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Breve historia del Homo recyclatorensis

O cómo en casi 40 años hemos pasado de machacar la basura a hacer arte con ella

2016-05-01 23:59:34

Jaime Ripa, EL PAÍS, Madrid 28 ABR 2016

Una escueta nota lo anunciaba allá por 1979: “Convenio para el reciclaje de residuos sólidos”. En el vertedero de Valdemingómez, junto a un poblado de dudosa fama, el Ayuntamiento de Madrid había previsto edificar “una planta de investigación de residuos sólidos urbanos”. Una trituradora se encargaría de machacar la basura vertida para que la degradación fuera óptima y, de paso, más amable con las narices de los madrileños. Era uno de los primeros pasos en España para el tratamiento diferenciado de una basura que, hasta entonces, no se había planteado que pudiera tener nuevos usos. Simplemente se les daba el aprovechamiento que dictaba el ingenio y la necesidad.

Ahora, casi 40 años después, tenemos nuevas palabras. Uno puede estar ecoconcienciado, ser un ecoindividuo y vivir en una ecociudad. Lo que antes tirábamos sin más a cubos grises lo hacemos actualmente siguiendo códigos de color, y esos desechos se reencarnan en energía, arte e, incluso, moda. Europa dice que España regenera el 30% de los 450 kilos de basura que, como término medio, produce cada persona al año y que en total suman 21 millones toneladas. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

"La madera se quemaba, la ropa usada se remedaba, los metales se reutilizaban como herramientas, los desechos orgánicos servían de alimento al ganado... incluso se fabricaba jabón casero con los aceites sobrantes de las frituras", cuenta José Vicente López Álvarez, director de la cátedra de Medio Ambiente de la Universidad Politécnica de Madrid, un académico que recuerda cómo de niño acompañaba a su padre a cambiar un kilo de papel usado por cinco pesetas. “En las grandes capitales era común ver por las calles a traperos que reunían fardos de papel y cartón y los vendían a almacenistas o los llevaban a las iglesias por unas pesetas”.

El reciclaje era así a principios de los ochenta, cuestión de subsistencia. Con la eclosión de la democracia y el despegue del consumo, y vigente aún la llamada ley higienista, una norma preconstitucional que regulaba de manera poco específica estos pequeños negociados, hubo que dar respuesta a un nuevo problema: ¿qué hacer con la basura que colmaba los basureros? “Los grandes ayuntamientos se dieron cuenta de que los vertederos se agotaban y que había que alargar su vida, y esto solo era posible si los envases, el papel y el cartón no llegaban a los mismos”, explica el académico. Algo tan acuciante como la escasez de espacio abrió el camino.

Iglús y Europa

Con la litrona ochentera campando por las calles, y en medio de la agitación de la movida madrileña, llegaron en 1982 los primeros contenedores para el reciclaje a las aceras de las principales ciudades. Un sonriente Narcís Serra celebraba en Barcelona el desembarco de los iglús –que entonces solo eran de dos colores, uno blanco para el vidrio transparente y otro verde para el de color– al tiempo que otra flota de estos artefactos invadía de la noche a la mañana algunos barrios de Madrid. Señales primerizas de un cambio que ya se barruntaba en las ciudades pero no todavía en las leyes.

“El momento crucial llega en 1986 con la entrada de España en la UE”, explica Goyo Nieto, fundador de la plataforma Ecocivita, “ya que nuestra normativa viene emanada en casi en un 99% de Europa”. Lo secunda el académico López Álvarez: "La adhesión de España como miembro de pleno derecho nos dio perspectivas de inversión ecológica esperanzadoras". Un hito refrendado con la puesta en marcha de las primeras experiencias piloto de separación de residuos en origen —Montejurra (Navarra) en 1986, Barcelona y Madrid en 1991—, ensayos que, según señala con cierto orgullo el catedrático, "nos permiten estar hoy donde estamos".

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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