Artículo de Pedro Luis Angosto para publico.es-17 de septiembre de 2018

Hoy todo el mundo sabe que pagando, por mal estudiante que se sea, por poca vocación que se tenga, se puede obtener cualquier título en las distintas universidades privadas que han florecido como níscalos en otoño tras las lluvias

Tras el final de la Guerra Civil, la Universidad española sufrió un cataclismo de tal envergadura que sólo podría compararse al momento en que Fernando VII decidió cerrarlas y, en su lugar, abrir escuelas de Tauromaquia. Miles de catedráticos fueron encarcelados, fusilados, exiliados o confinados en la oscuridad de departamentos que antes resplandecían con la luz del saber y ahora, dirigidos por mediocres profesores falangistas o asimilados, languidecían bajo el yugo, las flechas y el nuevo amanecer de quienes decían hacer guardia bajo los luceros. Como en todos los ámbitos de la vida de aquellos terribles años que algunos descerebrados añoran como tiempos felices, la Universidad española no pudo escapar a la corrupción, medio en el que se movieron con toda naturalidad instituciones y personas. El catedrático era el rey, se hacía y deshacía según su personal parecer, siendo imprescindible para progresar académicamente el halago y la pleitesía más vergonzantes. Si bien durante los años sesenta y setenta se formaron algunos excelentes profesionales debido a sus estudios en el exterior, aunque ello no significó en absoluto que cambiase el modus vivendi universitario. Era una universidad pequeña, reservada mayoritariamente a personas con apellidos conocidos, un mínimo de rentas o amistades influyentes. Junto a quienes hacían del esfuerzo personal su único instrumento de aprendizaje, abundaban quienes conseguían licenciaturas en despachos y pasillos, mediante dádivas y regalos.

A finales de los años setenta, gracias a la supresión de trabas de acceso y a una política de becas cada vez más generosa, la universidad se democratizó, accediendo a ella alumnos con muy pocos medios materiales, carentes de padrinos pero con muchas ganas de aprender. Fueron años convulsos, España pasaba por una terrible crisis y apenas se hicieron aulas nuevas, se agrandaron tirando tabiques hasta dar cabida a doscientos o trescientos alumnos en cada una de ellas. No había dinero, y el que había se empleó en otras cosas menos necesarias, pero de aquel gran semillero salieron miles de personas que comenzaron a colocar a España en el lugar que le correspondía dentro del mundo del conocimiento. No fue una explosión como la que tuvo lugar en los lustros posteriores al nacimiento de la Institución Libre de Enseñanza, pero sí un goteo constante que hizo que muchos españoles pudiesen discutir de tú a tú con sus colegas de otros países en todas las ramas del saber. Por ejemplo, en el campo de la Historiografía, dejamos depender de los hispanistas ingleses, franceses o norteamericanos, para alzar nuestra propia voz con rigor y autoridad.

El esfuerzo realizado durante los años ochenta y noventa, que supuso la apertura de universidades en casi todas las provincias de España, fue acompañado de un aumento de los presupuestos sostenido pero no suficiente dado el número de alumnos. De tal modo que aún hoy siguen existiendo aulas con más de ciento cincuenta alumnos para cursar ramas del saber altamente especializadas.

Llegados a este punto, y cuando habría sido menester hacer un esfuerzo económico y preparatorio suficiente para dotar a las universidades del personal y los medios necesarios para situarnos en el grupo de cabeza -con lo que ello habría deparado al país en todos los sentidos-, vino el Plan Bolonia, un plan de 1999 que no se ha implantado en su totalidad en país alguno, pero que aquí fue asumido como si fuese palabra divina. Si bien el Plan Bolonia tenía algunos aspectos positivos como la movilidad de estudiantes por todo el espacio europeo mediante las cada vez más menguadas becas Erasmus, en su interior guardaba una bomba de relojería que sumiría en el desconcierto y el descontrol a la mayoría de universidades españolas.

No se arbitraron medios estatales ni europeos para su implantación, invitando a las distintas universidades a que buscasen su financiación en ámbitos privados, y ya se sabe, el que paga, manda. La falta de inversores privados suficientes, obligó a las universidades a subir brutalmente las tasas que hasta poco antes de la entrada en vigor del plan eran asumibles por buena parte de las familias españolas. El Plan, además, daba prioridad absoluta a las enseñanzas utilitaristas sobre las humanísticas, hasta el extremo de que hoy, carreras como Geografía, Historia, Filología, Arte o Filosofía, corren el serio riesgo de desaparecer de los campus universitarios o de quedar relegadas al terreno del entretenimiento o el ocio, con lo que ello tiene de dramático para el desarrollo integral de un país, un país que, si alguna vez cuenta con los medios necesarios, podrá producir ingenieros, informáticos y economistas perfectamente formados pero carentes del poso humanístico imprescindible para ser personas libres, empáticas y solidarias.

Sin embargo, con ser terribles todas estas aportaciones de Bolonia, el efecto más destructor del Plan es la privatización encubierta de la Universidad que subyace en sus directivas. En primer lugar, se obligó a suprimir las diplomaturas y las licenciaturas, convirtiendo todos los títulos -a excepción de Medicina, Arquitectura y alguno más- en Grados, de tal manera que estudios que sólo necesitaban de tres años pasaron a ser de cuatro y los que exigían cinco perdieron uno. Como esto era incomprensible para las licenciaturas, decidieron privatizar el quinto año de estudios que era el segundo de especialidad, sustituyéndolo por másteres que cada universidad se encargaría de diseñar, valorar y costear, de forma que de nuevo se volvió a dar a los jefes de los departamentos un poder tremendo a costa de los alumnos, que además de recibir una enseñanza muy parcial se vieron y se ven obligados a pagar cantidades astronómicas. El quinto año de carrera nunca fue el más difícil, pero sí un curso de especialización en una rama de los estudios elegidos que daban al estudiante un camino por el que seguir. Su sustitución por los másteres, aparte de encarecer inaceptablemente los estudios universitarios, ha diluido esa especialización al mismo tiempo que entregaba a determinados señores públicos y privados una capacidad que antes no tenían: la de dar títulos a su antojo sin que ello garantizase en muchos casos la pericia del titulado. No interesaba tanto la formación del alumno como el número de alumnos, ahí estaba la ganancia y ahí el chanchullo.

Si a todo lo dicho, añadimos que Bolonia abrió las puertas de par en par a las universidades privadas -la mayoría de ellas católicas y reaccionarias- que dan títulos como el que fabrica churros, tenemos una explicación bastante clara sobre lo que hoy sucede con nuestra Universidad, una institución donde la inmensa mayoría de los estudiantes se dejan la piel echando horas y horas para aprender, pero que permite a unos pocos atajos ajenos al mérito y al esfuerzo, atajos a los que, de nuevo, sólo se puede acceder por influencias o dinero.

Indudablemente, la privatización de la universidad que propicia el Plan Bolonia, la desregulación de las titulaciones académicas que permiten a empresas otorgar Grados sin ningún control y la pérdida por parte del Estado de ese monopolio, están detrás de todas las corrupciones que hoy acucian a una institución tan necesaria como maltratada: Hoy todo el mundo sabe que pagando, por mal estudiante que se sea, por poca vocación que se tenga, se puede obtener cualquier título en las distintas universidades privadas que han florecido como níscalos en otoño tras las lluvias. Han confundido, otra vez, valor y precio.