El Museo del Prado cambia la identidad de dos retratos del pintor sevillano, pero no descubre quiénes son

PEIO H. RIAÑO para El País- 5 NOV 2018

En la imagen de portada ‘El Primo’, retrato conocido hasta ahora como ‘Sebastian de Morra’. MUSEO DEL PRADO


Los Austrias emplearon a un loco o a un enano por año. La Corte quería diversión y entretenimiento, quería “gente de placer”. La misión de estos personajes era acabar con las penas de los reyes y los nobles. Entre 1563 y 1700 hubo más de 120 de estos especialistas en barrer la melancolía de la Corte, aunque solo una veintena de ellos fueron retratados. El problema surgió cuando los historiadores del arte, hace siglo y medio, quisieron conocer sus nombres. Se encontraron con la invisibilidad de estos protagonistas que no fueron “criados normales” (como se asegura en la historiografía tradicional), ni tampoco normalizados: ser enano o loco en la Corte era no figurar en ninguna parte. No hay rastro de ellos ni en nóminas, ni en asientos, ni en pagos. No tenían oficio, ni cargo, aunque debieron atender el encargo de alegrar la vida del Alcázar viejo (residencia de los reyes en tiempo de los Austrias). Entonces se les conocía como “sabandijas palaciegas”. Hoy los vemos como pequeños héroes sin historia.

No existían, pero Velázquez los inmortalizó. “Un retrato costaba mucho dinero, por eso Velázquez no los retrató porque quisiera. Posiblemente fue un encargo de Felipe IV al pintor, pero no hemos encontrado el documento de la orden. Conocemos algunos nombres de los personajes, pero nos falta saber el porqué de la petición”, cuenta a EL PAÍS el historiador del arte Ángel Aterido. Para este investigador, el problema es que la documentación no aclara sus discapacidades.

“Buscamos información que la documentación no contiene”, cuenta Aterido. Por eso los nombres de los retratados bailan. De hecho, gracias a una investigación de los especialistas Pablo Pérez D’Ors, Richard Johnson y Don Johnson de hace seis años, el Museo del Prado acaba de alterar la personalidad del retrato conocido hasta el momento como Sebastián de Morra. Ahora su retrato ha pasado a llamarse El Primo. Y el conocido como Diego de Acedo será simplemente Bufón con libros, según publica Abc. De sus nombres, ni rastro. Nadie sabe quiénes fueron, como ya avanzó el primer historiador que se interesó por sus vidas, José Moreno Villa, en su reconocido estudio de 1939, Locos, enanos, negros y niños palaciegos.

La diversión, cuenta Moreno Villa, tenía un límite. “Felipe IV debía tenerlos a raya”, escribe. Un bufón toreador, que se llamaba Cristóbal de Castañeda y Pernia (apodado Barbarroja), se atrevió a reírse del rey y fue desterrado a Sevilla por el monarca. Fueron muy favorecidos, a pesar de su invisibilidad documental, y abusaron de sus puestos de confianza, porque hacían de mensajeros y espías. A base de “ditirambos y críticas” influían en la opinión pública. El historiador cuenta lo útiles que fueron para el servicio real, incluso para hacerse crecer: “Mirando los retratos de Felipe IV con Soplillo, y de Isabel Clara Eugenia con la enana Magdalena Ruiz, surge la sospecha de que los enanos gustasen a las personas reales por el realce que prestaban a su figura”.

Así que cada vez que se enfrenten, en el museo, a ese hombre que nos mira retador, sin apartar la vista desde hace casi cuatro siglos, recuerden que ya no es Sebastián de Morra, sino El Primo.Este acompañó a Felipe IV a Aragón en 1644, y allí fue retratado por Velázquez. El monarca llegó con cuatro años de retraso a la campaña militar contra el levantamiento catalán. Para Moreno Villa, El Primo es el apodo de Diego de Acedo, cuyo segundo apellido era Velázquez. La ironía hizo el resto.

Ángel Aterido recalca que Velázquez se plantea un retrato “normal” de personas que estaban en los márgenes de la “normalidad”, para conquistar un enfoque muy real e inmediato. Lo mismo hizo con los filósofos al vestirlos de mendigos. “La visión de Velázquez es acercar el representado al espectador, buscando el pálpito de la vida que tienen. No son personajes estáticos. El único que es una estatua en sus retratos es el rey, el resto está vivo”, explica.

Para el experto, a los enanos les ha pasado como a las mujeres en la historia del arte, que han sido marginados. Eso ha cambiado. “La historiografía evoluciona con la sociedad. Por más que estudiemos nuestro pasado lo haremos siempre desde nuestro tiempo y desde los intereses contemporáneos. Focalizar ahora sobre los márgenes de lo considerado gran pintura es lógico, porque nuestra sociedad está recuperando esa parte de la sociedad olvidada”, cuenta.

En su libro Locos, enanos y hombres de placer en la corte de los Austrias (Presencia), el catedrático de Historia del Arte Fernando Bouza se interesó por estas sombras del relato histórico, cuya presencia tiene por objetivo ennoblecer a los grandes personajes, de quienes sí conocemos todos sus datos personales. Sin embargo, le llama la atención la necesidad de poner nombres a esta “gente de placer” retratada por Velázquez para devolverles a la vida. “Todavía no sabemos quién era el caballero de la mano en el pecho o el cardenal de Rafael, ambos en el Museo del Prado, y sin embargo estamos obsesionados —desde Pedro de Madrazo, en 1872— con el mito del retrato intimista que los dignifica”, señala.