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Otro dardo afilado y certero

El secreto de la modelo extraviada

2016-08-30 02:39:44

por Eugenio Fuentes,  Revista de Libros, mayo  2016

  Eduardo Mendoza
  El secreto de la modelo extraviada
  Barcelona, Seix Barral, 2015
  318 pp. 18,50 €

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es casi un clásico. Desde hace cuarenta y veinticinco años, respectivamente, títulos como La verdad sobre el caso Savolta (1975) o Sin noticias de Gurb (1991) perduran instalados con solidez en la memoria colectiva. Hace unos pocos meses se convirtió en el primer escritor español que recibe el prestigioso premio Franz Kafka, en reconocimiento a su trayectoria literaria, y cada año su nombre suena asociado a los premios Nobel.

Su obra, con varios registros y absolutamente personal e inimitable, refractaria a cualquier simplificación, rompe la escarcha académica de los tópicos y se salta los radares que clasifican por géneros: El secreto de la modelo extraviada, la quinta entrega de su serie sobre el detective innombrado, ni es sólo novela negra, ni de humor, ni novela social. En esta ocasión, el protagonista vuelve a investigar un antiguo caso, mal cerrado veinte años antes, cuando fue injustamente acusado de cometer un crimen y perseguido mientras recorría las calles de Barcelona de un modo compulsivo, haciendo fintas para esquivar a la policía. La historia, que cumple la regla clásica de las tres unidades, transcurre durante las veinticuatro horas que necesita para descubrir la verdad de lo ocurrido entonces y restablecer la armonía. Aunque el desastrado detective no lo habría explicado con las palabras de Sartre, tal vez sí habría firmado su sentido: «el orden del pasado es el orden del corazón», y hasta que el corazón no recupera la paz en los recuerdos, el pasado sigue siendo un lugar caótico.

A priori, el género negro no es el más apropiado para la utilización del humor. Aunque la ironía, cuando no la mordacidad, aparecen con frecuencia en boca de los detectives clásicos, la comicidad directa parece tan contradictoria con sus temas como lo sería una carcajada en mitad de un funeral. Y respecto a la tradición española, a pesar del Arcipreste de Hita, de Cervantes y de Quevedo, falta práctica y continuidad en la literatura de humor –o en el humor en la literatura–, a menudo considerado una objeción a la obra trascendente. La Ilustración en España fue seria y adusta, careció de la profunda ironía que desplegaron Jonathan Swift y Laurence Sterne en Inglaterra, o Voltaire y Diderot en Francia. Y habría que esperar a la primera mitad del siglo XX, con Ramón Gómez de la Serna, Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela, para que el humor volviera a ser un recurso literario. No me refiero al chiste fácil: en su discurso de ingreso en la Real Academia, Fernández Flórez sostenía que el chiste que sólo aspira a hacer reír, sin una idea dentro, era únicamente el equivalente lingüístico de las cosquillas respecto de la risa.

Por estas dos razones, porque el género negro se resiste a la inserción del humor y por la carencia de una tradición nacional a la que adherirse, en la que confiar y por la cual sentirse respaldado, Eduardo Mendoza es doblemente original al haber creado su propia estela, en la que se mantiene fiel desde hace cuatro décadas. En El secreto de la modelo extraviada, la comicidad se consigue mediante diferentes recursos: uso de un lenguaje culto y arcaizante en boca de personajes marginales, con frecuente uso de enclíticos: «Por ensalmo vime transportado a otro lugar» (p. 12); inesperadas paronomasias: «seguían en sus manos el poder y la porra» (p. 14); ingeniosas creaciones de léxico por derivación: «jirafesa» (p. 82) o «androide» (p. 253), aquí referido al sistema operativo de un teléfono móvil; diálogos absurdos que recuerdan a Jardiel Poncela; anécdotas referidas a la comida, una parodia de la tradicional afición de la novela negra a la gastronomía; o la elección de nombres propios en los que hay algo de esperpéntico, de aquella sonoridad castiza que practicaba Valle-Inclán: así, una pareja de policías se llaman Marcial y Pelayo; un travesti, un guardia civil en excedencia que digiere vocablos en inglés y los endosa en su discurso cuando lo cree conveniente, usa el alias de Señorita Westinghouse; Llewelyn de París es un agente de modelos; monseñor Castañuelas es un obispo; don Bernabé de Paquito es director de un club deportivo.

Con estos recursos lingüísticos consigue momentos desopilantes –como la escena del footing del segundo capítulo, o los diversos incidentes que sufre la comida china del pedido que el protagonista debe repartir–, que divierten a los lectores y en los que Eduardo Mendoza se divierte a sí mismo. Casi se ve su regocijo al idear una escena, al escribir una frase inteligente e ingeniosa. El lector lo pasa tan bien que por momentos olvida que sigue en pie el enigma y que hay que resolverlo. Pero en eso consisten las buenas novelas negras post-Agatha Christie: en convertir la investigación en un camino y no sólo en un acertijo final.

[Leer completo en revistadelibros.com]

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humor.corto

—¿Nos hacemos unas vacaciones pagadas, alcalde? —Vale, Héctor, a Cataluña. Me han hablado de una colección Bassat. —Que venga el gerente de Lienzo Norte y entre los tres seleccionamos las obras.

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