Jesús Gascón Bernal

Trabajaba enfebrecidamente. Aquel era el día en el que yo estaba terminando de construir mi casa de luz de luna. Me había aislado del mundo para concluir mi obra; un sueño antiguo, un proyecto nacido de un poema sobre una luna que baja a bañarse al estanque, y se queda a vivir allí. Como un presagio, al finalizar la tarde la luna había salido roja y desértica, a pesar de la suave lluvia, y derramaba una catarata de luz que se introducía en el interior de los muros de policarbonato y cristal, emitiendo un tenue resplandor lechoso. El lucernario sobre la cubierta de cinc iluminaba el estanque cuadrado sobre el pavimento del salón, de grandes losas de piedra volcánica, que recogía el agua de lluvia y del drenaje del jardín; en él nadaban al unísono dos peces azules que sabían hacer dibujos en el agua. Había pasado mucho tiempo imaginando su diseño, y luego construyéndola, incluso con mis propias manos.

En el jardín de la casa de al lado una niña me miraba trabajar. Yo clavaba unas tablas en el exterior, rematando la celosía de madera que era capaz de atrapar los pensamientos que volaban libres y convertirlos en historias. Tras el seto de la valla, el agua empapaba su pelo rubio chorreante y su cara feliz. Cuando vio que la miraba, se quitó las zapatillas verdes, escudriñando de reojo que su madre no la viera desde la cocina, e inició una danza sobre la húmeda hierba. Movía sus brazos y contorsionaba sus piernas, sin separarlas, como una diosa antigua de Nina Paley, vestida con tejanos y camiseta amarilla; pero yo no tenía tiempo para contemplarla y seguí trabajando. Marta, que así se llamaba mi pequeña vecina al acabar me saludó inclinando su ágil cuerpo de hojas de agua, Pero sobre sus mejillas, me pareció ver lágrimas de decepción por haberla ignorado, o tal vez fuesen gotas de lluvia golpeando su cara, de donde había desaparecido su sonrisa. Se metió en casa con sus zapatillas verdes en la mano. Llovía con desconsuelo sobre las camelias blancas ondulantes de luz lunar.

Cuando ya estaba terminando vino a buscarme Vega. De pronto recordé que había quedado esa tarde para ir a la audición de flauta donde ella tocaba, y así volver juntos; pero el tiempo… ¡se me había pasado tan rápido construyendo la casa!, que había olvidado la hora que era. Al ver su cara de enfado comprendí la importancia que tenía para ella el que yo hubiese estado allí dándole ánimo. En ese momento estaba colocando el tatami donde se apoyaría nuestra futura cama; frente a mí, la veía de pie con su impermeable de color kiwi. Creí que se iba a alegrar al verme terminar, pero también lloraba como Marta; es posible que se debiese al ambiente de humedad que parecía emanar de las tablas de madera de haya añorantes de los bosques húmedos; pero no eran lágrimas lo que surgían de sus ojos sino reproches. Mientras yo me afanaba por terminar y poder estar con ella, Vega se fue entre la lluvia. También se fue la cama donde nos amaríamos en el futuro. Tuve un impulso de correr tras ella, pero tenía que acabar la casa esa noche… mañana la llamaría y todo volvería a ser como antes. Por el jardín, a ras de suelo, vi que se habían quedado los restos pisoteados de amor y de esperanza. En realidad, Vega había venido a decirme adiós. A media noche dejó de llover; la casa estaba acabada justo a tiempo, y la luna llena la inundó de luz. Cuando nació, vi que era una casa bella.

Con el paso del tiempo en esta casa no ha habido niños con los que jugar en el jardín. Nadie que se coma las pastas de nueces y pasas que suelo hacer los domingos y que huelen a canela; ninguna enamorada habita entre sus paredes lacadas de azul Okinawa, donde los continentes se dibujan con las palabras de sus nombres. Nadie se ha querido quedar en ella a vivir conmigo. A veces vienen los amigos a visitarme, pero no recuerdo que haya risas en su interior. La casa invita al llanto; las lágrimas van llenando el estanque interior sobre el pavimento de diseño, donde los peces ya apenas se mueven por el exceso de agua salada.

Pero cuando llego después del trabajo mi casa de luz de luna me espera como una amante entre las sombras del jardín. Abro su puerta de madera de teca negra, y noto su abrazo. Con ella soy feliz, aunque tengamos nuestras diferencias, como cualquier pareja.