019

https://ctxt.es/es/20190703/Firmas/27087/Ignacio-Sanchez-Cuenca-intelectuales-personalismo-desconfianza.htm

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Uno de los rasgos más característicos de la historia intelectual española es la fuerte presencia de pensadores que han elaborado una obra insobornablemente original, irrepetible e inimitable. En sus trabajos la personalidad del autor se hace patente tanto en un estilo propio como en unas ideas que sólo resultan inteligibles desde las coordenadas intelectuales que el autor mismo ha ido elaborando a lo largo de los años y que comparte con un puñado de fieles (cuando los hay). Surgen, de este modo, figuras sobresalientes que se dedican a cultivar sus propias ocurrencias y que son como islotes en medio de un océano. Cada islote tiene sus rasgos específicos, pues allí las ideas se desarrollan aisladamente, sin contaminaciones ni influencias externas, generándose variaciones idiosincrásicas entre los islotes no tan distintas de las que observó Darwin en su expedición a las Islas Galápagos.

Cabe describir nuestra historia intelectual como una sucesión de pensadores únicos y radicalmente incompatibles entre sí. La mayoría de estos pensadores puede decirse que han vivido asilvestrados, casi como “buenos salvajes”, sin aceptar ser domesticados e integrados en la civilización. La civilización, en este caso, consiste en obedecer unas normas comunes de convivencia intelectual, entre las cuales se encuentran conocer las ideas de los otros, someter las ideas propias al escrutinio de los demás sin poner condiciones previas o costes de entrada demasiado onerosos, estar dispuesto a construir a partir de lo que los demás han hecho anteriormente, sin necesidad de remontarse a los primeros principios, y escribir con una cierta gentileza hacia el lector.

En el extremo opuesto al del salvaje que tiene que pensarlo todo por sí mismo, sin atender a los antecedentes, nos encontramos con el siervo que dedica su vida a venerar a los creadores, resumiendo y sistematizando su obra. Se alcanza aquí el grado máximo de domesticación, hasta el punto de que queda suprimido cualquier atisbo de creatividad. Este tipo de servidumbre se manifiesta de modos muy diversos, desde el estudioso especializado en un autor (el mejor conocedor de la obra de Isaiah Berlin, por poner un ejemplo típico) hasta el lector compulsivo que digiere toda la información reunida elaborando manuales o centones en los que se da noticia de las corrientes mundiales en alguna rama del saber.

¿Por qué abunda en España el intelectual autárquico, egocéntrico y casi siempre cascarrabias y energúmeno?

No puede dejar de admirarse el tesón, la osadía y la inconsciencia con la que los intelectuales autárquicos se comportan a lo largo de su vida. ¿Acaso no son la voluntad de estilo y la originalidad a ultranza dos rasgos que en España se valoran por encima de todo lo demás? Cada uno tendrá su autor favorito. Por limitarme a tres autárquicos egregios que ya no están entre nosotros, tanto Agustín García Calvo, Gustavo Bueno como, muy especialmente, Rafael Sánchez Ferlosio, cuentan con seguidores incondicionales y entusiastas. Por supuesto, hay muchísimos más nombres que, si bien tienen menor relumbrón, aspiran igualmente a trabajar desde la más irreductible soledad, con un poco disimulado desprecio hacia el mundo realmente existente. A pesar del grado variable de brillantez y potencia intelectual que cada uno pueda tener, casi todos ellos, leídos desde una distancia prudente, se han caracterizado por mezclar ideas interesantes con chifladuras, excesos, exageraciones, caprichos y prejuicios.

Quienes conserven ideas románticas sobre el genio disculparán, o incluso celebrarán, la parte “chiflada” de nuestros intelectuales autárquicos, pero quienes tengan menos paciencia, o aspiren a otro tipo de tradición cultural, no podrán dejar de pensar en la futilidad de dejar una obra completamente única e intransferible, destinada a morir con el autor o a sobrevivir, en el mejor de los casos, como testimonio de una figura que fue irrepetible.

El dominio de estas figuras quijotescas en la vida intelectual española es, a mi juicio, consecuencia del personalismo y desconfianza que marcan nuestra sociedad. La sociedad española, como otras sociedades mediterráneas, se caracteriza frente a sus vecinos norteños por niveles muy bajos de confianza en las personas y las instituciones. La confianza, necesaria para cualquier forma de convivencia, se circunscribe a la familia y los amigos, rara vez traspasa esa barrera. Las instituciones se conciben como realidades ajenas, impuestas por un poder del que siempre se desconfía. No es de extrañar que las instituciones sean frágiles y estén sometidas a múltiples cambios y bandazos a lo largo de su historia, como consecuencia muchas veces de interferencias arbitrarias en su diseño y funcionamiento, fracasando de este modo como argamasa social con la que construir comunidades y redes amplias de cooperación.

Habiendo instituciones culturales y académicas tan débiles, los autores tienden a encerrarse en sus islas mentales y a elaborar sus ideas al margen de, cuando no de espaldas a, lo que hacen sus colegas. En esas condiciones de aislamiento, la personalidad del pensador lo acaba arrollando todo, de manera que las intuiciones geniales se funden con toda clase de majaderías que limitan enormemente la posibilidad de que las ideas se emancipen de su creador y formen parte de un acervo común del que otros puedan aprovecharse.

El género propio del intelectual autárquico es el ensayo, en todas sus variantes. Puede ser ensayo aforístico o sistemático, literario o metafísico, erudito o adanista, rebuscado o sentimental, pero será ensayo, es decir, la forma más individualista posible de elaborar conocimiento. Fuera de la obra literaria o de ficción, el género más reputado en nuestro país es el ensayístico. Echen un vistazo a los suplementos literarios, a las revistas de libros, a los gustos de los lectores: el ensayo tiene un protagonismo inapelable.

En sociedades en las que se ha logrado construir una mayor confianza personal e institucional, la tarea del pensador es algo menos solitaria. De modo natural, se socializará e integrará en alguna comunidad intelectual, en la que aprenderá a razonar de acuerdo con los supuestos y estilo de dicha comunidad, construyendo argumentos y defendiendo tesis a partir del punto en el que sus predecesores se detuvieron, muchas veces con la ambición explícita de superar a sus maestros. Cuando estas comunidades se cierran demasiado, se convierten en escolástica, algo que puede ser tan letal como la propia autarquía individualista. Pero si la comunidad se mantiene abierta y porosa, atenta a lo que se hace desde otras coordenadas, irá surgiendo un conocimiento colectivo cada vez más sólido. No estoy pensando en un progreso lineal, pues, de hecho, es frecuente observar crisis o colapso de paradigmas dominantes a partir de la labor de termita de nuevas generaciones que fueron “civilizadas” en dichos paradigmas; no obstante, aunque no haya linealidad, sí se produce, de forma dialéctica si se quiere, una reabsorción del pasado a través de la continuidad en la manera de aproximarse al conocimiento.

Así, cabe esperar que las sociedades con mayores niveles de confianza muestren valores epistemológicos más comunitarios, en virtud de los cuales se entiende que el conocimiento es el resultado de un esfuerzo colectivo en el que se combinan virtuosamente cooperación y competición. El ensayo continúa siendo un género importante en este tipo de sociedades, pero rara vez se trata de un ensayo puro; más bien, suele ser la destilación de una investigación previa de muchos años que se habrá llevado a cabo en el seno de una comunidad de investigadores sostenida por instituciones sólidas y persistentes en el tiempo.

Un rasgo característico del conocimiento comunitario es el intercambio y contraste constante de las ideas. Los autores exponen sus ideas ante sus colegas y, por tanto, se arriesgan a ser criticados sin demasiadas contemplaciones. Si el autor escribe en un idiolecto incomprensible, si recurre a razonamientos que nadie comparte o entiende, quedará en una posición marginal. Todo lo contrario de lo que sucede en el ecosistema español, en el que la constatación de que nos encontramos ante alguien que lo ha pensado todo por sí mismo, de acuerdo con sus propios conceptos y mediante un estilo inconfundible, que desprecia toda posibilidad de confrontar sus ideas, minuciosamente y en detalle, con las de otros, es un síntoma inequívoco de que estamos en presencia de una figura importante y originalísima.

La investigación en España es la hermana pequeña del ensayo. Se considera un saber esotérico y excesivamente árido, que sólo circula entre especialistas y eruditos. La percepción dominante es que la investigación y el ensayo pertenecen a mundos distintos y tienen reglas muy diferentes. La investigación es comunitaria, el ensayo individualista: con ese planteamiento, no se consuma el cruce entre ambos. Este divorcio tan drástico es fruto de la debilidad de las instituciones culturales y académicas, así como de la confianza tan baja que hay en la sociedad. Su manifestación más espectacular es la abundancia de intelectuales autárquicos, así como la admiración y reverencia que sus figuras despiertan entre crítica y público.

Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia (Alianza, 2014).