La poetisa alicantina ha sido galardonada por el Ministerio de Cultura de España como reconocimiento al conjunto de su carrera literaria 

eldiario.es 13/11/2018 –

El Ministerio de Cultura de España ha concedido el Premio Nacional de las Letras a Francisca Aguirre por “estar su poesía entre la desolación y la clarividencia, la lucidez y el dolor, susurrando palabras situadas entre la conciencia y la memoria”.

Mediante este reconocimiento, que está dotado con una cantidad de 40.000 euros, el Ministerio de Cultura pretende dar a conocer el conjunto de la obra literaria de un escritor español. De esta forma, Aguirre toma el testigo de la escritora madrileña Rosa Montero, que fue premiada por el mismo organismo en el año 2017.

Francisca Aguirre, nacida en 1930 en Alicante, es hija del pintor Lorenzo Aguirre, a quien le dedicó el poemario Trescientos escalones. Su primer poemario, premio de poesía Leopoldo Panero, fue Ítaca. Desde entonces, y con la excepción de la década de los 80, la autora ha continuado publicando su obra de manera ininterrumpida. Entre los reconocimientos recibidos, ganó el Premio Nacional de Poesía en 2011 con su poemario Historia de una anatomía (2010), libro con el que ya ganó el premio Miguel Hernández 2010.

Es autora de los libros de poemas, además de los anteriormente citados: Ensayo General (Premio Esquío 1995), Pavana del desasosiego (Premio María Isabel Fernández Simal 1998), Ensayo General. Poesía completa 1966-2000, un tomo con todos los libros de poemas escritos hasta el 2000 que obtiene en el año 2001 el Premio de la Crítica Valenciana al conjunto de una obra, Nanas para dormir desperdicios (Premio Alfons el Magnànim 2007) e Historia de una anatomía (2010), por el que recibió el Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana” y el Premio Nacional de Poesía en 2011.

Es, también, autora del libro de relatos Que planche Rosa Luxemburgo por el que consiguió el Premio Galiana en 1994 y del libro de recuerdos Espejito, espejito. Su repercusión no es exclusiva del ámbito nacional. De hecho, sus obras han sido traducidas al francés, italiano, portugués y árabe.

El eterno retorno

Convendría
reinventarlo de nuevo todo;
reinventar la gramática y la historia,
reconstruir la geografía,
cambiar la Luna, conservar el Sol
para no equivocarnos en los cambios
y porque siempre es necesario
tener un punto de partida.
Y desde ahí,
desde la desnudez que da la luz,
empezar otra vez esta mentira.
Empezar otra vez a ser los mismos,
inventarnos palabras
para tapar los gritos del silencio,
decir amor
para que el miedo no nos mate.
Y llamar Luna a cualquier cosa que nos cuelguen del cielo
y dé una luz escasa y mortecina.
Después: contar la historia.
Y empezar a pensar que convendría
reinventarlo todo de nuevo.