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`La desfachatez intelectual´

infoLibre publica la Introducción del libro La desfachatez intelectual (Catarata), de Ignacio Sánchez-Cuenca

2016-04-04 00:40:07

infoLibre 27/02/2016

Le recomiendo al lector que coja aire, pues necesitará aguantar la respiración en estas primeras páginas de inmersión profunda en la desfachatez intelectual.

Durante la crisis humanitaria de los refugiados de la guerra de Siria, la opinión pública occidental se estremeció ante la foto de un niño ahogado en una playa de Turquía. Jon Juaristi publicó entonces una columna en ABC de la que reproduzco este fragmento:

¿Qué saben los fugitivos sirios? Saben que llegar al corazón de la Europa rica requiere llegar antes al corazón de los europeos, y por eso traen niños. Niños que arrojan al otro lado de fronteras teóricamente infranqueables o que tumban en las vías del tren. Saben que, allá en su tierra de origen, estos efectos patéticos (codificados en una espontánea retórica de la desesperación) no valen con los asesinos baasistas o yihadistas, a los que niño más, niño menos, importa muy poco, pero a los europeos les despiertan sentimientos de culpa que deben eliminar cuanto antes porque están convencidos de que la culpa es tóxica y produce cáncer.

El texto tiene un evidente ánimo provocador. Habla con condescendencia sobre las reacciones de indignación, compasión y rechazo que produce la suerte de los miles de refugiados sirios que quieren entrar en Europa. Juaristi no se deja arrastrar por la “retórica de la desesperación” e ironiza sobre la culpa que sienten los europeos biempensantes. A diferencia de la masa, él es consciente de que los sirios están hurgando en la mala conciencia europea: explotan a sus hijos, los traen en las peores condiciones para que una Europa llorosa y blanda acepte acogerlos. Juaristi piensa que los niños sirios son algo así como escudos humanos (¡los tumban en las vías del tren!), utilizados por sus padres para abrir las puertas de la fortaleza occidental. No vienen porque sus padres no quieran separarse de ellos. No, vienen para tocar la fibra sensible del burgués europeo. Es curioso, pero ¿no decía ETA lo mismo cuando moría un hijo de un guardia civil en un atentado con coche bomba? Los apologetas del asesinato terrorista empleaban un argumento bastante parecido al de Juaristi: según ellos, los guardias civiles manipulaban a sus hijos, los colocaban como “escudos humanos”, por lo que no había que caer en la trampa del sentimentalismo; un examen frío de la situación arrojaba la conclusión de que la responsabilidad última de la muerte de los niños correspondía a sus padres por colocarlos allí.

Fernando Savater intervino en un programa televisivo sobre la tauromaquia y tuvo la ocurrencia de defender las corridas de toros en estos términos:

Si a algunos de los seis millones de parados que hay en este momento en el país se les ofreciese llevar la vida que lleva un toro bravo, es decir, vivir en uno de los paisajes más hermosos del mundo durante prácticamente toda su existencia, tratado con mimo y con todo tipo de comodidades, perteneciendo a una especie de la que solo una ínfima minoría va a ir a la plaza y, luego, como pago de eso, solamente pasar los últimos quince minutos de la vida malos, que son probablemente muchos menos de los que probablemente pasaremos nosotros en nuestra vida, habría gente, a montones, que por tener esa oportunidad aceptaría la vida del toro bravo.

Resulta difícil imaginar qué imagen del parado pueda tener Savater. Parece pensar que se trata de un ser desesperado, incapaz de defender su dignidad, que con tal de llevar una buena vida está dispuesto a ser la víctima de una sesión letal de tortura, realizada además en público, a la vista de sus conciudadanos, en medio de un jolgorio. Un argumento como este produciría incomodidad incluso en una discusión de bar. Supongo que hay muchas razones para defender la “fiesta nacional”, pero, de todas ellas, esta es acaso la más mostrenca.

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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