Jesús Gascón Bernal

Tengo un amigo que se llama Eilin. A veces mi amigo vuela conmigo, pero no siempre vamos juntos. Se parece a mí. Mi madre dice que soy yo mismo, que me desdoblo, pero yo sé que eso no es cierto, que lo dice porque cree que hablo solo; lo que pasa es que cuando hay alguien más, Eilin se oculta; es muy vergonzoso, quizá porque tiene las orejas muy grandes y no tiene boca. Pero él no necesita hablar para que yo le entienda. A veces está alegre y otras no tanto, pero igual salimos volando desde el muro del jardín o desde la azotea de casa donde pasamos muchas tardes jugando con los troncos de la leña. Casi siempre nos alejamos de los demás. A veces nos cuesta emprender el vuelo, a mí más que a él porque es un poco más pequeño y más rápido. Nos elevamos por encima de los tejados, hasta la torre más alta donde nos posamos; no tenemos miedo a la altura, pero nos cuesta mirar hacia el sol, por eso evitamos volar muy alto. Hay días que vamos hasta la montaña blanca, que es muy grande; antes de llegar nos paramos sobre los árboles del bosque para descansar. Allí no estamos solos; hay seres que viven en las ramas y, a veces, nos dan comida. A Eilin le gusta el chocolate, pero se lo come cuando nadie lo mira, es muy vergonzoso. Nos gusta lanzarnos al vació cada vez que iniciamos el vuelo, abrimos los brazos y las piernas y a veces nos damos las manos para subir hasta donde nadie puede llegar; entrar en los sitios más extraños que vamos encontrando. También me gusta que los demás sepan que sé volar, pues en el mundo donde vivo nadie sabe, y me siento un ser especial; a Eilin creo que le pasa igual, aunque es muy reservado.

Si no volamos, jugamos en el estanque cerca de casa; en el agua hay peces rojos que viven con un niño que se llama Quiquín, él los cuida y nos deja jugar con ellos, pero sin hacerles daño pues son muy sensibles y cuando hablan les huele la boca a algas, aunque yo no sé muy bien como huelen las algas, pero esto me lo ha dicho Eilin. En la planta alta de la casa vive un hombre muy mayor que tiene todas las paredes llenas de platos colgados, y colecciona cosas antiguas; algunas tardes nos invita a merendar y prepara chocolate a Eilin, en una taza llena de flores dibujadas; todos los que nos juntamos alrededor de la mesa, somos amigos del jardín y vivimos en la floresta. Más arriba hay otra casa donde vive un perro que siempre está ladrando, pero es porque se aburre. Se llama Till y tiene la piel de color naranja con letras escritas sobre ella, porque sabe escribir; con él entramos en lugares que nadie se imagina, y cuando salimos encontramos mensajes ocultos en las cosas, que nos hacen crecer. A Till no le podemos llevar al estanque porque persigue a los peces para jugar con ellos, y se asustan; tampoco le gusta volar, por eso se pasa mucho rato solo y ladra.

Desde su casa se sube a otra que está junto al tejado. Todas las habitaciones están llenas de flores de distintos colores. Las flores viven solas y por los mañanas se abren, y pueden vernos. La más pequeña nos acompaña hasta el tilo que está junto a la hiedra, pero no suele pasar de allí pues a veces se pierde cuando quiere volver arriba. En el interior del tronco del tilo hay unas escaleras por donde podemos subir y salir a las ramas, si llueve nos quedamos dentro y tratamos de ver a Mañana, el pájaro que tiene el nido en lo más alto del tilo. Cuando nos ve venir, Mañana siempre se aleja, es más rápido que nosotros; solo Eilin algunas veces consigue alcanzarlo, y vuela con él. Cuando vuelve me habla del futuro.