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Instrucciones para viajar en el tiempo

[O sobre cómo leer a Benjamin mientras ves la televisión]

2016-05-16 00:42:26

Miguel Ángel Hernández Navarro

Publicado el 2016-04-30 en la web CAMPO DE RELÁMPAGOS

Cada vez que vemos, escuchamos o leemos algo no lo hacemos de modo puro. Nuestro cerebro produce montajes de imágenes, historias y emociones. No existe una experiencia perceptiva autónoma; todo se mezcla en nuestra cabeza. Las cosas se relacionan con el antes y el después, y también se yuxtaponen, colisionan y contagian, creando nebulosas y suscitando preguntas a priori no imaginad

Estas semanas, mientras preparaba un seminario sobre arte y temporalidad y releía algunos textos sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, me entretenía por las noches en la televisión con 22.11.63, la miniserie de J. J. Abrams, inspirada en la novela homónima de Stephen King, y con la segunda temporada de El Ministerio del tiempo, la serie de RTVE creada por Pablo y Javier Olivares. Dos maneras de entender el viaje en el tiempo y dos modos de relacionarse con la historia. Un viaje al pasado para intentar evitar el asesinato de Kennedy y convertir el mundo en un lugar mejor, y una estructura funcionarial que intenta a toda costa que la historia siga como está, porque, aunque las cosas no estén bien, siempre podrían estar peor. Rápidamente, estas ficciones comenzaron a dialogar con los textos. Y enseguida me di cuenta de que las ideas de Benjamin podían servir para entender mejor lo que veía en la televisión y, al revés, que lo que sucedía en estas series sugería otro contexto de lectura para los textos del filósofo alemán.

*

En “Sobre el concepto de historia”, escrito entre finales de 1939 y principios de 1940, poco antes de su muerte, Benjamin proponía una noción de tiempo en la que la historia está abierta: el pasado, lejos de estar clausurado para siempre, reverbera en el presente, lo afecta, lo toca y convive con él. Para Benjamin, nada de lo perdido está dado por perdido. Y, al mismo tiempo, nada de lo pasado está aún a salvo, ni siquiera los muertos, que pueden volver a morir de nuevo si nos olvidamos de ellos. La tarea del historiador es salvar la historia. Traer el pasado al presente. Evitar que se olvide. Y hacerlo efectivo.

Leídas sobre el fondo de contraste de El Ministerio del tiempo y 22.11.63, las tesis de la historia casi pueden ser entendidas como una ética para viajar en el tiempo. Sobre todo porque suscitan una pregunta que está en el corazón de estas –y otras muchas– ficciones televisivas: si pudiéramos viajar atrás en el tiempo, ¿qué haríamos? ¿Deberíamos dejar la historia como está o intentaríamos cambiarla? Si nos fuese dada la posibilidad de resolver las injusticias del pasado, de viajar atrás y evitar el Nazismo, la Guerra Civil, el golpe de Estado, salvar la República, liberar a los esclavos, romper las cadenas, evitar las matanzas de tantos y tantos lugares, el accidente de nuestro padre, incluso la aventura pasajera que tuvimos y rompió nuestro matrimonio… ¿lo haríamos? Si el pasado estuviese abierto y pudiéramos actuar sobre él, ¿lo cambiaríamos? ¿O sería mejor dejar las cosas como están porque, al fin y al cabo, “lo hecho, hecho está”?

La respuesta de Benjamin –al menos la que se derivaría de sus tesis– sería contundente: si pudiéramos viajar en el tiempo, sin ninguna duda, deberíamos cambiar la historia y reparar las injusticias. Somos resultado de ellas; somos responsables de nuestro pasado. Y hay en nosotros una “débil fuerza mesiánica” capaz de arreglar el pasado, de hacer justicia. Por lo que, indiscutiblemente, deberíamos intentar arreglar las catástrofes del ayer, incluso si así se pusiera en riesgo la continuidad del presente.  

Esa podría ser la respuesta de Benjamin. Una de las posibles. Ahora bien, ¿cómo responden estas dos series a esa cuestión de la responsabilidad con el pasado? ¿Qué tipo de historia promueven? ¿Y qué clase de relación con el tiempo plantean?

[Leer completo en campoderelampagos.org]

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–Mira, papá, ¿qué es eso que hay en el suelo? –¡Cuidado! No te acerques que es peligroso. Es un libro.

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