Jesús Gascón Bernal

Cada vez que se abre la caja, y la luz nos despierta del profundo sueño, me preparo para la batalla. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? A veces son años y otras, días nada más. Siento de nuevo la fuerza dentro de mí: nosotras somos las más poderosas, las que luchamos de verdad, no como lo reyes, que solo sirven para llevar la corona. Miro a mi eterna enemiga, cada vez parece más desgastada; será por la edad; su color negro brillante se ha vuelto más blanquecino ¿le estarán saliendo canas? Además, parece haber perdido una incrustación en el remate de su collar. Me alegro, es una zorra. Está mirando golosa mis infantes [he de protegerlos como si fueran mis hijos, no vaya a ser que se repita lo de la última partida].  Su mirada es arrogante. Creo que a veces se olvida que esto es solo un juego, que estamos condenadas a repetir esta lucha a través de los tiempos.

Blanca jugaba con blancas. Era el protocolo. Las piezas alineadas aguardaban sobre el viejo tablero de cedro y caoba, cuyo sedoso tacto invitaba a descansar las manos sobre él, a que los dos contendientes las condujesen a la victoria. Las reinas se observaban en la distancia, tras los infantes preparados para avanzar; los reyes, somnolientos aún, se resguardaban de las futuras amenazas, entre sus obispos y caballeros. En las cuatro esquinas, las torres delimitaban el campo de batalla. Batallas que construían la memoria de los hombres, evocando los acontecimientos que ya habían sido y, tal vez, vaticinando los que estaban por suceder.

Guilhem contestó con la defensa Cerrada a la apertura Castellana de la futura reina de Navarra. El Ducado de Aquitania era sin duda menos poderoso, pero también ellos sabían jugar al ajedrez, ¿No era acaso por donde había penetrado la nueva escritura carolina en los reinos del Norte? ¿No habían sido sus recientes antepasados los que habían traído de nuevo la cultura clásica de la antigüedad a través del Camino? Él también sabía vestir a la moda que imperaba en la corte francesa: el jubón y las calzas del color de la Casa de Nevers y la nueva jaqueta acolchada con abotonadura dorada. Aunque había elegido cuidadosamente su vestimenta para este encuentro, se sentía un tanto envarado frente a la desenvoltura de Blanca que mostraba sus hombros y el nacimiento de sus pechos bajo el brial de color carmesí. A través de la redecilla de su tocado, se veían las dos trenzas de su rubia cabellera.

Pero apenas se miraban. Blanca parecía dudar, cogió su alfil de rey, pero lo volvió a depositar despacio sobre la misma casilla. Por un instante sus ojos se posaron sobre los de su adversario: ¡era tan guapo! Era la primera vez que le atraía un pretendiente, que además era de su edad. El reino de Navarra necesitaba consolidarse frente a los aragoneses, pero ella soñaba con casarse enamorada. Guilhem avanzo su infante dos casillas, y Blanca retrocedió el caballo que había osado amenazar a la dama. Junto a la celosía Brunilda y Aitana parecían estar absortas en sus costuras, pero Blanca sabía que, entre las telas que bordaban, no les quitaban el ojo de encima. Su padre estaba en Palacio, y su madre andaba por sus aposentos, probablemente dormida; solo ellos dos mantenían la vida de la casa, concentrada ahora en el tablero de ajedrez. Pero otra batalla, la de su incipiente atracción, se producía entre los dos jóvenes destinados a enamorarse. Blanca había rechazado ya dos pretendientes, pero Guilhem le gustaba de verdad. Al mover Guilhem una torre, que pasó a atacar el enroque, sus dedos se rozaron sobre el tablero. Blanca apartó la mano, pero miró si las sirvientas se habían percatado de la zozobra que le había supuesto ese ligero contacto. Afortunadamente el tablero quedaba oculto por la caja de madera que guardaba las piezas. Guilhem estaba enamorado desde la primera vez que la vio en la catedral de Potigny, pero en realidad apenas se conocían; era la segunda vez que estaban juntos. A veces se hablaban a trompicones, pero sus miradas se buscaban. Él quiere que ella gane porque no quiere disgustarla, quiere que sea feliz, como una niña a la que se le ofrece un regalo; ella en cambio sabe que juega mejor que él, pero quiere dejarlo ganar porque pretende que sea su señor, su marido y con el tiempo rey consorte; la han educado para que sea el hombre el que debe prevalecer. El Alfil blanco acaba con un peón que cae sobre el tablero. Ambas manos se juntan de nuevo para recoger la pieza caída, pero esta vez no hay prisa en separar un contacto deseado. Las sirvientas ahora parecen dormitar la siesta

Guilhem introduce su dedo índice bajo la palma de la mano de Blanca.

Ella acaricia su mano fortalecida por el manejo de la espada; cierra su mano en torno a su dedo e inicia un suave y lento movimiento que avanza y retrocede friccionando el dedo húmedo prisionero en el interior de su blanca mano. Es un movimiento inocente, como un juego, pero tan cargado de deseo que hasta las piezas se ruborizan. Las dos damas detienen sus hostilidades por un momento, mientras las dos sirvientas parecen cabecear en la siesta de la tarde. Arriesgándose a ser descubierta, con las manos juntas, Blanca introduce el dedo cautivo en su boca: El movimiento es ahora cada vez más rápido. Guilhem cierra los ojos; Blanca le mira; las sirvientas están ajenas al jadeo de la batalla. Por un momento las piezas vibran, algo ha golpeado por debajo de la mesa. El caballo, abatido en la partida, se pone de nuevo en pie.

Las damas están irritadas, ellas solo quieren ganar, no comprenden lo que está sucediendo sobre el tablero. Tampoco saben del deseo de los jóvenes, tal vez son demasiado viejas o quizá nacieron ya viejas, cuando las mandó tallar el Rey Sabio. Tras la ventana una mariposa bate sus alas; es el presagio de que algo va a cambiar en el reino.

 

Nos han vuelto a colocar en la caja. Mi enemiga se ha llevado a las dos infantas. La lucha de este juego interminable será la misma en el futuro, solo variarán los nombres que nos van dando con el tiempo: Sophia, la dama Blanca; Laetitia, la dama negra; Jean Carolus I, el rey blanco; Philipe VI, el rey negro…  En realidad ¿Para qué sirven los reyes?