La ruptura en Cataluña es una enmienda a la monarquía, el centralismo, el bipartidismo, las élites, el autoritarismo y las estructuras franquistas del sistema

El poder quiere una segunda Transición que lleve a una Restauración, porque si dejara votar a los catalanes, tendría que dejarnos votar a todos

Javier Gallego en eldiario.es 21/10/2019

El problema de Cataluña no va solo de independencia, va de democracia. Va de que la mitad del electorado quiere dejar España y entre un 70% y un 80% quiere votar en qué país vivir. Va de que cientos de miles de manifestantes llevan años tomando las calles y pidiendo ser escuchados por el Estado pero las únicas respuestas que han recibido son el mazo y la porra. Va de que hay un enorme movimiento de masas que reclama revisar su contrato social y no se le puede contestar con represión policial, sentencias judiciales y amenazas políticas. Va de que se ha puesto a prueba al sistema democrático español y ha vuelto a responder con ley, orden y mando.

Puedes estar en contra del independentismo, pensar que sus líderes han instrumentalizado a sus bases, que se han saltado las leyes de todos y han dejado a la mitad de Cataluña al margen, que los corruptos se han parapetado en la bandera, que es una lucha clasista más que una lucha de clases, que es una pataleta burguesa más nacionalista que social, que hay supremacistas infiltrados, etc… Puedes cuestionar todo lo que quieras las razones para la independencia, pero es incuestionable que detrás hay una reclamación popular de más democracia ante un sistema en crisis, como había en el 15M y los indignados.

Lo que se discute no es solo el modelo territorial, es el modelo de Estado y el pacto del 78. Es una petición masiva de participación en la construcción de un país diferente que para los independentistas es una República catalana y para todos es otro Estado español que podría ser federal, plurinacional, incluso republicano. La ruptura en Cataluña es una enmienda a la totalidad de la monarquía, el centralismo, el bipartidismo, el autoritarismo y las estructuras franquistas que perviven en el sistema.

No es casual que coincida la dificultad de exhumar a Franco con la dificultad de votar un nuevo orden. El problema de España que se revela en el problema de Cataluña es que el antiguo régimen se resiste a que lo exhumemos y lo enterremos. De ahí que el statu quo, con el rey y los partidos cortesanos a la cabeza, reacciona con virulencia para impedirlo. El poder quiere una segunda Transición que lleve a una Restauración, porque si dejara votar a los catalanes, tendría que dejarnos votar a todos, y muchos tienen miedo de que les quitemos de enmedio como al Caudillo.

El procés no es un proceso anticonstitucionalista como dicen los que se autodenominan constitucionalistas, es un proceso constituyente. Por eso los republicanos y demócratas verdaderos, no los de boquilla y pulserita, aunque no compartamos los fines separatistas del independentismo, deberíamos apoyar sus medios democráticos: más participación de los ciudadanos en las decisiones esenciales. Que voten los catalanes y que votemos todos los españoles en qué nuevo país queremos vivir.

No se puede seguir negando la marea democrática que inunda Cataluña. El desbordamiento de estos últimos días es la demostración de que ni la represión policial ni la cárcel ni el 155 pueden contenerlo. Al contrario, cuanto más se estrecha el río, más se desbordan las aguas provocando indeseables episodios de violencia callejera y excesos policiales. Cuando la calle se desborda es porque el cauce legal se ha quedado pequeño y hay que encontrarle un nuevo cauce político antes de que tengamos que lamentar daños irreparables. Es sencillo aunque lo hagan difícil. Hay que hablar y escuchar. Votar y acatar. Democracia, vaya.