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“Corremos, como el conejo de Alicia, quejándonos de que llegamos tarde por mucho que corramos”.

02 enero 2019 en lamarea  JOSÉ OVEJERO

Para un cuerpo en movimiento el tiempo transcurre más despacio que para un cuerpo en reposo. Este descubrimiento de Einstein parece no aplicarse al tiempo psicológico: quien actúa y se mueve continuamente tiene la impresión de que el tiempo transcurre muy deprisa. Quien está quieto asiste a su lento discurrir.

Tenemos lavadoras, lavavajillas, microondas que reducen las horas que dedicamos a las tareas caseras. Desde el ordenador gestionamos nuestro mundo sin salir de casa (esto es, sin “perder” el tiempo en trayectos): compramos billetes, consultamos libros, realizamos gestiones administrativas sin esperar en colas, enviamos documentos, hablamos con la abuela por skype. Todo parece pensado para ahorrarnos el tiempo. Deberíamos tener la impresión de que nos sobra, aburrirnos, pasar horas pensando, o tan solo respirando, aturdidos por la vasta extensión de horas que se abre ante nosotros. Y sin embargo una de las quejas más frecuentes en eso que llamamos mundo moderno es la falta de tiempo. Corremos, como el conejo de Alicia, quejándonos de que llegamos tarde, y por mucho que corramos no vemos a nuestros amigos cuanto quisiéramos, se nos acumulan las tareas, nos sentimos desbordados si de pronto nos damos cuenta de que también, lo que faltaba, tenemos que hacer la compra porque mañana es fiesta y cierran los comercios. Aunque el chino está abierto. Esa es parte del problema: siempre hay abierto un chino.

O, más bien, el chino soy yo. Siempre disponible, incapaz de echar el cierre metálico y aislarme del mundo o entregarme no al ocio (que hemos convertido en otro campo de productividad, aprendizaje, mejora, perfeccionamiento, crecimiento personal), sino a la inactividad improductiva. Y ¿por qué lo hacemos, por qué nos hemos convertido en despiadados capataces de nosotros mismos? Por supuesto, podemos echar la culpa al sistema. Y, también por supuesto, quien tiene que combinar varios empleos precarios con el cuidado de la familia tendrá razón en despotricar contra un capitalismo cada vez más depredador y explotador. Y sin embargo este no es el caso de todos. Muchos tenemos la impresión de haber interiorizado el sistema de tal forma que aunque podríamos permitirnos el sencillo placer del juego sin objetivo ni meta, de compartir inactividad con alguien cercano, de dedicar más tiempo a la conversación y a la caricia, queremos, buscamos, necesitamos una actividad que nos dé un sentido, una sensación de utilidad, de productividad.

Por ejemplo, ¿qué hago yo un sábado por la tarde, además festivo, escribiendo este maldito artículo? ¿No debería estar paseando, o asomado a la terraza, o en la cama con mi compañera? Y cuando termine me espera otro sobre humanismo y pornografía, y tengo que corregir la novela, y debería ir pensando en qué ofrecer después a… Y además sé que voy a tardar más de lo que deseo porque entretanto consulto el correo electrónico, me meto en Facebook o Twitter, envío una factura a tal medio, compruebo que mi contrato de Internet es el que he solicitado…

Puedo hacer tantas cosas. No, no necesito muchas de ellas, pero puedo, en el sentido de que tengo la posibilidad y la necesidad. Hemos cultivado un ansia de omnipotencia. Como los jóvenes del 68 lo queremos todo y lo queremos ahora. Si buena parte de los avances tecnológicos y sociales habían abierto la puerta a ver el mundo como posibilidad, enseguida hemos convertido la posibilidad en obligación. Me autoexploto. Entrego mi tiempo a desconocidos en las redes sociales. Vendo mi producto, que puede quedarse obsoleto en cualquier momento. Me vendo. Consumo. El tiempo no es oro sino una inversión de riesgo en un futuro volátil. La vida no es, como para los campesinos de antaño, una sucesión de surcos en la que se podía calcular cuánto se tardaría en abrir cada uno y adaptar el cálculo a un horario marcado por el sol. Ahora la vida es una red potencialmente infinita: cada vez que pasamos de un nudo a otro se multiplica el número de nudos a nuestro alcance. También introducimos a nuestros hijos en ese modo de vida: no basta con el colegio, tienen que ir a clase de pintura y al fútbol, a música y a cocina, aprender a usar las (ya no tan) nuevas tecnologías, porque qué padre o madre no quiere lo mejor para sus hijos, que desarrollen todos su potencial para que más tarde puedan elegir y abarcar, crecer al máximo, ser lo máximo.

Sí, es el sistema, pero un sistema tan refinado que ya no necesitan obligarme o exigirme. Me obligo yo. Me exijo yo. Porque lo quiero todo. Ahora. Porque puedo hacer tantas cosas que las cosas me pueden. Porque tengo miedo a desaparecer, a no contar, a no existir. Y la única prueba de que existo no es que pienso, sino que actúo y me ven actuar, que provoco cambios aunque solo sea en la percepción de los otros. Me expongo, en la doble acepción del término. Rompo mis límites, estoy en todas partes. Como Dios. Eso es, como un Dios que no respira y que, el séptimo día sigue creando el mundo, no de la nada, sino de sus propias entrañas. Un Dios exhausto y, a pesar de todo, impotente.

Y ahora ya lo has escrito; no pases a la siguiente tarea. Cierra el ordenador. Ve a ver qué está haciendo tu compañera. Olvídate… de todo. Pero acuérdate de, cada día, encontrar ese espacio improductivo, inútil, placentero. Es difícil, pero deberíamos intentarlo. No ganar tiempo, sino perderlo