“El mundo de las multinacionales farmacéuticas me atrapó al entrar en él, y ya no pude dejarlo. El ‘Gran Farma’, como se le conoce, tenía de todo: las esperanzas y los sueños que depositamos en él; su enorme potencial en parte llevado a la práctica de hacer el bien, y su lado más oscuro, alimentado por inmensas cantidades de dinero, una hipocresía rampante, corrupción y avaricia”.

John Le Carré (18 de febrero de 2001)

JESÚS MARAÑA, 30/01/2021, InfoLibre

Este viernes por fin hemos conocido (es un decir) el contrato firmado por la Unión Europea con la farmacéutica AstraZeneca para el suministro de su vacuna contra el covid. Lo ha hecho público la Comisión Europea tras varios días de alta tensión con la multinacional anglo-sueca después de que esta comunicara una reducción de hasta un 60% de las entregas comprometidas para el primer trimestre. Lo que podemos leer del contrato (ver aquí) desmiente como mínimo dos patrañas que el laboratorio se había inventado para justificar el incumplimiento de su compromiso: 1) Las plantas de producción del Reino Unido se consideran expresamente en el territorio de la UE «a los efectos de esta disposición» (apartado 5.4). Y 2) En el apartado 13.1 del acuerdo, AstraZeneca «garantiza» que «no tiene ninguna obligación, contractual o de otro tipo, con ninguna persona o tercero respecto a las dosis iniciales» pactadas con la UE. De modo que no se sostiene por ningún lado la excusa de que Reino Unido tenía un acuerdo previo que le daría prioridad a la hora de hacerse con la producción de la vacuna.

El documento publicado aparece con insistentes (y cutres) tachaduras, que ocultan al menos dos datos fundamentales del contrato: el precio por dosis y el calendario concreto de entregas y su volumen. Para escribirlo pronto y sin rodeos: es inadmisible que una empresa privada imponga a la Unión Europea la opacidad en un contrato que es fruto en buena parte de la inversión pública de la propia UE y de los Estados miembros para facilitar la investigación, producción y distribución de esa vacuna. Es más, una de las pocas cuestiones que están claras, respecto a AstraZeneca y las demás grandes farmacéuticas competidoras en la carrera por hallar un remedio preventivo contra la actual pandemia, es que la propia UE ha asumido los principales riesgos económicos que pudieran derivarse de la aceleración de todos los procesos para obtener las vacunas. Las razones aducidas para intentar justificar el velo de la censura (cuestiones de seguridad o información confidencial, ver aquí) ofenden a la inteligencia: ni los precios de cada dosis ni los plazos acordados para su entrega tienen absolutamente nada que ver con la seguridad o la confidencialidad protegidas por las leyes vigentes. Según Der Spiegel, el coste para la UE del citado y semicensurado contrato es de 870 millones de euros que incluyen «todos los gastos directos e indirectos» incurridos por AstraZeneca en la producción y distribución de la vacuna (ver aquí). O sea que si el laboratorio tuviera pérdidas, aquí estaremos todos para cubrirlas. Ya saben. Es costumbre neoliberal instaladísima. (Aquí detalla nuestro socio editorial Mediapart la burla a la UE ejercida por grandes laboratorios, lo cual merece una severa autocrítica también por parte de los negociadores de la Comisión Europea).

De modo que una vez semidesvelado el contrato, quedan aún más abonadas las sospechas sobre intereses políticos de AstraZeneca en favor del Reino Unido e intereses puramente crematísticos en favor de Israel (el país más avanzado del mundo en la vacunación contra el covid), pero sobre todo a beneficio puro y duro del propio laboratorio (ver aquí un retrato empresarial de la farmacéutica anglo-sueca).

Desde que el recientemente fallecido John Le Carré escribió El jardinero fiel y publicó el impagable artículo del que se extrae la cita que encabeza estas líneas (ver aquí), han pasado veinte años. Sería injusto ocultar que se han dado pasos importantes para frenar la codicia insaciable de la industria farmacéutica y las prácticas de corrupción que empleaba en todo el mundo, y que ingresaban en el territorio de lo criminal en lo que se refiere a experimentación y expolio en los países más pobres. Pero también sería ingenuo creer que el poder del llamado big pharma y su capacidad de influir en los gobiernos han disminuido cuando su labor comercial sigue marcada por la opacidad y cuando siguen gozando de enormes privilegios en la explotación de sus productos gracias al sistema de patentes (ver aquí).

Ya en febrero de 2001 se preguntaba Le Carré: «¿Qué es lo que oigo? ¿La vieja y manida excusa de las farmacéuticas de que necesitan tener grandes beneficios con un fármaco para poder financiar la investigación y el desarrollo de otros? Entonces, que alguien me diga, por favor, ¿cómo es que invierten el doble en comercialización que en investigación y desarrollo?». No han perdido vigencia esas preguntas, especialmente respecto a las vacunas contra el covid, cuya aceleración y éxito son mérito de la ciencia bajo financiación, protección y asunción de riesgos de las arcas públicas. Es decir, con el dinero de todos y cada uno de nosotros y nosotras. Debería ser sencillo entender que una pandemia en la que los Estados vuelcan todo su potencial, armados con nuestra caja común y nuestro endeudamiento futuro, no puede admitir que ningún particular, sea un empresario audaz o una multinacional, establezca prioridades a beneficio privado de sus ejecutivos y accionistas.

La UE se juega mucho, y la Comisión Europea está obligada a demostrar que no ha sido engañada por un vulgar trilero. Pero más allá de esta (grave) crisis provocada por AstraZeneca, convendría que aprendiéramos algo de todo esto. ¿Qué tal si nos ponemos en la piel de los pueblos de África, de Asia o de Latinoamérica? Porque, una vez que pasen los latigazos de esta tercera ola y se superen las artimañas de algunas farmacéuticas, lo cierto es que en España y en el resto de Europa recibiremos, seguro, las vacunas que frenarán veremos cuándo la pandemia. Porque pertenecemos al club de los privilegiados que concentrarán la recepción de más del 90% de las dosis disponibles en los próximos meses. Millones de ciudadanos del Tercer Mundo no tendrán esa suerte. Allí se les requiere más a menudo para ensayos clínicos de nuevos medicamentos mientras se les ponen mil obstáculos para fabricar genéricos que les permitan acceder a ellos. De modo que no seamos hipócritas: lo que hoy exigimos a AstraZeneca para nosotros es lo que desde siempre reclaman con toda justicia ‘los nadies‘ del resto del mundo. Lo ha expresado con absoluta claridad el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS): «Tengo que ser franco. El mundo está al borde de un catastrófico fracaso moral, y el precio de ese fracaso se pagará en vidas y medios de subsistencia en los países más pobres del mundo» (ver aquí).

Hace dos décadas quizás aún fuera posible poner nombres y apellidos a los desaprensivos del Gran Farma. Hoy es más complicado. Como ocurre en tantos otros sectores de la economía globalizada, la propiedad se concentra en manos de fondos de inversión cuyos tentáculos suelen perderse en paraísos fiscales, infiernos más bien para el interés común. Lo cual no quiere decir que debamos caer en la «impotencia democrática» (con permiso de Ignacio Sánchez Cuenca). Entre los muchos escombros que asoman a la superficie con el cenagal de la pandemia, uno de los más evidentes es el poder incontrolado de las grandes corporaciones que se burlan por distintos cauces de la autoridad democrática. Ni una broma más. Cada euro público destinado a una empresa particular (sea de una familia aristócrata o de un fondo buitre) exige absoluta transparencia. El pulso con AstraZeneca, o con cualquier otro socio del club de las farmacéuticas, sólo puede y debe ganarlo la UE que nos representa a todos. Y a partir de ahí, cuando pase lo peor, deberemos resetear todo eso de las patentes y las regulaciones de la investigación científica, empezando por nuestro presupuesto. Como decía en estas mismas páginas el virólogo Mariano Esteban, investigador de la muy esperanzadora vacuna española: «No somos los primeros porque no tenemos los mismos recursos». Si se los traspasamos vía UE a una multinacional, lo mínimo es exigir que cumplan lo firmado y no nos tomen por idiotas.

P.D. Hay muy diferentes vías para frenar la codicia de los artistas del capitalismo global. Lo han demostrado los miles de jóvenes de #WallStreetBets, que han causado en los últimos días pérdidas millonarias a fondos de alto riesgo que habían decidido devorar a una empresa de venta física de vídeojuegos (ver aquí). Si se quiere, se puede.