Publicado por Emiliano Bruner para Jot Down Magazine. 9 de agosto de 2020

La locución latina primum non nocere quiere decir «lo primero es no hacer daño». Se suele asociar al juramento hipocrático que hacen los médicos cuando empiezan su profesión, pero en realidad no la encontramos, tal cual, en ninguna de las muchas versiones que recitan los adeptos de Esculapio, y el origen de la frase se queda sin aclarar. Tampoco es relevante, porque lo que realmente importa es el mensaje, que queda bien claro a cualquiera, sin muchas explicaciones. No dañar. Y si pasamos de la medicina a la religión encontramos frecuentemente algo muy parecido. Por ejemplo, a pesar de las persecuciones, matanzas y genocidios que han perpetuado en muchas épocas históricas en el mismísimo nombre de Dios, los católicos tienen la caridad, la bondad y la no violencia grabadas como pilares en sus escritos y en sus tablas. El budismo tiene como meta el fin del sufrimiento propio y ajeno, el Dukkha, lo cual requiere primero localizar sus causas y luego eliminarlas. O, por lo menos, no fomentarlas.

De hecho, es posible que las religiones hayan evolucionado cuando el tamaño de los grupos sociales se ha vuelto demasiado grande para nuestro cerebro de cazadores-recolectores, la jerarquía y las relaciones individuales de la tribu han empezado a cambiar por el caos de una horda anónima, las inhibiciones han empezado a desmadrarse y, para controlar y calmar ánimos y pulsiones, hemos tenido que inventar a seres invisibles que nos juzgan si nos portamos mal, que siempre están controlándonos y que al final nos premiarán o nos punirán en función de lo que hayamos hecho. Desde los mandamientos de Moisés hasta los pecados capitales de Dante, el mensaje es parecido: hay que portarse bien. En fin, aunque el género humano a menudo no luzca por sus aspectos positivos, parece que tenemos bien claro, por lo menos en la teoría, qué es lo que tendríamos que hacer para propiciar y desarrollar un bienestar individual y social.

Para ser buenos, algunos necesitan una recompensa, real o prometida, mientras que otros, para no dañar a los demás, pasan de premios y necesitan solo una moral, un principio ético sobre lo que es justo. Algunos asocian todo esto con cierta actitud altruista, mientras que otros reconocen que no es necesario el altruismo para propiciar el bien ajeno, porque una situación positiva siempre repercute, finalmente, en una mejoría personal. De hecho, solo el parásito estúpido y primitivo mata a su propio huésped, poniendo fin a su mismo recurso energético. Un parásito más evolucionado e inteligente mantiene a su huésped con vida, o a veces ni siquiera llega a perjudicarle, para seguir chupando del bote. Finalmente, el parásito más evolucionado se llama «simbionte», y ha descubierto que si ayuda a su huésped en lugar de perjudicarlo, entonces tendrá más recursos y más energía, mejorando su calidad de vida y su gozo individual. Ya sea por la promesa de una recompensa futura, o bien por ética, por altruismo o por cuidarse en salud, en todos los casos resulta conveniente hacer el bien a los demás. O, cuando no sea posible, por lo menos no dañar.

Si pasamos de los humanos a las máquinas, encontramos los mismos principios en las tres Leyes de la Robótica de Isaac Asimov, que podemos definir como un código moral programado en los robots para no dañar al ser humano. La primera ley dice que un robot no hará daño a un ser humano, ni tampoco permitirá que lo sufra. La segunda dice que el robot tiene que cumplir las órdenes que le dan los seres humanos, a no ser que estas órdenes infrinjan la primera ley. La tercera dice que un robot tiene que proteger su propia existencia, a no ser que esto viole las dos leyes anteriores. Asimov disfrutaba poniendo a sus robots en muchas situaciones donde estos principios morales chocan entre sí, se contradicen, entran en conflicto, y generan situaciones complejas donde «hacer el bien» empieza a ser algo subjetivo y, sobre todo, relativo.

También los psicólogos se han entretenido en diseñar situaciones imaginarias para testar nuestra capacidad de discernir lo bueno y lo malo en condiciones donde tomar una decisión puede perjudicar a alguien, en diferente grado y con distintas consecuencias, proyectándonos en una frontera borrosa donde los principios éticos se ponen a prueba enfrentando el bien personal al bien común, o un objetivo específico a un objetivo más global. De hecho, en cuanto te asomas a los ejemplos reales te das cuenta de que para tomar decisiones antes hay que definir qué quiere decir «hacer daño», cómo se mide, si hay umbrales, y los criterios que se aplican a la hora de cumplir una regla. Luego hay que lidiar con la vida, hermosa y despiadada, que a menudo parece asociar el daño de unos al bien de otros, tejiendo una red de causas y consecuencias cuya solución matemática por un lado deja en jaque mate a cualquier estratega, y al mismo tiempo, sencillamente, no sigue un patrón de causa-efecto muy previsible. A menudo, a los que queremos hacerlo bien, humanos o robots, muchas veces no nos queda otra que confiar, con cierto temor, en un arriesgado método experimental y empírico basado en pruebas y errores, donde sin embargo la evaluación de aciertos y fracasos de una estrategia sufre de las mismas dificultades de subjetividad y relatividad que afectaba al problema originario. 

Hablando de leyes, es interesante recordar también el ensayo de Carlo Cipolla Las leyes fundamentales de la estupidez humana, publicado en el libro Alegre pero no demasiado. Cipolla, economista e historiador, describía sencillamente cómo dos variables pueden clasificar cualquier ser humano: el bien que uno se hace a sí mismo, y el bien que uno hace a los demás. Si ponemos estas dos variables en dos ejes cartesianos obtenemos cuatro cuadrantes, que separan los incautos (que se hacen daño a ellos mismos para hacer bien a los demás), los inteligentes (que se hacen bien a ellos mismos haciendo bien a los demás), los malvados (que hacen daño a los demás para hacerse bien a ellos mismos) y la gran plaga de los estúpidos (que se hacen daño a ellos mismos haciendo daño a los demás). Estos últimos son el gran problema de la humanidad, porque no son previsibles, no se ven venir, no tienen lógica, con lo cual no se puede hacer nada para contrarrestarlos. Claro está que, según los principios parasitológicos explicados arriba, en realidad las cuatro clases de Cipolla se pueden reducir a dos. Un ladrón es un parásito primitivo y, a largo plazo, al dañar al huésped, finalmente se dañará también a sí mismo. Así que al fin y al cabo es solo un estúpido más, que ha aprendido la labor de aprovecharse. A menudo se confunde, de hecho, ser listo con ser inteligente, y no, no es lo mismo. También el incauto es alguien que no calcula con excesiva mesura porque, descartando situaciones extremas, en general si te perjudicas a ti mismo siempre acabarás perjudicando también a los demás. Como nos han repetido mil veces en cada viaje de avión, si queremos ayudar a los otros, antes nos tendremos que poner a salvo a nosotros mismos. Si caemos, no podremos salvar a nadie. También a nivel espiritual, las religiones más sensatas siempre recuerdan que no puedes ser bondadoso o compasivo con los demás si no logras serlo contigo. Total, en muchos casos, el incauto de Cipolla acaba siendo también un estúpido más del montón, lo cual no tranquiliza a la hora de calcular cuántos, finalmente, están en un grupo, y cuántos en el otro.

Un capítulo aparte, dentro de este complejo panorama moral y cognitivo, lo merecen no tanto nuestros actos como su ausencia. Se puede dañar (a alguien o a nosotros mismos) con una acción, pero también con una no-acción, o sea con una omisión. Aunque en el segundo caso sentimos menos cierta responsabilidad (atención a no usar aquí la palabra culpa, que viene con una carga añadida de represión religiosa y de chantaje emocional), en realidad una no-acción puede dañar tanto como una acción. Entonces, el primum non nocere ha de aplicarse no solamente a lo que hacemos, sino también ¡a lo que no hacemos! Es interesante en este caso recordar que muchas veces el no-hacer se asocia al miedo a equivocarse, que confina a muchas personas en un limbo ansiógeno que, en muchos casos, puede durar toda una vida. Olvidamos que el concepto mismo de libertad incluye la libertad de equivocarse, y la necesidad de hacerlo para mejorar nuestro camino excluyendo opciones que no funcionan. De hecho, en general los remordimientos, pasajeros o existenciales, se asocian mucho más a no haber hecho algo que a haberlo hecho y finalmente haberse equivocado. En el segundo caso, a menudo hay tiempo para ajustar el tiro, pero en el primero, por definición, ya no. Es interesante, en este contexto, que el sistema ejecutivo de nuestro cerebro muchas veces no decide por elección de una opción, sino por exclusión de las otras. Es decir, el cerebro elimina las alternativas que no parecen viables, hasta que se queda solo con una. Lo cual no quiere decir que, como opción, sea buena, que agrade a todo el mundo, o incluso que sea ventajosa por uno mismo. Teniendo todo esto bien claro, entendemos entonces que muchas veces nos vemos obligados a cambiar un axiomático «no dañar» con un más realista «dañar lo menos posible». Vale igual, aunque todas las partes deberían tenerlo bien claro, cuando luego se tratará de repartir consecuencias.

Todo este paquete de reglas, opciones y responsabilidades, oportunamente empapado de glorias y fracasos de la vida de cada uno, de ego y de vínculos, de ilusiones y de miedos, de esperanzas y de inseguridades, nos lo llevamos cada día en nuestra existencia, tanto en nuestra privada cotidianidad como en el contexto social, laboral o profesional. Los médicos juran frente a los pacientes, los robots frente a sus constructores, los monjes frente a sus dioses, pero luego todos tenemos el mismo juramento pendiente de recitar frente a alguien. Los políticos deberían saber que el primero no dañar viene con su nómina y con sus privilegios. Científicos, periodistas o docentes deberían recordar constantemente que lo que hacen y lo que no hacen puede aumentar el sufrimiento ajeno. Padres e hijos, esposos y amigos, cada uno tiene su balanza, y al final del día sus platos no están vacíos. La última medición tendrá lugar cuando acabe nuestra vida, cuando en el bien y en el mal nos haremos las cuentas, y el torbellino de materia y energía que somos se apague definitivamente, devolviendo su forma al río de la existencia. En aquel instante la impermanencia nos situará en un momento presente ya sin pasado y sin futuro, nos proyectará en el último ahora y, finalmente, en uno de los cuatro cuadrantes de Carlo Cipolla. Un momento especial para poder disfrutar (o no) de nuestra última sonrisa.