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Ávila en el Quijote

Un artículo de Adolfo Yáñez, publicado originalmente en "La Llanura" de Arévalo

2016-04-19 00:35:13

En su inmortal novela, don Miguel de Cervantes hace gala de ilimitados valores como escritor. No sólo crea personajes, tramas y perfiles sicológicos, sino que nos describe la variada sociedad en la que le tocó vivir. Para ello, se sirve de una enorme cultura que le permite detallar costumbres y hechos diarios, formas de pensar, estrategias de los poderosos o filosofías populares que él vuelca en los más de doscientos refranes diferentes que aparecen en las páginas del Quijote. Usa un sabroso lenguaje castellano cuajado de infinidad de frases y de locuciones proverbiales, tomándose la licencia, de vez en cuando, de utilizar palabras en árabe, italiano, latín, catalán, toscano o turco. Alude a varios centenares de gentes históricas y a infinidad de otras figuras legendarias, bíblicas o mitológicas. Gracias a esa vasta cultura que posee y a la que acabo de aludir, cita, igualmente, libros notables, instituciones, reyes, monumentos famosos y cerca de doscientos cincuenta nombres geográficos de continentes, países o pueblos entre los que hay tres lugares abulenses.

Si bien las andanzas de don Alonso Quijano se desarrollan por tierras alejadas de Ávila, Cervantes traslada a su obra más universal rincones tan nuestros como Arévalo, Piedrahíta o los Toros de Guisando. Arévalo aparece en el Libro Primero, capítulo dieciséis, gracias a un arriero morisco que era hijo de tal localidad y al que se le hará vivir una noche de auténtico vodevil en la venta en la que prestaba sus servicios Maritornes, “moza asturiana ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana”. La mente febril del loco caballero andante confundía con castillos las ventas en las que se alojaba y en la infeliz Maritornes, “de no más de siete palmos de los pies a la cabeza”, vio a una hermosa doncella que le encandiló de inmediato. Cuando, bien entrada la noche, la asturiana acudía a refocilarse en el lecho con el arriero arevalense, tal como ambos habían concertado previamente, tuvo la mala suerte de toparse con los delirios amatorios de don Quijote. Los equívocos, los enredos y las palizas que a oscuras se vivieron en el miserable establo de la venta que alojaba a Sancho Panza, a su amo y al morisco de Arévalo merecerían por sí solos ser representados en una obra de teatro o ser trasladados a una hilarante película. Como solía ocurrir con harta frecuencia, el escudero y su enajenado señor acabaron con los huesos molidos a palos.

El nombre de Piedrahíta podemos leerlo también en el Libro Primero, capítulo veintidós. En las páginas a las que ahora aludo, se narra el encuentro que los protagonistas de la obra tuvieron con una cuerda de presos condenados a galeras. Don Quijote, presto siempre a socorrer a los miserables, se acercó a la cadena de galeotes y, con permiso de los guardias a caballo que los conducían, les fue preguntando por qué razón el Rey les había impuesto tan duro castigo. Uno de ellos “era un mozo de hasta edad de veinticuatro años y dijo que era natural de Piedrahíta”. Interrogado acerca del delito que había cometido, respondió que “por enamorado iba de aquella manera”. A don Quijote le escandalizó la exagerada crueldad regia. Y añadió: “¿Por eso no más? Pues si por enamorados echan a galeras, días a que pudiera yo estar bogando en ellas”. Viendo el piedrahitense que el chalado que le interrogaba se tomaba al pie de la letra sus palabras, tuvo que aclararle que sus amores personales consistieron en “querer”  demasiado a una canasta de ropa blanca que no le pertenecía y a la que abrazó tan fuertemente que no la hubiera soltado de no quitársela por la fuerza la justicia. Igual que en el caso del arriero de Arévalo, la aventura terminó mal tanto para don Quijote y Rocinante como para Sancho y su rucio, pues los cuatro tuvieron que esquivar como pudieron la lluvia de piedras que los guardias les lanzaron para impedir que se liberara a los galeotes, como pretendió el incansable “desfacedor de entuertos” tras escuchar a los reos uno por uno.

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