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¿La ciudad de las tres culturas?

Del blog de un defensor de la Maqbara.

2016-02-25 10:44:32

El cementerio de los moros

Nosotros la llamábamos la “huerta del tío Paulino”.

Vivíamos en el Teso del Hospital Viejo, un barrio de casas sociales construidas por el franquismo y que estrenamos en 1966, cuando yo tenía cinco años; se llamaban “Grupo Isabel y Fernando”. Estaban en lo que antes era un teso de ganado en la vertiente sur de la muralla de Ávila, una zona soleada. El terreno terminaba en un talud, sujeto por un muro, que nosotros descendíamos descolgándonos y, cruzando la carretera, saltábamos la pequeña valla de piedra que cerraba la “huerta”. Este terreno, hacia el río Adaja, estaba sembrado como huerta, pero la parte superior, junto a la carretera, era una tierra pedregosa que llevaba largo tiempo sin cultivar, en la que teníamos los del barrio un extenso campo de fútbol, cuyas porterías eran sendas piedras a cada extremo.

Yo no era de los apasionados del fútbol, ni antes ni ahora, pero sí que hollé con mis piernas infantiles esa dura tierra. Un día escuché que, escarbando un poco, un chaval había descubierto unos huesos. No debíamos tocarlos, pues eran de los muertos en la guerra, según le dijeron a alguien sus padres. Entonces supe que donde yo vivía había habido una guerra como las de las películas, aunque no sabía cuál.

1968, en El Teso, con mi hermano J.A. y mi abuela Ignacia, yo soy el de la derecha.

Pasaron los años. Muchos. En 1999, cuando ya vivía lejos del Teso, leí en los periódicos que habían descubierto lo que podía ser el cementerio mudéjar abulense, la maqbara, en lo que para nosotros había sido la “huerta del tío Paulino”. Mi licenciatura en historia, mi interés por el patrimonio cultural y mis referencias infantiles me situaron muy cercano al descubrimiento. Se trataba del cementerio musulmán más extenso nunca encontrado en la Península Ibérica, y por extensión en toda Europa, que contaba parte de lo que había sido nuestra historia.

Fotograma de la película Maqbara

Se inició entonces una polémica en El Diario de Ávila, que seguí con interés. El concejal del Ayuntamiento de Ávila, e insigne historiador especializado en el siglo XVI y en minorías étnicas, Serafín de Tapia, pedía el estudio y la conservación de ese espacio, que podría enriquecer culturalmente la ciudad de “las tres culturas”, que tanto se reivindicará posteriormente con el manido “Mercado Medieval”. Era una ocasión única de enriquecimiento patrimonial y cultural, que podría tener su repercusión en la primera industria de la ciudad, el turismo. Esta petición fue apoyada por gran parte de la sociedad abulense, además de por eminentes historiadores y universidades.

Pero surgió una voz crítica con esta petición. En las  “Cartas al director” de dicho diario, hubo quien tachó de filo musulmán al historiador, señalándolo como paladín de un lobby moro, que traicionaba a su patria, ya que a aquellos moros de siglos medievales los “habíamos” expulsado los cristianos, en “gloriosa Reconquista”. Los tintes racistas de aquellas epístolas nos motivaron a tres o cuatro personas más a argumentar a favor de conservar los restos de nuestro patrimonio histórico. Yo mismo argüí que quién podría asegurar que sus antepasados no fueron enterrados en dicho cementerio. Aludí también al abuelo judío de Santa Teresa de Jesús, a quien tanto se quiere en nuestra ciudad. A estos argumentos, nuestros contradictores respondían con simples insultos.

Una mañana de la primavera del año 2000, mi mujer recibió una llamada telefónica en casa preguntado por la viuda de Cristóbal Medina... El choque emocional fue grande, pues no sabía nada de mí desde primeras horas del día y la llamada, breve, no había entrado en más detalles. Ella entonces llamó al lugar donde yo trabajaba para saber qué me había ocurrido, pues en aquellos años no teníamos cada cual un móvil en el bolsillo, con la mala suerte de que no me encontraba allí circunstancialmente y mis compañeros no pudieron dar información de dónde estaba. Cuando pude hablar con ella estaba en un estado de estrés y angustia tal, que no era capaz de creerse que yo estaba vivo a pesar de estar hablando conmigo. Inmediatamente me fui al juzgado y puse una denuncia.

Pocos días después, a las cuatro de la madrugada, sonó el teléfono en mi casa. Mi mujer contestó asustada por la hora intempestiva desde el supletorio del dormitorio y le dijeron que a su marido lo iban a enterrar en breve en el cementerio de los moros, por traidor… “a la raza blanca”.

[Leer completo en el blog "Lo demás es cosa vana" de Cristóbal Medina]

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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