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Francisco de Goya: El agarrotado

Un aguafuerte que anticipaba el estilo sombrío y desgarrado de los Caprichos, los Desastres de la guerra y los Disparates o Proverbios

2016-05-06 02:06:44

por Rafael Narbona, Revista de Libros, marzo 2016

Hacia 1779, Francisco de Goya realizó un aguafuerte que anticipaba el estilo sombrío y desgarrado de los Caprichos (1799), los Desastres de la guerra (1810-1815) y los Disparates o Proverbios (1815-1823). Aún no había sido admitido en la Real Academia de San Fernando (1780) y todavía faltaban muchos años para que fuera nombrado pintor de cámara del rey (1789), pero ya trabajaba para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara y había realizado una serie de grabados al aguafuerte, reproduciendo algunos cuadros de Velázquez, por entonces un completo desconocido en Europa. Gracias a las copias que realizó de Los borrachos (1770) o La huida a Egipto (1778), Goya aprendió a dominar la técnica del grabado, con sus matices y contrastes, adquiriendo la seguridad necesaria para realizar El agarrotado, un aguafuerte de notable tamaño (331 x 216 mm.), que expresaba un inequívoco rechazo hacia la indignidad de las ejecuciones públicas. Sería una temeridad atribuirle una precoz oposición a la pena de muerte, pero es evidente que su intención no era exaltar el carácter ejemplarizante del garrote vil. De hecho, El agarrotado anuncia su visión trágica del ser humano, con su carga de pesimismo y su escepticismo sobre la posibilidad de un mundo mejor.

Goya no era un intelectual. Hijo de un dorador, su ambición era prosperar en la corte. En 1799, simpatizaba con las reformas de Carlos III y sus ministros, pero sus objeciones al orden político y social del Antiguo Régimen era tímidas y poco elaboradas. No era un hombre especialmente piadoso. De hecho, contemplaba al clero y la nobleza con la desconfianza de las clases más humildes, que conocen los vicios asociados al lujo y el privilegio. No había leído a los ilustrados ingleses, franceses o alemanes. Su mente no se debatía con cuestiones políticas o teológicas. Sin embargo, poseía la sensibilidad necesaria para apreciar el dolor y la injusticia. No era como Leonardo da Vinci, que a veces contemplaba al hombre como materia artística, suspendiendo el juicio moral para mantener intacta la perspectiva estética. Pongamos un ejemplo. El dibujo del florentino sobre el ahorcamiento del Bernardo Bandini Baroncelli en 1479 no expresa la más mínima compasión. Es cierto que se trata del asesino de Giuliano de Medici, el hermano de Lorenzo el Magnífico, pero no hay ningún signo de lástima o piedad. El rostro es impersonal, casi el de un monigote. El cuerpo parece el de un pelele, inmóvil al final de la soga. Hay más humanidad en la cara andrógina e incompleta que aparece al pie del patíbulo, esbozando una sonrisa o, tal vez, una mueca de burla. Leonardo se abstenía de comer carne y compraba animales enjaulados para dejarlos en libertad, pero ese respeto por la naturaleza no le impidió diseñar mortíferas armas de guerra. Es imposible imaginar a Goya ocupado en un trabajo semejante.

El agarrotado es un hombre de carne y hueso, indudablemente un villano, pues el método de ejecución así lo acredita, pero su rostro no es una caricatura ni un apunte, sino un retrato que humaniza su sufrimiento. El reo sostiene un crucifijo entre las manos y lleva un escapulario con la imagen de Cristo en el Gólgota. Todo indica que es un hereje condenado por el Santo Oficio. Es probable que Goya haya realizado el grabado basándose en una ejecución real, pues la composición delata un intenso realismo, especialmente en los pies. Uno aparece con los dedos crispados, reflejando la angustia de la agonía; el otro está relajado, mostrando claramente el abandono de la muerte. Una vela desprende algo de claridad, apenas un globo de luz, pero las sombras ocupan el fondo. No hay público ni autoridades. No es aventurado afirmar que se cierne la noche, con su manto negro, que imprimirá a las ropas blancas del reo un aspecto fantasmal.

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