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Palabras que no lleva el viento

Nuevo libro de Adolfo Yáñez, autor entre otros de "Heterodoxos y olvidados", quien recurre al diccionario, donde se supone que está el universo entero, para elegir las palabras que tienen peso y sonprincipio de partida y referencia para filosofar y saber a qué atenernos en la vida, como indica el profesor José Luis Abellán en el prólogo de esta interesante obra.

2015-01-14 18:49:22

PRÓLOGO

Por José Luis Abellán

La filosofía ha sido definida en varias ocasiones como un saber a qué atenerse, entendiendo por este saber un principio de referencia, llámese ser, sustancia, yo, conciencia, vida, etc. En primer lugar, es evidente que dicho principio constituye un punto de partida con valor universal y, por lo tanto, no puede ser arbitrario. Cuando el autor del presente libro pretendió establecer dicho punto de partida intentó, por lo mismo, dejar también fuera toda arbitrariedad. Adolfo Yáñez no era un filósofo clásico, ni pretendía serlo; era un hombre sencillo, sin grandilocuencias de ningún tipo, pero con un claro afán de saber, con una indiscutible necesidad de saber a qué atenerse, es decir, de encontrar aquellas "palabras que no se lleva el viento".

 

INTRODUCCIÓN

¿POR QUÉ ESTAS REFLEXIONES?

Dicen que las palabras se las lleva el viento. Y es verdad. Es verdad ese viejo aserto si nos referimos al hecho de que sólo permanece lo que se escribe o lo que se graba, pues el aire es un ancho camino por el que la voz humana se escapa demasiado fácilmente, sin dejar tras de sí huellas ni compromisos.

Es cierto también que hay palabras ligeras, sin consistencia, que vienen y van. Algunas se inflan e inflan de repente como globos y parecen llamadas a llenar el mundo, pero no esconden nada y se diluyen cuando menos nos damos cuenta con la misma celeridad que tuvieron al llegar. Hoy está de moda hablar, por ejemplo, de globalización, de "músculo" financiero, de mileuristas... Igual que en otros tiempos fue frecuente en España aludir a temas de los que ya casi nadie se acuerda. ¿Los jóvenes actuales, entretenidos con su "nintendo", su "i-pot" o su "e-book", imaginarán siquiera lo que hace medio siglo supuso entre los adolescentes una popular distracción nacional que denominábamos guateques o lo que significaron corrientes políticas o filosofías como el euro comunismo o el existencialismo, generadoras de formas de vivir, de doctas conferencias y de innumerables libros? ¿Sabrán la presencia que en la vida diaria de sus abuelos tuvieron pequeñas cosas como los bieldas, las artesas o las tinajas? Esas palabras  -podría enumerar docenas- pertenecen al elenco de vocablos que estuvieron en labios de todos en determinadas épocas y luego se evaporaron sigilosamente. Como se esfumarán muchas que en estos momentos aparecen a cualquier hora en los periódicos o en nuestras conversaciones.

Otras, sin embargo, tienen peso, permanecen de continuo, se adhieren a no importa qué latitud y a no importa qué tiempo. Son principio de partida y referencia para filosofar y saber a qué atenemos en la vida, como indica el profesor Abellán en el prólogo que ha tenido la delicadeza de escribirme para este libro y que le agradezco infinitamente. Figuran en los incontables idiomas que nos hemos dado los hombres e inciden en el pobre y en el poderoso, en el ignorante y en el sabio, en el corrupto y en el honesto. A una selección de tales palabras voy a referirme en las páginas que siguen. Porque no son efímeras ni jamás se vacían de sustancia. Porque poseen carne de eternidad y no hay vendaval que se las lleve. Porque sirven de armazón a nuestro cerebro y ordenan los pasos que damos desde la cuna a la sepultura.

Conviene tener claro que su universalidad no las convierte por ello en unívocas ni transparentes; las palabras importantes guardan con frecuencia en su entraña enfoques múltiples. Tampoco son, forzosamente, palabras inocentes. A veces, dan la impresión de que necesitan oponerse con ferocidad entre ellas para ganar adhesiones entre quienes las utilizamos, aunque seamos nosotros, claro está, los culpables de que determinados términos se conviertan en fortines belicosos o en belicosas trincheras. También a nosotros nos deben esos términos el que, en numerosas ocasiones, disfruten de una beatífica aureola que no siempre merecen. ¿No es ésta la razón por la que las grandes máquinas de poder -partidos políticos, confesiones religiosas, medios de comunicación, "lobbys" o empresas multinacionales- se afanan en imponer su propio vocabulario? ¿No es porque saben que, a través de las palabras, se crean costumbres y dependencias en las que hay mucho que perder o ganar?

[Ver en este enlace el resto del extracto del libro que culmina con algunos ejemplos]

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humor.corto

—Gracias a la automoción, Ávila prosperará por fin. —¡Qué bien, nos pondrán una fábrica nueva! —Qué va, creo llamarán Ávila a un nuevo modelo de coche.

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