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La modernidad novelística del Quijote

Una obra determinada alcanza la condición de clásica mediante un complejo proceso que no resulta fácil objetivar

2016-04-15 13:49:23

La modernidad novelística del Quijote (1605-1615)

por Darío Villanueva

El Quijote es un libro regocijante, concebido como una cadena de episodios protagonizados por una pareja de personajes camineros, de imagen inconfundible, hablar sabroso y suerte desventurada. Humor melancólico el de Cervantes, pues casi todas las peripecias del hidalgo desmañado y de su bonachón escudero Sancho derivan en auténticos gags en los que la pareja protagonista resulta burlada, apedreada, manteada, apaleada, perseguida, y siempre ridiculizada. Y sin embargo, tanto uno –el gordo–, como el otro –el flaco–, acaban por fijarse en la memoria de los lectores como figuras nobles, profundamente humanas, llenas de sabiduría libresca y popular a la vez. Inolvidables.

Una obra determinada alcanza la condición de clásica mediante un complejo proceso que no resulta fácil objetivar. Se trata, en definitiva, de la adhesión de los lectores a ella de forma constante, sin fronteras espaciales ni temporales. Para ser clásico hay que superar las barreras lingüísticas, culturales y temporales: seguir hablándoles de temas que les conciernen a hombres y mujeres nacidos en lejanos países varios siglos después de que el escritor escribiera su obra. Decía José Ortega y Gasset que todo gran poeta nos plagia, parece que está hablando de nosotros mismos en sus obras, y ello ocurre sin duda con el Quijote. Pero también tiene mucho que ver, en el reconocimiento de un clásico, la actitud hacia la obra así considerada por parte de los otros escritores, de los grandes académicos, de los más reconocidos eruditos, de los críticos en verdad influyentes.

Afirmaba René Girard que ni una sola idea de la novela occidental deja de estar presente germinalmente en Cervantes, y, por ejemplo, una de las grandes figuras de la Filología rusa, Mijaíl Bajtín, en gran número de sus trabajos, y especialmente en esa obra señera que es su Teoría y estética de la novela, concuerda con Girard al prestarle especial atención a Cervantes y el Quijote. Por cierto, ha sido Rusia uno de los territorios de promisión para el héroe cervantino, que es sumamente popular allí y ha dado motivo a grandes manifestaciones del arte ruso, entre ellas la que se considera la mejor versión cinematográfica de nuestro clásico, realizada en 1957 por Grigori Kózintsev.

Según Bajtín, uno de los dos modelos ‒el más evolucionado, clásico y puro‒ del género novelesco es Don Quijote, «que realiza, con una profundidad y amplitud excepcionales, todas las posibilidades literarias de la palabra novelesca plurilingüe y con diálogo interno». Porque Cervantes hizo suyo el objetivo de que «la novela precisa un ensanchamiento y profundización del horizonte lingüístico, un perfeccionamiento de nuestro modo de percibir las diferenciaciones socio-lingüísticas», y lo convirtió en modelo de lo que Bajtín denominaba dialogismo, entendido como «el diálogo de lenguajes» que puede adquirir, en el seno de la obra narrativa, múltiples manifestaciones.

Ya en 1914, el propio Ortega, en sus Meditaciones del Quijote, definía la obra como un conjunto de diálogos. Y el análisis informático de frecuencias a que se sometió el texto del Quijote demostró que su eje central es precisamente el diálogo, y que las dos palabras más frecuentes en su texto son dijo y respondió. Por otra parte, la demanda bajtiniana de que «la novela debe ser un microcosmos de plurilingüismo» se cumple a rajatabla en la novela cervantina, tal y como es expresamente reconocido por el teórico ruso. Es difícil pensar en un escenario más abiertamente dialogístico, con varias voces, jergas, idiolectos o niveles de expresión diferentes, que el que Miguel de Cervantes nos ofrece en su obra. Pone en ella, cara a cara y en comunicación directa, a caballeros y escuderos, duques y cabreros, curas y moriscos, canónigos y galeotes, bandoleros y alguaciles, bachilleres y barberos, mozas de partido y amas, vizcaínos y manchegos, pastores e hidalgos, poetas y menestrales. Y todo ello mediatizado por un lenguaje arcaizante, anacrónico y elevado que, gracias a la imprenta, hace pervivir las esencias caballerescas.

Pero hay otra dimensión del dialogismo en el Quijote a la que quisiera prestar atención, pues tiene además un inmediato enlace con su realismo intencional. Y me guiaré para ello por otra sutil propuesta del propio Bajtín, cuando afirma que la palabra del héroe sobre sí mismo y sobre el universo propio se une orgánica e intrínsecamente a la palabra del autor sobre el protagonista y sobre su mundo.

[Leer completo en revistadelibros.com]

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humor.corto

–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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