La ley es el límite que como sociedad hemos fijado, la barrera a partir de la cual no toleramos el comportamiento y lo sancionamos

Si Casado hubiera usado el imperativo categórico en su día, se hubiera dado cuenta de que aceptar un título expedido por una universidad sin realizar dichos estudios no podría ser nunca convertido en una norma universal

Escrito por Elisa Beni para eldiario.es  08/08/2018

Uno de los efectos más evidentes que sin duda ha tenido ya la exposición razonada respecto a Pablo Casado elevada por la juez al Tribunal Supremo es el de descubrirnos hasta que punto la velocidad de los aprendizajes de éste -primero lentos y luego vertiginosos- le ha provocado una importante confusión de conceptos que muestran un panorama desolador. Casado y su panoplia de jóvenes dirigentes para la renovación han mostrado en el plazo de escasos días que no han digerido cuestiones básicas y que pretenden gobernarnos con una sopa espesa de ideas sobre qué sea el Estado de Derecho, la Ley, la Ética, la Moral o la Verdad que, ciertamente, resulta preocupante. De los dirigentes salientes del principal partido de la oposición podíamos esperar cinismo, tancredismo, juegos malabares o directamente mentiras, pero nunca que no tuvieran claras cuestiones básicas sobre las que se asienta todo intento de levantar el gobierno de una democracia occidental.

La frase que me dejó más que muerta procede del propio Casado: “La ley es la ética de la República. La ética la marca la ley” ya que descubre cómo todo un licenciado en Derecho no sólo no parece haber entendido cuestiones básicas, sino que muestra una capacidad de extraer conclusiones muy extravagantes. Vamos a dar por bueno que algún expresidente de la República Francesa en algún momento pronunciara la frase “La ley es la ética de la República”. Y digo vamos a dar por bueno porque no he encontrado en francés ninguna cita ni similar. En cualquier caso si lo hubiera dicho hubiéramos entendido a qué se refería.

La República es una forma del Estado y el Estado no es un ser humano con capacidad moral. El Estado asume como barreras de su actuación las condensadas en la ley como limites comunes adoptados por los representantes de sus ciudadanos. Lo asombroso es la inferencia que hace el líder del Partido Popular a continuación: “La ética la marca la ley”. No sólo la conclusión que extrae de la frase es errónea -no dice eso en absoluto- sino que muestra que no ha comprendido nada respecto al papel de la ley en una sociedad democrática y mucho menos que tenga claro el concepto de ética y moral y cómo el único sujeto moral posible es el individuo. La moral es la ley de comportamiento que cada uno se dicta a sí mismo y cuyo cumplimiento y castigo dependen también del propio sujeto moral.

En la República, o en la Monarquía Parlamentaria, da igual la forma que adopte el Estado en una democracia occidental, la ley supone el mínimo ético pactado entre los ciudadanos. La ley es el límite que como sociedad hemos fijado, la barrera a partir de la cual no toleramos el comportamiento y lo sancionamos. La ley es el mínimo comportamiento ético y, desde luego, como norma de vida sólo a los seres con poca conciencia moral les servirá. Dicho de otra manera, aquel individuo cuya única norma personal de comportamiento sea no infringir las leyes será un ser de una ética tan rala que no merezca ningún aplauso especial. Afortunadamente existen millones de seres humanos que tienen un listón más alto y que aspiran a ser mejores personas. No querer saber que existen comportamientos humanos de una rectitud y una altura moral encomiable que deben ser reconocidos por todos es o no vivir en este mundo o desear otro mucho peor. Me gustaría aconsejarle al que se siente futuro presidente de este país -quizá corriendo tanto como con sus cursos- que mejor se rija por el imperativo categórico de Kant que constituye una guía magnifica, un mandamiento autónomo, para regir el comportamiento humano de forma moral en todas sus manifestaciones: obra de modo y manera que la máxima de tu voluntad pueda ser elevada a ley universal.

Si Casado en lugar de trastabillar con los conceptos hubiera usado el imperativo categórico en su día, se hubiera dado cuenta rápidamente de que aceptar que un título expedido por una universidad te pueda ser entregado sin realizar los estudios y actividades necesarias para el aprendizaje, por mucho que tu voluntad te lo pida, no podría ser nunca convertido en una norma universal. La norma “entreguemos titulaciones sin asistir a clase ni hacer exámenes a todos”, destruiría nuestro sistema de educación y formación y acabaría con los principios de mérito, esfuerzo y capacidad. Es imposible que lo que a él le fue dado se convirtiera en la vara de medir para todos ergo no era ético.

La loca afirmación de Casado ha sido la más llamativa, pero el resto de su núcleo duro no se ha quedado a la zaga. Maroto dice: “si la jueza no ve delito, su trabajo ha terminado; no es habitual llevarlo al Supremo para ver si allí ven algo”. Cierto es que el ex alcalde de Vitoria no es jurista, pero una persona pública no puede tropezarse tanto con el concepto de la exposición razonada que recoge la Ley de Enjuiciamiento Criminal ni puede aturullarse tanto con la verdad. La verdad, si hubiera asomado siquiera la nariz al documento judicial en vez de refregarse con el argumentario es que la jueza ¡no es que vea delito es que ve dos en concurso ideal!

Cuando el ingeniero García Egea afirmaba a la SER que “todas las acusaciones se han ido archivando una a una” y “la jueza ha reconocido que todo se hizo correctamente” quiero suponer que está asumiendo argumentos que le han pasado porque que una mente de ingeniero se aparte tanto del duro dato objetivo y de la realidad de lo que contiene la resolución de la instructora me resulta inverosímil. Preocupante también que Dolors Montserrat no se cansé de pregonar que “el caso es irrelevante” ya que carece de sentido dejar al desnudo la poca visión política que esa afirmación demuestra. El caso no es irrelevante ni lo era cuando decidieron elegir a Casado como líder. Cualquier analista sensato ponía entre los elementos a valorar la posibilidad cierta de que sucediera lo que de facto ha sucedido.

Así que ahí tiene el Partido Popular a sus renovadores, boqueando como peces en el suelo de la lonja. No sé que estarán pensando algunos de los arrinconados cuando hayan leído con asombro estas manifestaciones. A mí no es precisamente la caída o no del líder del PP lo que me inquieta (ya les expliqué en Lo que destruyen). Incluso siendo perverso, Casado es un hacedor nato de espacio para que pesque el PSOE en el electorado del centro del eje de abscisas. De otros no lo podemos predecir porque, recuerden, lo de que Soraya era la candidata de la izquierda sólo lo dice la derecha.