estamos pensando...

Un mar de diásporas

El Mediterráneo tiene una historia de guerras y tensiones, desatadas tras el fin del colonialismo, pero también de intercambios y viajes

2016-07-25 02:28:05

David Abufalia, EL PAÍS, 24 JUL 2016 

Tel Aviv junio de 1948. Una multitud se agolpa en las playas de Tel Aviv para observar al Altena que portaba 500 inmigrantes judíos y armas. Robert Capa Magnum

El  Mediterráneo ha sido el principal punto de encuentro de las tres religiones del Libro —el judaísmo, el cristianismo y el islam— y la interacción entre los fieles estas tres fes ha sido continua y en ocasiones intensa; a veces hostil, pero con frecuencia creativa. Aunque es tentador pensar en el periodo de las cruzadas, o en las grandes guerras hispano-turcas del siglo XVI, como prueba de la falta de integración pacífica en el Mediterráneo, también hay mucha evidencia de prolongados periodos de calma en los que mercaderes cristianos y judíos se establecieron en enclaves comerciales en la costa norteafricana y en Levante, y los consumidores de Europa occidental compraban con entusiasmo a las mercancías obtenidas e Mediterráneo o a través de él: sedas y azúcar, o especias introducidas desde el mar Rojo. Los comerciantes en Venecia, Génova, Florencia y Barcelona construyeron las instituciones mercantiles que conocemos hoy —bancos, seguros, derecho marítimo— para proteger los intereses de sus redes comerciales, que abarcaban todo el Mediterráneo. Las barreras religiosas no tenían por qué ser barreras comerciales.

También hay historias de expulsiones, entre las que destaca la salida forzosa de los judíos españoles en 1492 y de los musulmanes ibéricos en 1609. Esto creó una serie de diásporas en las orillas del Mediterráneo; surgieron ciudades portuarias cosmopolitas que acogieron comunidades mixtas de gente con distintos credos, etnias y actitudes culturales. Tesalónica (o Salónica) albergó una población diversa, incluidos los descendientes de los judíos expulsados de España, que convivían con griegos, turcos, eslavos y otros; estos judíos siguieron hablando español hasta la era moderna. El caso más notable de ciudad mediterránea cosmopolita es Alejandría, desde su fundación por Alejandro Magno en el siglo IV a C. A principios del siglo XX, los europeos representaban un 15% de su población, aunque eran ellos quienes ejercían la mayor parte del poder económico; en 1927 residían en la ciudad unos 49.000 griegos y 24.000 italianos. Había también 25.000 judíos, de nacionalidades distintas, y familias musulmanas influyentes —entre ellas la familia real— procedentes de Turquía, Albania, Siria o Líbano. Todos querían identificarse con la cultura de Europa, especialmente con la francesa. De hecho, un gobernante egipcio del siglo XIX, Ismail Pachá, dijo que “Egipto debía convertirse en parte de Europa” (¡me pregunto cómo caería esta opinión hoy en Bruselas!). Los movimientos nacionalistas dentro del multiétnico Imperio Otomano, que arrancaron en Grecia en el siglo XIX, pusieron en entredicho esta perspectiva pluralista. Con el ascenso del nacionalismo una ciudad tras otra fue transformada por la expulsión, la huida para salvar la vida, la asimilación forzosa y hasta el exterminio masivo (este fue el caso de la comunidad sefardita de Salónica, donde más de 40.000 perecieron en la matanza nazi). Hacia 1950, las ciudades portuarias del Mediterráneo oriental habían dejado en gran medida de ser espacios de coexistencia. La única excepción fue Beirut, aunque también allí estallaban tensiones.

[Leer completo en elpais.com]

Comentarios

Escribe tu comentario

Su Comentario

Su Nombre

humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

>
Concurso de Micrrorrelatos Avilabierta

Lo último que hemos colgado

¿Quiénes somos? - Saliendo al paso - Aviso para navegantes - Contacto