Me pregunto cuánto estamos dispuestas a hacer para salir de la situación de emergencia climática y, sobre todo, si hemos pensado en el alcance social que puede tener una situación de colapso ecológico

Para cambiar de verdad el rumbo de la emergencia climática, digamos no a la Operación Chamartín porque supone una presión ambiental y una reconfiguración de la ciudad que está lejos de rebajar emisiones

Sira Rego – Eurodiputada.  eldiario.es  19/10/2019

https://www.eldiario.es/tribunaabierta/New-Green-Deal_6_954064599.html

Fotografía de la entrada: La cantidad de gases causantes del cambio climático alcanzó un nuevo máximo. EFE

Quizá lo honesto en estos tiempos de límites imposibles sea decir la verdad, aunque también sea temerario. Estamos en momento de descuento, vamos inexorablemente hacia un abismo climático. Con dos grados más de temperatura la Tierra será un lugar en el que la vida se hará mucho más compleja y en algunas zonas será, directamente, imposible. No quiero ser agorera, ni muchísimo menos caer en el desánimo, más bien me pregunto cuánto estamos dispuestas a hacer para salir de la situación de emergencia climática y, sobre todo, si hemos pensado en el alcance social que puede tener una situación de colapso ecológico.

La buena noticia es que la experiencia de la humanidad nos dice que si somos capaces de plantear una salida que sea cooperativa, que refuerce las redes de apoyo mutuo y que reparta los recursos de forma equitativa, podremos afrontar el cambio que viene en mejores condiciones. Aunque solo podamos hacer referencia a escasas experiencias históricas, sabemos que las comunidades que han sido capaces de cimentar su estrategia en este tipo de comportamientos, han sido capaces de salir adelante con más éxito.

La mala noticia es que el momento del colapso está cada vez más cerca y que, como cuerpo vivo, la humanidad gasta cada vez más recursos que, o bien no se reponen, o bien tardan ciclos más largos de los que puede soportar el metabolismo de la biosfera. Eso significa, básicamente, que lejos de reducir el problema lo estamos agrandando cada año. Somos un barco a la deriva.

Obviamente, el campo político no es ajeno a este hecho y ya no hay nadie que haya querido perderse esta fiebre verde. Desde los partidos del régimen del 78, a las formaciones de nuevo cuño que aspiran a construirse como partidos verdes en España.

Podríamos caer en la tentación de salir despavoridas o creernos que con cambiar nuestros comportamientos personales resolveremos el problema. Podemos incluso pensar que hay una tecnología mágica que va a resolver la crisis. Pero todo parece apuntar que sin una buena reflexión acerca del fondo, del elemento que ha provocado esta emergencia climática, será difícil encontrar la solución. Y, sin duda, ahí el elemento central lo encontramos en nuestro modelo de producción y consumo, en el modelo económico global: el neoliberalismo.

Comemos naranjas de Sudáfrica, piñas de Costa Rica y vestimos prendas fabricadas en China o Vietnam. La deslocalización de la industria hace que se muevan empresas por el mundo a la búsqueda de la reducción de los costes laborales y ambientales, en una carrera loca por el beneficio creciente. Hay un puñado de multinacionales que controlan los recursos del planeta, que controlan gobiernos, provocan guerras, retuercen leyes y arrodillan pueblos.

Por eso no basta con apelar al New Green Deal como solución vacía y cosmética para conseguir un puñado de votos. Al menos no puede bastar para nosotras. Cuando nos interpelen con ello, quizá podamos preguntarnos: ¿Cuánto New Green Deal cabe en el programa de quienes, como Más País, apoyan el pelotazo inmobiliario de la Operación Chamartín? ¿O en el programa de los que no apuestan por un control público de la energía que vele por el interés de nuestro pueblo por encima del negocio del oligopolio? Y diré más: ¿Cuánto New Green Deal tiene apoyar los vientres de alquiler y por tanto, mirar de lado al feminismo?

Merece la pena hacerse preguntas incómodas. Porque de eso va todo esto, de presentar programas honestos que aspiren a ser Gobierno, a ser compromiso para resolver los problemas de la gente. Y esto exige que, para cambiar de verdad el rumbo de la emergencia climática, digamos no a la Operación Chamartín porque supone, sin entrar en otras consideraciones, una presión ambiental y una reconfiguración de la ciudad que lejos de rebajar emisiones, va a empeorar la calidad del aire y a reforzar un modelo de ciudad imposible.

Y significa decir no a los vientres de alquiler, porque necesitamos romper con los modelos de mercantilización de la vida. Aferrarnos a la defensa de lo público, porque nuestras vidas dependen de ello. Trabajar menos horas y no menos días, porque la vida sigue y cada día necesitamos cuidar y que nos cuiden.

Y exige ser valientes, mirar de frente a los que legislan desde los consejos de administración y han decidido convertir nuestro mundo en un vertedero, y decirles que no nos rendimos y que sabemos que ellos son nuestro verdadero enemigo.

Hace unos días, en un tarde tranquila en Madrid, conversaba con un amigo acerca del futuro del país. «Perdimos la batalla de nuestro mundo posible», me dijo. Vender eslóganes con futuros grises y difusos no es sexy, no anima a nadie a sumarse a este lado de la trinchera.

«Tenemos que atrevernos a soñar, pero nuestro sueño parece una pesadilla», dije yo. ¿Cómo convencer a nuestra gente de que deberán adaptarse a vivir con menos? ¿Quién querría escuchar a quienes nos empeñamos en pintar un futuro más austero?

«Es que el futuro que soñamos no será más austero», me contestó mi amigo. «Será mucho más rico, porque tendremos mucho más tiempo para estar juntas y para vernos. Tendremos muchas más tardes de otoño en Madrid, ¿acaso se te ocurre algo más valioso?».