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Panamá: más allá de los nombres

Los nombres que se van desvelando día tras día sobre los papeles de Panamá logran algo fundamental, visibilizar la gigantesca hipocresía del capitalismo financiero mundial.

2016-04-13 23:33:57

Jesús Maraña, infoLibre,  12/04/2016

Los nombres que va desvelando día tras día el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (y en España, La Sexta y El Confidencial) a partir de 11,5 millones de documentos que contienen los archivos del despacho Mossack Fonseca en Panamá logran algo fundamental: visibilizar la gigantesca hipocresía del capitalismo financiero mundial. Es imprescindible conocer quiénes son los que ocultan su riqueza mientras los asalariados sostienen lo que aún queda del Estado del Bienestar. Conviene, sin embargo, no olvidar que el grueso del botín no está en las cuentas de esos famosos sino en los entramados societarios de empresas y bancos, asesorados por grandes bufetes de abogados y capaces de torcer la mano a gobiernos democráticos y a instituciones internacionales.

Los nombres

Proclama Bertín Osborne que le “encabrona” tener que dar "cincuenta mil explicaciones de algo que es legal”, sin querer percatarse de que lo que encabrona a millones de ciudadanos es precisamente que sea legal esquivar o minimizar las obligaciones con el fisco. Y que se aprovechen de ello además personajes que a menudo han percibido ingresos públicos. Aduce Pilar de Borbón (tres días después de conocerse que mantuvo una sociedad opaca en un paraíso fiscal durante cuarenta años y que la clausuró a las pocas horas de la coronación de su sobrino Felipe VI) que el origen de la decisión de abrir cuentas lejos de España estuvo en el miedo a un secuestro de ETA. Es normal que millones de ciudadanos se encabronen ante la sorprendente evidencia de que la infanta Pilar tuviera más urgencia en ocultar su dinero que en ocultarse ella misma. (Con más motivo cuando sabemos que su difunto marido, gestor también durante una época de los dineros del monarca, había abierto empresas en Panamá para percibir comisiones del negocio del petróleo).

Podríamos seguir con las reacciones del ministro Soria, de Vargas Llosa, de Messi, de Imanol Arias, de Almodóvar… y las que vengan. La argumentación oscila entre la excusa de la “legalidad”, la amenaza de demandas por difamación o la acusación contra sus gestores, que habrían tomado decisiones sin su consentimiento. Y es obvio que no es lo mismo hacer trampas durante tres meses que durante cuarenta años, o que el volumen de la tropelía sea de unos miles de euros o de unos cuantos millones. Pero desde el punto de vista de la ética pública o de la ejemplaridad, todos ellos “encabronan” al ciudadano que paga sus impuestos y acepta que, pese a lo que hubo que escuchar en el juicio del caso Nóos, “Hacienda somos todos”. Ejercer la política (por tanto el servicio público) y tener o haber tenido sociedades opacas al fisco es incompatible: una indignidad reprochable al señor Soria, a Arias Cañete, a Cameron, a Macri, a Putin…

Los números

Bienvenida sea la filtración de nombres y apellidos, siempre que no caigamos en el error de fijar la mirada en el dedo que señala una luna llena de fraude fiscal. Pese a la dificultad de concretar las magnitudes del latrocinio, hay ya estudios suficientes que permiten hacernos una idea. Entre ellos, conviene citar las investigaciones de Gabriel Zucman, profesor de la London School of Economics y autor de La riqueza oculta de las naciones. Basándose en datos del Banco Central Suizo, del Tesoro estadounidense y de estimaciones de diversas fuentes, Zucman calculaba en 2013 que los paraísos fiscales esconden al menos 7,6 billones de dólares sólo en activos financieros de fortunas particulares, es decir sin contar propiedades inmobiliarias o arte, por ejemplo. Esa cifra duplica la deuda total de las economías de la periferia europea que vienen sufriendo las políticas austericidas. Zucman comprobó además que el volumen de dinero escondido en paraísos fiscales se ha incrementado un 15% desde 2009, el peor año de la crisis.

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