EULÀLIA SOLÉ para La Vanguardia 26/06/2020

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Imagen de la entrada: «A Tale from the Decamerón» de John William Waterhouse

Como es sabido, Boccaccio se inspiró en la peste bubónica de 1348 en Florencia para escribir su obra más renombrada, El Decamerón, compuesta por cien cuentos narrados por diez personajes de ficción. Siete mujeres y tres hombres que huyen de la plaga y se refugian en una mansión en las afueras de la ciudad. Confinados hace 672 años como nosotros lo hemos estado en este siglo XXI. A nuestra disposición hemos tenido distracciones varias, desde libros hasta la tecnología de nuestra época, mientras que aquellos jóvenes hallaron la mayor diversión en el ingenio de cada cual para contar historias.

No podía adivinar Boccaccio que, largo tiempo después, la lectura de sus relatos podría ser un lenitivo para gente que, como aquellos florentinos, viviría angustiada por una calamidad. Píos y suaves como el canto gregoriano, ni el erotismo ni la irreverencia se hallan ausentes de sus páginas.

Fotograma de la película «El Decamerón» de Pier Paolo Pasolini

Así ocurre cuando, paseando, un monje joven se tropieza con una moza que despierta su concupiscencia hasta el punto de conducirla a hurtadillas a su celda. Con ­tanta algazara retozan que se despierta el abad, y al notar el fraile que ha sido ­descubierto se escabulle dejando sola a la ­moza. Irrumpe en la celda el abad y siente “no menos ­estímulos carnales que su joven monje”. Persuadiendo a la chica de que le dé placer se dice: “Paréceme sesudo aprovecharme del bien que Dios Nuestro Señor me ­manda”. Llamado a capítulo el monje al día siguiente, intuye el abad que aquel sabe lo ocurrido, y, avergonzándose de cas­tigarlo por lo mismo que él me­recería, le perdona. Y los dos, “honestamente, hi­cieron salir a la moza y aun debe creerse que otras veces la hicieran regresar”.

Fotograma de la película «El Decamerón» de Pasolini

Y cabe citar el lance de un cándido mercader que yendo de camino pone confianza en unos bandidos, a los cuales confiesa que cada mañana impetra a san Julián que le conceda buen día y buena noche. Viéndose al cabo robado, en camisa y objeto de burla a medianoche, recurre a la villa de una bella viuda que al socorrerle lo halla tan seductor que no duda en acogerlo en su lecho. Nunca san Julián le había otorgado mejor noche.

Lectura en la cama, libro cerrado tras cada narración, sosiego, sueño que viene con la sonrisa en los labios contra el coro­navirus, tal como debería de venirles a los jóvenes protegidos de la peste en aquel siglo XIV.

Fotograma de la película «El Decamerón» de Pasolini