El Rey Juan Carlos I. CARLOS ÁLVAREZ (GETTY)
ALMUDENA GRANDES (22 JUL 2018) EL PAÍS
Quizás
Quizás al cabo no fuera tan buen negocio. Quizás eso es lo que están pensando hoy los supervivientes, pocos ya, del selecto círculo de poder que se arrogó el derecho de tomar decisiones en nombre de todos los españoles durante la Transición. La iniciativa de convertir a Juan Carlos I en el Mesías de la democracia, por el procedimiento de blindar férreamente su imagen en todos los medios de comunicación, era una espada de doble filo. Por una parte aseguró el prestigio y la popularidad de un monarca del que sólo se publicaban alabanzas, en algunos medios con una frecuencia e intensidad que rozaban el ridículo o incluso se sumergían completamente en él. Pero por otra, en la medida en la que se convirtió en la medida de la excelencia y el símbolo indiscutible de la nueva España, la imagen de Juan Carlos I estaba abocada a padecer el mismo desgaste que el sistema que lo elevó a unos altares que no siempre habían alcanzado sus antepasados. Ese momento ha llegado, y su figura está en crisis por el mismo motivo que ha provocado la crisis de las instituciones democráticas que su persona simbolizó con tanto éxito. Quizás, si el blindaje público de Juan Carlos I no hubiera sido tan absoluto, si se hubiera sentido expuesto a las críticas que todos los españoles somos susceptibles de recibir por la buena o mala calidad de nuestro trabajo, si se hubiera fabricado la imagen de un rey más humano y menos campechano, el juez De Gea no habría llegado a tomar una decisión que marca un punto de inflexión aún más profundo que el encarcelamiento de Urdangarin. La luna de miel ha terminado. Los españoles hemos aguantado más corrupción institucional de la que somos capaces de soportar. Quizás el error ha sido no tomarnos en serio. Ni entonces, ni ahora.