Por Javier Sampedro. El País 7 MAR 2019 
La vela y la caja de chinchetas
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Es un viejo truco de la psicología experimental. Te dan una vela, una caja de cerillas y otra de chinchetas, y te piden que enciendas la vela de modo que la cera no caiga al suelo. Tú te vuelves loco intentando clavar la vela a la pared con distintas configuraciones de chinchetas y ángulos variables. Lo más que consigues es que la cera no solo manche el suelo, sino también el maldito gotelé de la pared. La solución, sin embargo, es tan simple que hasta da vergüenza explicarla: lo que tienes que clavar a la pared no es la vela, sino la caja de chinchetas, para poner la vela encima y convertirla en un recipiente que recoja la cera antes de que arruine el gotelé. Si es que es posible arruinar una ruina.

No te preocupes, casi nadie logra resolver el enigma de la caja de chinchetas, según han comprobado repetidamente los psicólogos experimentales. Y también han deducido una explicación simple y coherente de esa forma de necedad que padecemos las personas. Se llama “fijación funcional”, y quiere decir que, cuanto más sabemos de algo (una caja de chinchetas), menos pensamos en su naturaleza (un cartón doblado que puede clavarse a la pared) y más en su utilidad (un mero envase para las chinchetas). Estar familiarizado con la caja de chinchetas no te facilita resolver el problema de la vela, sino que te lo impide. He aprendido este truco en el último libro de Steven Pinker, El sentido del estilo; la guía de escritura del pensador del siglo XXI, que acaba de publicar Capitán Swing.

Uno puede aprender un concepto en una definición de diccionario, pero rara vez llegará así a un entendimiento real de la idea. Los Homo sapiens solemos aprender los conceptos desde abajo, partiendo de los elementos de la experiencia y ascendiendo por una jerarquía de abstracción sucesiva que acaba conformando una idea. De líneas a polígonos a poliedros y, de ahí, a una gramática de las formas. De notas a melodías a acordes y a la armonía del Giant Steps de John Coltrane. Del ruido al fonema y la sílaba, la palabra y la frase y una oración que se ramifica de manera recursiva y acaba expresando cualquier concepto imaginable. La magia del lenguaje.

Algunos de los mejores físicos teóricos —las inteligencias más abstractas de nuestro tiempo— han disfrutado metiendo las zarpas en el fondo cenagoso de sus disciplinas. Einstein absorbió hasta la médula el electromagnetismo de Maxwell, que tan esencial sería luego para formular la teoría de la relatividad, metiendo las narices en el taller eléctrico de su tío. También ocurre en la biología. Francis Crick no solo concibió un experimento clave para averiguar la naturaleza del código genético —lo que, por cierto, le arruinó unas vacaciones en Tánger—, sino que lo hizo con sus propias manos, en una de las etapas de su vida que él consideraba más felices.

No es difícil inferir moralejas para la vida de este capítulo de la ciencia cognitiva. La experiencia cotidiana es fácil de comunicar porque nos es común a todos. La especialización del conocimiento, sin embargo, nos conduce a cada uno por los borgianos senderos que se bifurcan. Con la suficiente experiencia, un jefe de recursos humanos empieza a ver fuerzas de trabajo en vez de trabajadores, racionalización salarial en vez de facturas de la luz, cajas que solo sirven para guardar chinchetas.